Nonoalco, sombra de la modernidad
Por alguna razón, Nonoalco dio un motivo narrativo y escenográfico al arte mexicano. Quizá era su ambiente de bajos fondos [...]
10 abril, 2026
por Carlos Rodríguez
Tomada del sitio Clásicos Mexicanos
Hecha de arcos que se multiplican, vigas de madera y escaleras de piedra, la casa de Emilio ‘El Indio’ Fernández, en Coyoacán, es muestra fiel de cierta arquitectura mexicana del siglo XX y también de la magnífica relación del cine y la arquitectura, de una época de intenso intercambio entre disciplinas. De alguna forma, su creador, el arquitecto Manuel Parra, empotró el inmueble en la zona pedregosa que dejó la erupción del Xitle, como si la hubiera esculpido para modelar un alcázar de varios niveles. La casa propone una experiencia estética particular, la de la piedra volcánica, refugio y enigma, y también la del laberinto que se enreda, que sube y baja, sobre sí mismo.
Tomada del perfil de Facebook de Emilio ‘El Indio’ Fernández
De forma curiosa, no hay sensación de extravío al internarse en la casona. Uno se siente seguro, igual que Jacqueline Andere en La noche violenta (1970). Filmada en la fortaleza de ‘El Indio’, como se conoce al lugar por su aspecto monolítico, en la película, dirigida por José María Fernández Unsaín, Andere hace de una sordomuda de apariencia virginal, casada con un hombre que le lleva muchos años. Una noche, un extraño (Enrique Lizalde) irrumpe en la casa. La atracción entre ambos pronto invade todos los espacios, el salón, que se puede observar desde arriba, en una especie de balcón –donde María Félix se asoma en El rapto (1954), cinta que se rodó ahí–, la cocina –de la que apenas si se filma una parte, donde seguramente Columba Domínguez apuraba a las cocineras que hacían el mole y el arroz para las comilonas que ofrecía ‘El Indio’ en sus frecuentes fiestas y reuniones–, el patio empedrado –donde yace el esposo (Luis Aldás), herido e inmóvil– y, por supuesto, la habitación, que se encuentra en desnivel, motivo por el cual hay que bajar escaleras. No hay que olvidar el baño, donde Andere no puede quitar los ojos de encima a Lizalde.
Fotograma de La noche violenta
Parra inició la construcción de la casa a mediados de los años cuarenta, a partir de su idea de la arquitectura, que recuperaba elementos constructivos, tanto arquitectónicos como decorativos, y de habitar tradicionales ya considerados demodé por la vanguardia. La expresión de Parra, a quien apodaban ‘El Caco’, era esencialmente popular y vernácula en su raíz y orgullo por el pasado mexicano, que integró a sus casas, de intención vetusta, de aspecto antiguo a propósito. En la casa de ‘El Indio’, por ejemplo, hay piedras esculpidas de ídolos, rostros e imágenes religiosas insertas en muros, esquinas y escaleras; se trata de piezas que Parra recuperó de las numerosas demoliciones de edificios virreinales y del porfiriato que se llevaron a cabo a mediados del siglo XX, motivadas por el resquemor posrevolucionario. El gesto da una idea de su entender arquitectónico, pionero del reciclaje. Es sabido que se hacía de elementos y pedacería arquitectónica para usarlos en sus construcciones. Así, en la fortaleza de ‘El Indio’ hay pilas bautismales, seguramente de algún edificio eclesiástico que ya no existe, que funcionan como lavabos, arcaico elemento de ornato.
Detalle de la casa de ‘El Indio’ Fernández
A contracorriente del funcionalismo, las casas de Parra son espaciosas. Los techos de la casa de ‘El Indio’ son altos, sus habitaciones grandes, con pisos de piedra en la parte media y baja y de duela en la superior; en el patio trasero hay una enorme pileta, también de piedra. A diferencia de la casa de Cecil O’Gorman y de las casa-estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo, proyectadas por Juan O’Gorman una década atrás, que se sienten como pequeñas cajas que hacen pensar en seres humanos de talla reducida, en la casa de Parra para Fernández hay un despliegue de amplitud generoso que también alterna luces y sombras, a veces propiciadas por los arcos, los cerrados ángulos de las escaleras y los desniveles de la residencia, que crean un ambiente íntimo y de recogimiento, a pesar de su extensión. Sus ventanas son discretas e inolvidables, portillos ovalados puestos casi siempre en muros muy altos, en uno de ellos cruza un atardecer en el video de Amor a la mexicana, mini film de Thalía donde se aprecia también la calzada que une la casona de piedra con el jardín.
