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Obras

Casa San Francisco | Entre viñedos, una arquitectura contemplativa

Casa San Francisco | Entre viñedos, una arquitectura contemplativa

Nombre de proyecto

  • Casa San Francisco | Entre viñedos, una arquitectura contemplativa

País

Año

Superficie

  • 1056 m²

Fotógrafo

El proyecto Casa San Francisco surgió a partir de la solicitud de una casa de descanso en un viñedo a las afueras de San Miguel de Allende, una pequeña ciudad colonial en el estado mexicano de Guanajuato. Por su ubicación, desde el inicio se planteó establecer un vínculo entre la arquitectura y la vitivinicultura, a través de una exploración conceptual centrada en el paso del tiempo.
La fundación de San Miguel de Allende –originalmente nombrada San Miguel el Grande–, en el siglo XVI, coincidió con la llegada a México del cultivo de vid, ambas incursiones de misioneros franciscanos. La monumental labor que para los misioneros implicó la evangelización católica del país, provocó asimismo la aparición de un movimiento estético determinante en la planeación y construcción de las ciudades virreinales: la arquitectura monástica y conventual. En la producción vitivinícola, se le conoce como efecto terroir al impacto que factores tanto naturales –el clima, el tipo de suelo y la altitud– como humanos –métodos de cultivo–, tienen en las características de estructura, sabor y aroma que hacen único a un vino. En ese sentido, el estilo de construcción implementado para dar refugio y espacios para catequesis a los religiosos que cruzaron el Atlántico, el cual respondía a procedimientos psicosociales mediterráneos totalmente ajenos a la arquitectura precortesiana, también se vio impactado por su nuevo contexto. Así, la vitivinicultura y la arquitectura importadas a México en el siglo XVI, fueron sembradas en tierras nuevas para dar resultados distintos y únicos.

La naturaleza que rodea la propiedad, y su propósito de ser un lugar para el descanso, pautaron un tercer aspecto que influyó en el concepto del diseño de Casa San Francisco. En la búsqueda de un ejercicio de contemplación que permitiera reflexionar sobre el orden natural del mundo, así como celebrar los procesos estacionales de crecimiento, mutabilidad, decadencia y entropía, los espacios de la casa se fragmentaron en cinco volúmenes abiertos a diferentes áreas ajardinadas, con remates francos a los viñedos y al resto del contexto natural de la zona. Para transmitir, a través de la materialidad, el principio de orden natural atravesado por el tiempo y un estilo arquitectónico conventual traído a un lenguaje contemporáneo, se buscó utilizar un mínimo de materiales que brindara el máximo resultado.

Para otorgar a la casa sobriedad en forma y color, se utilizaron insumos que fueran nobles con el paso de los años y se rescataron procesos de construcción vernáculos. Así, los materiales predominantes elegidos fueron piedra de origen local, obtenida en un lugar próximo al terreno; mármol nacional sin pulir para los pisos; y pintura a base de cal, aplicada de forma artesanal en un color que se llevara bien con la piedra escogida para dar como resultado monolitos monocromáticos. En cuanto al trabajo de interiorismo, se eligió mobiliario de madera, en su mayoría roble, que resalta por su sobriedad, y un diseño de iluminación que emula la temperatura del tipo de luz que había en el siglo XVI al interior de los conventos, sin sacrificar los niveles de iluminación. La combinación de ambos elementos dio como resultado ambientes en tonos cálidos en los que la luz natural también juega un papel importante. Sin pretensiones, el planteamiento de este proyecto apela a la idea de que la belleza es imperfecta y que emerge con el paso del tiempo, en línea con el pensamiento de Luis Barragán que establece que “el tiempo también pinta”.

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