Piedra y Agua se implanta sobre las ruinas de un antiguo puesto fronterizo de la Guardia Civil, construido a finales del siglo XIX junto al río Guadiana, en el límite entre España y Portugal, desde donde se controlaba el contrabando entre ambos países. Esta huella histórica permanece visible tanto en la ruina consolidada como en las aspilleras situadas bajo las ventanas, que formaban parte del sistema de vigilancia hacia el río.
El proyecto se asienta sobre una colina en la margen izquierda del río, en Sanlúcar de Guadiana, un pequeño municipio de algo más de 420 habitantes con una notable comunidad internacional. Cerca del 20 % de la población es extranjera, principalmente británica, debido tanto a su histórica presencia en la provincia como, sobre todo, a la condición de Sanlúcar como primer refugio fluvial del Guadiana, donde los veleros pueden fondear libremente al remontar el río desde el Atlántico, antes de cruzarlo o al regresar de él.
Este carácter de puerto interior ha convertido al pueblo en un destino recurrente para navegantes que llegan en barco, permanecen largas temporadas y, en muchos casos, acaban estableciéndose de forma permanente. La continua llegada y partida de navegantes ha marcado profundamente la identidad abierta del lugar, vinculada al viaje y al agua, y constituye el trasfondo cultural del proyecto.
La relación de la propietaria de Piedra y Agua, Olga, con Sanlúcar de Guadiana y el río se remonta en el tiempo y se fue consolidando de manera progresiva, primero a través de estancias temporales en barco o en casas de amigos, y más tarde compartiendo una pequeña cabaña junto al río. La posterior adquisición de una ruina, junto a su entonces pareja —navegante y artista argentino—, marcó el inicio de un proceso orientado a la construcción de un refugio propio. Lo que comenzó como una residencia temporal entre travesías terminó transformándose en su hogar permanente.
Este vínculo personal con el lugar es compartido también por el arquitecto, amigo del hijo de Olga, quien ha disfrutado de Sanlúcar y del río a través de esta familia desde la infancia.
Lejos de restaurar la ruina como un objeto histórico, la arquitectura utiliza el perímetro de piedra existente como un dispositivo estructural y espacial que define la geometría, los umbrales y la atmósfera de la vivienda. Una construcción compacta que consolida los restos y añade tan sólo una discreta ampliación.
Exteriormente, la casa se percibe como una continuidad estratificada en la que lo antiguo y lo nuevo se distinguen a través de sus acabados: la mampostería original encalada y los nuevos revocos blancos. La cubierta se inclina en sentido contrario a la pendiente, protegiendo la intimidad de la casa del camino de acceso, y se eleva hacia el río para abrir un único y preciso hueco que enmarca el paisaje fluvial. Este gesto arquitectónico centra la vista al río, conectando visualmente el interior con el paisaje y articulando una fuerte conexión entre la casa y su entorno.
El interior se concibe como una secuencia continua, sin puertas, donde la privacidad surge de manera gradual gracias a los espesores de los muros, sus alineaciones y las orientaciones de las vistas. Esta decisión conceptual permite que el espacio funcione como un único entorno, ofreciendo intimidad y seguridad, pero también flexibilidad entre la vida individual y la celebración de reuniones familiares o encuentros sociales. Para Olga, que vive sola en medio del campo, sentirse protegida es esencial, y la casa se organiza precisamente para reforzar esa sensación. Al mismo tiempo, se abre al exterior en tres de sus cuatro fachadas, estableciendo una relación directa y fluida con el entorno, donde interior y paisaje se perciben como partes de un mismo continuo —como si el recorrido a través de la casa formara parte de la red de caminos que atraviesan el campo hacia el río, uno que invita a detenerse y encontrar refugio.
Con un presupuesto ajustado y condiciones de acceso complejas, el proyecto se construye desde una economía de medios en la que la reutilización no es un argumento sino un método. Asumir esta condición implica una renuncia deliberada al control total, de la que surge una forma de generosidad: la casa como infraestructura de uso, adaptable y apropiable por quien la habita.
El proyecto avanza integrando lo que ya está presente o lo que llega de otros lugares: el hornillo y los electrodomésticos, una vieja alacena encontrada, el fregadero, la chimenea, los sobrantes de obras anteriores. Con las mismas vigas del techo se construye la escalera y partes de la cocina; con el mismo material del suelo, las encimeras, las duchas y los lavabos. El porche es un marco mínimo cuya superficie de sombreado es intercambiable según la estación y el material disponible. La continuidad se convierte en estructura, no en decoración.
Las estrategias ambientales responden a una lógica constructiva tradicional —inercia térmica, ventilación cruzada, orientación y aislamiento— sin recurrir al aire acondicionado. El espacio a doble altura permite la estratificación del aire; los muros de piedra y el suelo aportan masa térmica; la orientación de la cubierta evita la radiación solar de tarde; las aberturas en fachada garantizan la ventilación cruzada. La vivienda funciona con energía fotovoltaica instalada en una estructura cercana que actúa también como aparcamiento sombreado.
En el fondo, Piedra y Agua es una reflexión contemporánea sobre cómo vivir en el sur. Hoy, muchas casas son imágenes antes que lugares: espacios sobreclimatizados, tecnológicamente saturados, desvinculados del clima real y de la cultura de la sombra. Frente a eso, este proyecto recupera una relación física con el entorno —no como nostalgia ni como folklorismo andaluz, sino como búsqueda de una arquitectura del sur verdaderamente contemporánea: una que acepta el calor, la penumbra y la materia como condiciones del habitar, y propone una forma de vida menos espectacular y más presente.