La casa Tiburón se ubica en la periferia de la Ciudad de México, en una colonia caracterizada por la autoconstrucción, el block de concreto aparente y el crecimiento paulatino, lo que ha generado un paisaje de volúmenes irregulares y constantemente cambiantes. En lugar de contradecir esta condición, el proyecto la asume como punto de partida, reinterpretando la irregularidad mediante una composición volumétrica que diera la impresión de ser volúmenes construidos en distintas etapas.
Materialmente, la casa retoma la condición de construcción aparente presente en el contexto, pero la reinterpreta mediante el uso predominante del tabique sin recubrimiento, generando un contraste cromático y táctil frente al block gris circundante. Esta decisión no busca distanciarse del entorno, sino retomar la idea utilizándola de otra manera.
La vivienda se distribuye en tres cuerpos interconectados que generan una secuencia de patios, los cuales son el eje rector del proyecto. Estos patios o vacíos, funcionan como filtros para el ruido urbano, dotan de iluminación natural y articulan una relación fluida entre el interior y el exterior, posibilitando diversas formas de habitar el espacio.
El primer patio, donde se encuentra el acceso, busca ser umbral y transición entre la calle y la vida doméstica; el segundo, interior y oculto, es un núcleo silencioso y fuente de luz; mientras que el tercero, de carácter social, se revela progresivamente tras atravesar la secuencia espacial, estableciendo una relación entre intimidad y apertura. De este modo, la Casa Tiburón propone una exploración sobre la masa y el vacío, la fragmentación y la continuidad, construyendo una forma de habitar la vivienda que se articula a partir de patios como espacios de pausa, silencio y encuentro.