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Columnas

Mercado(s) y gentrificación

Mercado(s) y gentrificación

26 julio, 2014
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

Si se aconseja a un turista que visite México por más de unos cuántos días qué debe ver, sin duda alguien dirá ¡los mercados! Y sí, los mercados en México tienen su particular encanto, pero no se pueden agrupar todos en una sola categoría. Los hay de muchos tipos. Especializados en ciertos tipos de comida, en artesanías, en hierbas o flores, en mascotas o en juguetes. Los hay limpísimos y los hay descuidados. Y aunque se asume que el mercado implica siempre formas de venta y de consumo populares, desde antes de que comer bien fuera requisito hipster, ya había mercados gourmet —y caros— como el de San Juan, en el centro de la ciudad de México. El urbanismo básico nos receta colocarlos como parte del centro de barrio y, por tanto, como pieza indispensable de la comunidad. ¿Funcionan así todos los mercados? ¿Es el espacio físico, la plaza, abierta o cubierta, lo que permite esas construcciones sociales o, al revés, es aquél un resultado de éstas?

Ayer, en el blog de Letras Libres Georgina Cebey y Diego Olavarría escribieron un texto titulado Gentrificación: el caso del Mercado RomaCebey y Olavarría hablan del cambio demográfico que ha sufrido la Roma en los últimos años. Uno de los barrios más elegantes de la ciudad a principios del siglo pasado fue, también, de los que más daños sufrió con el temblor de 1985. En la Roma se construyeron viviendas del Programa de Renovación Habitacional y de a su manera resistió el boom inmobiliario que vivía la Condesa donde aparecieron decenas de edificios siguiendo los mismos esquemas. También se gentrificó pero de otro modo: todavía hoy se encuentra una zapatería junto a una tienda de productos orgánicos. Pero eso está cambiando, y Cebey y Olavarría ven en el Mercado Roma, diseñado pro Rojkind Arquitectos y Nacho Cadena, un posible detonador de esas transformaciones. “La cuadra en donde se ubica el Mercado Roma (Querétaro entre Medellín y Monterrey) —escriben—, ha sido una de las pocas de la colonia exentas de los embates de restauranteros y desarrolladores de lofts. Situado frente a “El son de la loma”, pequeño bastión de inmigrantes cubanos que juegan dominó y beben cervezas en mesas de acero, y a unos pasos de la Unión de TrabajadoresAnarquistas, mejor conocida como “UTA”, sitio que los fines de semana congrega a la fauna de las subculturas del rock (punks, darks, metaleros, etcétera.), el mercado ofrece una experiencia de consumo refinado que desentona con los comercios circundantes. Esto no representaría mayor problema si en la ciudad de México el eclecticismo de barrio estuviera protegido: punks y gourmands podrían compartir la calle y convertir la de Querétaro en una cruza de El Chopo y Masaryk. Sin embargo, ese escenario resulta improbable si consideramos la naturaleza de la especulación inmobiliaria en el DF: en el momento en que la calle de Querétaro se “revitalice” (forma amable de referirse a su gentrificación), los precios de la misma aumentarán y las comunidades que ya existen ahí se verán, inevitablemente, amenazadas con el desplazamiento.”

 

El 5 de mayo se incendió el Mercado Corona, en Guadalajara. El edificio se destruyó por completo. Lo proyectó en 1965 Julio de la Peña, uno de los arquitectos más conocidos y reconocidos de la modernidad tapatía, autor también de la Biblioteca Pública del Estado y del Condominio Guadalajara. El primero de julio se convocó a un concurso por invitación para el proyecto del nuevo Mercado. Se invitaron a 39 despachos de los cuales 30 entregaron sus propuestas en un excesivamente corto plazo de 18 días. Ayer, también, se mostró el proyecto ganador, diseñado por Arquitectos Fernández.

El proyecto, que tendrá un costo de 272 millones de pesos y una superficie construida de más de 36 mil metros cuadrados, cuenta con cuatro sótanos para estacionamiento —582 autos—, tres niveles de mercado —589 locales— y dos más para oficinas —8,800 metros cuadrados. Entre los comentarios de algunos lectores a la nota de El Informador se critica sobre todo el aspecto moderno que chocará, dicen, con el contexto —sin reparar que el mercado anterior no hacía ninguna concesión estilística— y que parece más un centro comercial —lo que es cierto— donde los puestos que antes ocupaban el viejo mercado no tendrán ya lugar, no en el espacio físico sino en el espectro socioeconómico del nuevo edificio. Otra vez se ve al proyecto como una amenaza de gentrificación.

MC

Un tercer caso sería el Mercado de la Merced, en la ciudad de México. Proyectado en 1956 por Enrique del Moral, también fue afectado por varios incendios. Tras el más reciente, se anuncio su renovación e incluso el intento de demolerlo parcialmente. Hubo críticas y el Gobierno del Distrito Federal, con la colaboración del Colegio de Arquitectos, organizó un curioso procedimiento a la inversa en el que primero se realizó un concurso de ideas y luego una serie de mesas de trabajo para entender las condiciones y necesidades del mercado —una vez más, pareciera que en el Colegio de Arquitectos de la ciudad de México no se tiene muy claro cuál sería la manera lógica de hacer un concurso de arquitectura, pero ese es ahora otro tema. El proyecto ganador recibió también las mismas críticas que los dos mercados anteriores: la propuesta implicaría la exclusión de los que ya están ahí y, en un plazo no tan largo, gentrificación. “Me encontré con un cuadrito y vi mi calle, Adolfo Gurrión, convertida en una plaza comercial, y no vi mi edificio. Ahí fue cuando me preocupé: ¿Dónde nos van a meter?, ¿qué va a pasar con tanto niño?, ¿por qué la delegación (Venustiano Carranza) no nos ha dicho nada?” —se pregunta Teresa Flores Marchena, de 81 años, en un reportaje publicado por Proceso.

¿Será que no hay de otra? ¿Será que cada vez que se intervenga con un proyecto nuevo o se renueve un viejo mercado se corra el riesgo de gentrificarlo y, así, acabar con la comunidad que lo ocupaba? ¿Y es eso un problema específicamente de la arquitectura y los arquitectos o del mercado, no el de frutas y verduras sino el otro: el financiero o inmobiliario? Si ese mercado —ante la inacción del Estado cada vez más el verdadero motor de las transformaciones urbanas— es el que genera e incluso promueve la exclusión y la inequidad, y si la arquitectura, contra las pretensiones mesiánicas de muchos arquitectos“construiremos comunidad”, “salvaremos el barrio”, acaso sólo uno de los síntomas, el efecto y no la causa de la gentrificación, de la exclusión de los pobres y del privilegio de los ricos, aquí, en Nueva York o en París, ¿qué papel juegan y deben jugar la arquitectura y los arquitectos para evitarlo o, si evitarlo es ya imposible, de menos para ser conscientes del tipo de juego que jugamos y para quién lo jugamos? 

 

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