El Centro de Artes Inmersivas fue concebido desde una idea de arquitectura infraestructural: un edificio menos cercano al museo tradicional que a ciertos espacios públicos de alta intensidad, como una estación de metro, donde la escala, la robustez material, la claridad de circulación y la apertura al flujo colectivo definen la experiencia. Más que un contenedor cerrado y especializado, el proyecto busca ser una plataforma abierta, capaz de recibir usos cambiantes, montajes diversos y públicos nuevos.
Desde esa lógica, el lobby no se entiende como un vestíbulo convencional, sino como una apropiación de la calle y de lo público. Es un espacio de continuidad urbana, de reunión y de intercambio, que extiende hacia el interior la condición abierta de la ciudad. El mezzanine, por su parte, no funciona como un nivel autónomo, sino como una prolongación espacial del propio lobby: una pieza que amplía su espesor, multiplica sus posibilidades de ocupación y refuerza la idea de un interior concebido como paisaje público.
Una de las operaciones centrales del proyecto son sus grandes muros giratorios: elementos que no se conciben como puertas en el sentido habitual, sino como aperturas francas hacia la calle. Más que controlar un umbral, transforman la relación entre adentro y afuera, permitiendo que el edificio se abra de manera directa, amplia y generosa hacia la ciudad. Esa condición hace del centro un lugar menos ensimismado y más dispuesto a invitar, convocar y atraer a quienes quizás no entrarían de otro modo a un espacio cultural.
La materialidad acompaña esta visión. El uso de metal perforado en su color crudo responde a una doble intención:por un lado, resolver exigencias acústicas; por otro, ofrecer una superficie flexible que permita colgar, montar, adaptar y reconfigurar el espacio con libertad. Hay en ello una voluntad deliberada de trabajar con una estética directa, casi industrial, donde la arquitectura asume su condición técnica sin perder potencia espacial. .
Sobre esa base contenida y robusta aparece un color fosforescente singular, introducido como un gesto de carácter y humor. No se trata de un recurso decorativo, sino de una señal precisa dentro del proyecto: una vibración inesperada que rompe la neutralidad infraestructural, dota al edificio de identidad y subraya su vocación pública, accesible y no solemne. .
Más allá de alojar exposiciones, el centro se plantea como una institución para producir cultura. Su ambición no es ofrecer una definición cerrada de lo inmersivo, sino abrir un espacio donde esa pregunta pueda formularse una y otra vez. En ese sentido, el proyecto propone una arquitectura que acompaña la exploración: un lugar para ensayar nuevas formas de experiencia, para atraer audiencias distintas y para pensar, desde la práctica cultural contemporánea, qué puede significar hoy lo inmersivo.