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Memoria(l)

Memoria(l)

5 octubre, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

El 30 de abril de 1975 cayó Saigón —o Saigón fue recuperada, depende de qué lado se lea la historia. Lo que sí parece no tener sino una lectura es que ese día los Estados Unidos perdieron una guerra que buena parte de su pueblo no quería pelear. Cuatro años después, el 27 de abril de 1979, se instauró el Fondo para el Memorial de los Veteranos de Vietnam. El objetivo principal del Fondo era la construcción de un monumento a la memoria de los combatientes americanos muertos o desaparecidos en acción en Vietnam. Se convocó un concurso para el diseño del Memorial en el que se inscribieron más de 2500 participantes y entregaron, el 30 de marzo de 1981, 1421 propuestas. Un jurado revisó todas las propuestas, anónimas, y tras varias deliberaciones eligió como ganadora la que llevaba el número 1026.

Maya Ying Lin nació en Atenas, Ohio, el 5 de octubre de 1959. Sus padres eran chinos, él ceramista y ella poeta, ambos habían llegado a los Estados Unidos en 1948 y eran profesores en la Universidad de Ohio. Su tía abuela, Lin Huiyin, nacida en 1904, había estudiado arte en la Universidad de Pensilvania y diseño escénico en Yale, aunque su pasión era la arquitectura. Maya Lin también estudió en Yale. Para su tercer proyecto de un estudio de diseño, cuyo tema era la arquitectura funeraria, Lin presentó una propuesta al concurso del Memorial de los Veteranos de Vietnam. Su propuesta llevaba el número 1026. Ganó. Aun no había cumplido 22 años.

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El diseño de Lin está compuesto por un muro quebrado en un ángulo de 125 grados. A partir del vértice, cada muro tiene poco menos de 74 metros de largo. En el vértice, el muro rebasa los 3 metros de altura y en los extremos apenas alcanza los 20 centímetros. El muro es de granito. Negro. Pulido. En el muro están inscritos los nombres de todos los muertos o desaparecidos en acción en Vietnam hasta el momento de la construcción del memorial. Los 58,307 nombres aparecen en el orden cronológico de la muerte o la desaparición, según fueron anotados en las listas oficiales, y no van acompañados de ninguna otra información: rango, condecoraciones, unidad. Frente a las listas, quien lee los nombres también puede ver su reflejo en el muro pulido. Por supuesto no se pueden ver claramente las dos cosas al mismo tiempo: o se enfocan los nombres de los caídos y desaparecidos o se enfoca nuestro propio reflejo. El pasado y el presente se encuentran y se sobreponen, pero no se confunden.

La amplia V negra que corta el suelo no es la V de la victoria; algunos en su momento la leyeron como la V de Vietnam y juzgaron al monumento inapropiado. James Webb, entonces miembro del Comité de Asuntos de Veteranos de la Cámara de Representantes, lo calificó como nihilista. Revisando la controversia sobre el memorial de Vietnam, Elizabeth Wolfson escribió que dese que se conoció la propuesta de Lin, “muchos veteranos, políticos, críticos y el público en general leyeron el rechazo a glorificar explícitamente la guerra o a enmarcar el sacrificio de los soldados enlistados de manera reconociblemente heroica como un pronunciamiento ideológico, prueba de la posición anti-bélica de Lin.” Para muchos se trataba de un monumento a la derrota y a la vergüenza: el granito negro en vez del mármol blanco, omnipresente en Washington; su invisibilidad al enterrarse en el suelo en vez de erguirse, como si se tratara de una guerra que había que ocultar. Marita Sturken dice que, además, se trataba de un proyecto dibujado por una jovencita, una estudiante sin ningún proyecto construido, una mujer y de ascendencia asiática, para empeorarlo todo. Si Lin veía ese corte en el suelo marcado por la franja de granito negro como una herida cerrándose, sus críticos la veían como una herida por siempre abierta y eso no lo querían reconocer.

“Las formas que toma el recuerdo —escribe Sturken— indican el estatuto de la memoria en una cultura. En esas formas podemos ver actos de conmemoración pública como momentos en los que los discursos cambiantes sobre la historia, la memoria personal y la cultural convergen. La conmemoración pública es una forma de hacer historia, aunque también puede ser una forma debatida de recordar en el que las memorias culturales se deslizan unas en otras, fundiéndose y disgregándose en un conglomerado de narrativas.”

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