El volumen de piedra conecta verticalmente el acceso y las cocheras con el resto de la casa, la cual se aloja dentro de este disruptivo volumen blanco, abstracto e incluso desafiante, que busca un equilibrio visual entre lo natural y lo artificial. En algunos lugares de Asia oriental se cree que, para experimentar con intensidad cualquier fenómeno, es necesario colocar dos opuestos juntos. Esta casa podría ser un ejercicio de encuentro entre esos dos opuestos: la barroca montaña llena de vegetación y estos dos volúmenes platónicos.
Esta casa se cierra hacia los vecinos por medio de un muro ciego y se transparenta hacia el frente y hacia un costado donde se encuentra un campo de golf y una reserva natural, la cual se enmarcó de manera horizontal con algo tan sencillo como un piso y una cubierta a lo largo de sala, comedor y cocina. En esta parte de la casa, la arquitectura sirve como un marco que enfatiza la belleza de la cañada. Para ello se hace uso del engawa, o espacio interior-exterior alrededor de la superficie vidriada, que pretende diluir la luz y provocar una transición suave entre la montaña y la propia casa.