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Jardín colgante

Jardín colgante

La historia sitúa el origen de los jardines colgantes de Babilonia hacia el año 600 A. C. cuando el rey Nabucodonosor II quiso regalar a su esposa algo que no sólo demostrara su amor sino que además le recordara las montañas del paisaje donde nació, inexistentes de las llanuras de Babilonia. Estos jardines, desaparecidos tiempo después, pueden verse como uno de los primeros y más directos ejemplos arquitectónicos de duplicación o imitación de la realidad, intentado mimetizar la construcción con el mundo natural y disolver la clásica separación que existe entre ambas.

Es ahora Jean Nouvel quien, en conjunto con el estudio catalán Ribas & Ribas, reproduce de manera literal este ejercicio en su último proyecto para la ciudad de Barcelona: el Renaissance Barcelona Fira Hotel, que destaca por “la transparencia del edificio, el tratamiento de las fachadas y, sobre todo, la interpretación del mundo vegetal”. Dos torres paralelas de 110 metros de altura, contiene esa reinterpretación babilónica copiando casi de manera directa este ejercicio al introducir un jardín (colgante) completamente abierto al exterior que asciende y trepa entre ambos volúmenes creando un nexo de unión entre las torres. Desde el nivel de la calle hasta la terraza desde la que disfrutar de una vista panorámica sobre la ciudad. El jardín, compuesto de diversas especies procedentes de varios países, destaca sobre todo por el numeroso uso que hace de la palmera, principal pieza vegetal con un total de 293 palmeras de 10 especies diferentes. Esta presencia se multiplica con el motivo ornamental utilizado en la construcción y decoración de las ventanas y acabados decorativos del edificio, donde el perfil de las palmeras se reproduce, primero en los grandes huecos sobre la fachada de concreto, ventanas a las habitaciones. El motivo vegetal se repite serigrafiadamente sobre el vidrio que recubre completamente el inmueble, creando un juego de luces, sombras y reflejos que sigue otras propuestas del arquitecto francés. Estos ejercicios formales buscan un acercamiento al paisaje natural de la ciudad. “No queríamos un hotel cualquiera, buscábamos un hotel que explicara dónde estaba: en una ciudad del Mediterráneo. Por eso dimos tanta importancia a la vegetación, porque los árboles son un signo distintivo de Barcelona”. Algo que, de manera anecdótica, contrasta con la especie vegetal predominante, la palmera washingtonia, originaria en realidad de California.

Ubicado en la plaza de Europa de L’Hospitalet de Llobregat – junto a la Fira de Barcelona, solares vacíos y otros edificios de autor que se erigieron bajo los grandes desarrollos urbanísticos pre-crisis, como el hotel de formas orgánicas proyectado por Toyo Ito – manifiesta como pese a los más de 2500 años distancia en el tiempo y al cambio que se han vivido en el uso de los materiales y sistemas de producción, la arquitectura parece volver sobre los mismos sistemas para intentar disolver esa separación entre naturaleza y artefacto cayendo en ideas directas. El jardín vertical es un contrapunto al paisaje periférico donde se ubica el edificio. Creando en su interior lo que le falta a la zona, pero no otorgándoselo a la ciudad. Al contrario, exclusivizándolo a los clientes.

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© Renaissance Barcelona Fira Hotel

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© Escofet 1886 S.A.

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© RIBAS & RIBAS Arquitectos

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