Arquitectura escénica emocional
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12 enero, 2026
por Mariana Barrón | Twitter: marianne_petite | Instagram: marianne_petite
Diego Vega Solorza en la Biblioteca Nacional de México (2025) | Foto: Fuad Smeke
Una conversación con Diego Vega Solorza a propósito de sus 10 años de trayectoria como coreógrafo.
Cuidar es afinar la relación entre presencia y movimiento; es atender a la fragilidad como fuente de conocimiento. En ese sentido, la danza no solo representa el cuerpo, sino que lo mantiene y lo acompaña, lo cuida. Cada desplazamiento implica medir la distancia, leer el entorno, evitar el choque: una práctica constante de sensibilidad hacia uno mismo y hacia los otros cuerpos que habitan el espacio.
Si pensamos la arquitectura desde ahí, el cuidado se convierte en una ética del habitar. No se trata únicamente de construir refugios, sino de imaginar condiciones de bienestar físico, emocional y colectivo. Una arquitectura que cuida no impone jerarquías ni monumentalidades, sino que ofrece tiempo, sombra, silencio, temperatura y posibilidad. Así como el bailarín se adapta al espacio que lo contiene, la arquitectura debería de adaptarse a los cuerpos que la viven —a sus necesidades cambiantes, a su vulnerabilidad, a su deseo de encuentro o de retiro.
Tanto en la danza como en la arquitectura, el espacio es un lenguaje del cuidado: se coreografía o se diseña pensando en cómo recibir, sostener o acompañar a quien lo habita. Desde esa mirada, los cuidados no son una categoría periférica. Moverse o construir son, en última instancia, maneras de cuidar.
A lo largo de una década, el bailarín y coreógrafo mexicano Diego Vega Solorza ha desarrollado una obra fuera de los escenarios convencionales. Su práctica expande los límites de la danza al trasladarla a arquitecturas de autores como Tadao Ando, Juan O’Gorman o Luis Barragán, convirtiéndolos en conversaciones de debate y reflexión. En una conversación que se ha sostenido por varios años —una suerte de diálogo epistolar y continuo—, hablamos sobre su perspectiva, sus procesos y su manera de concebir el espacio. Un intercambio que traza una memoria viva de uno de los creadores más singulares de la escena dancística y artística contemporánea en México.

Diego Vega Solorza en el Espacio Escultórico (2025) | Foto: Fuad Smeke
Mariana Barrón (MB): ¿Con cuál de tus obras inició esta relación tan cercana con los espacios arquitectónicos emblemáticos y de autor?
Diego Vega Solorza (DVS): Para mí, la idea de la arquitectura —es decir, la noción del espacio en la danza pensada desde la arquitectura— se volvió un punto de encuentro con Ecos, el homenaje al arquitecto Luis Barragán realizado en colaboración con el director y fotógrafo Andrés Arochi. Esa fue la primera vez que sentí de una manera distinta la relación entre espacio, cuerpo y danza. El proyecto fue un detonador, una nueva fuente de inspiración que me llenó de curiosidad.
Mucho de lo que imaginaba o me interesaba comenzó a conectarse con el deseo de estudiar la arquitectura en relación con la danza. Cuando pienso en arquitectura, no me refiero solo a lo material, sino también a la dimensión histórica y simbólica que contiene. Es muy interesante imaginar la relación del cuerpo con la arquitectura desde todo lo que hay detrás de un espacio: cómo se construyó, en qué contexto y quién lo hizo. Ese ejercicio vuelve la experiencia mucho más compleja y profunda.
Cuando descubrí la arquitectura más allá de su dimensión funcional, comprendí que su profundidad está ligada a lo espiritual, lo energético y hasta lo ancestral. En muchas culturas, la arquitectura no era solo una construcción física, sino una mediación con lo divino. Esa dualidad me resultó profundamente mística. Pensar el espacio desde ahí me permitió entender de otro modo la relación entre danza y arquitectura.
Con el tiempo he descubierto que esa conexión es inagotable: existen infinitos ángulos creativos donde convergen movimiento, cuerpo, espacio y forma. El espacio, por supuesto, es uno de los conceptos básicos en la formación de un bailarín o un coreógrafo. Sin embargo, la danza no suele entenderse como arquitectura. Aunque el espacio es un elemento clave y primario, en la danza se construye desde el cuerpo y se asocia más con lo social, lo estético o lo político, con las identidades.
La noción de espacio se percibe, entonces, desde el cuerpo en relación con su entorno y con el mundo.
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MB ¿Cómo ves esa relación en perspectiva con tu obra actual, en 2025?
DVS Creo que ahora es una relación inevitable. Una vez que descubres la arquitectura y te haces consciente de la relación del cuerpo con el espacio, no hay vuelta atrás. Es un vínculo inagotable porque siempre está ahí: en cómo habitamos, cómo nos desplazamos, cómo percibimos la luz o la sombra.
La arquitectura y el espacio abarcan una infinidad de conceptos relacionados con el ser, el estar y con la manera en que nos desenvolvemos en el mundo. Esta práctica, además, complejiza el oficio de la danza y lo impulsa hacia una evolución constante.
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MB ¿Cómo ha evolucionado esta relación? ¿Cómo quisieras continuarla?
DVS Es un proceso no lineal, evidentemente. A veces necesito volver atrás o no avanzar de manera directa en mis ideas sobre la relación entre danza y arquitectura. Por eso busco crear piezas donde pueda poner esas preguntas en escena.
Creo que el concepto del espacio sostiene gran parte de mi investigación y de mi obra artística. En mi más reciente estreno, Basoteve, centrado en la masculinidad y la violencia, la arquitectura está muy presente, aunque desde una perspectiva más filosófica. La obra plantea espacios imaginarios donde el elemento principal es una silla de montar, un objeto escultórico que funciona como símbolo y, al mismo tiempo, como relieve o paisaje.
Pienso mucho en los objetos dentro de la escena, en cómo funcionan como dispositivos escénicos que condicionan la idea del espacio. Ese interés surgió de mi fascinación por el modernismo en la danza, una época en la que esta disciplina comenzó a entrelazarse con otras artes: la pintura, la escenografía, la arquitectura.
Me interesa el objeto no solo como elemento coreográfico, sino como un ejercicio que tiene que ver con el espacio —y, por consecuencia, con la arquitectura—. Esa relación, creo, seguirá siendo una fuente infinita de exploración.

Diego Vega Solorza en Ciudad Universitaria, Campus Central (2025) | Foto: Fuad Smeke
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