Detalle de la casa de ‘El Indio’ Fernández
Manuel Parra y Emilio Fernández fueron realmente amigos y también colaboradores. Su forma de ser y de vivir, sin embargo, eran distintas. Aunque ambos cultivaron muchas amistades, a la personalidad temperamental y juerguista de Fernández, se opone el carácter disciplinado de Parra, un hombre esencialmente culto. Era amante de la poesía y de las caminatas, los paseos y las excursiones para conocer las zonas arqueológicas, las iglesias y los conventos, los pueblos, dentro y fuera de la ciudad.
La trayectoria de Parra como arquitecto es conocida, hizo casas para muchas personas, algunas notables como Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, aunque se trata de una figura difícil de clasificar, quizá por su reticencia a hablar de sí mismo, reacio al elogio, adelantado a su tiempo por el aprecio auténtico de las formas creativas tradicionales, por ejemplo la artesanía, el mobiliario local y regional y materiales de construcción como la piedra, el tabique, las tejas y la madera, desdeñadas por su cualidad vernácula y asequible. La estima de ‘El Caco’ por lo popular no era la de un diorama de museo etnográfico, tampoco la de un mausoleo que intenta conservar el pasado, su idea del espacio era la construcción a partir de aquilatar la riqueza popular.
Menos explorada es su faceta como decorador de varias películas paradigmáticas del cine mexicano, todas dirigidas por ‘El Indio’ Fernández. En esta actividad, donde Manuel Fontanals siempre encabezaba el trabajo escenográfico del que depende la decoración, se observa su ojo –solo el derecho, a los once años perdió el izquierdo en un juego de varas, por eso usaba un parche que hacía más misteriosa su alargada figura– para los objetos, su gusto propicio, entrenado, para recrear y poblar espacios en filmes como Enamorada (1946), Río Escondido (1948), Maclovia (1948) y Un día de vida (1950). Como se ve, casi siempre participó en obras que de algún modo copiaron y también inventaron para el cine un modo de vivir mexicano que se inspiraba en la vida de los pueblos, algo que debió entusiasmarlo.
Fotograma de La malquerida
Además de arquitecto, Parra también fue escultor y diseñador de muebles, es decir, tenía la sensibilidad para modelar proporciones diversas. Hay dos momentos emblemáticos de su expresión como decorador cinematográfico. El primero es la magnífica recreación escenográfica y objetual de la hacienda de La malquerida (1949), tragedia disfrazada de melodrama rural donde una joven (Columba Domínguez) odia a su padrastro (Pedro Armendáriz), resentimiento que encubre el deseo que sienten ambos que, por supuesto, ignora la madre (Dolores del Río). Entre los detalles, uno genial, el del petate de palma a un lado de la cama matrimonial que amortigua el sonido de las espuelas del hombre, que mantiene en vilo a ambas mujeres por la noche. También es una forma de adelantar el funesto destino del hombre –a cuyos pies con las botas hechas trizas se tira Del Río en una secuencia posterior, arrebato emblemático de la sumisión y el machismo del cine de la época– que va a “doblar el petate”, como dice la frase, es decir que se va a petatear o a morir.
Luego, en La bienamada (1951) Parra ayuda a narrar el cambio de vida de la pareja que forman Columba Domínguez y Roberto Cañedo, que se muda al Centro Urbano Presidente Miguel Alemán. Con muebles más bien modestos, de recién casados, como una alacena como las que pintó María Izquierdo, la dupla se instala en el multifamiliar, con las ventanas del departamento adornadas con cortinas simples, igual que ellos. El sutil trabajo decorativo es imprescindible para expresar la promesa del porvenir, negada por el funesto destino y la enfermedad de ella, y también de retener un poco la nostalgia de su raíz y el pasado, como se ve en las figuras populares que decoran el piso, por ejemplo un marranito de barro.
En el jardín de la casa de ‘El Indio’, que ofrece una estampa muy peculiar de su creador y de quienes la habitaron, Manuel Parra sembró un ahuehuete. Debajo de él se depositó la cajita con sus cenizas. Lugar donde se encuentran la arquitectura y el cine, la piedra y la imagen, que afortunadamente todavía permanecen. Al recorrer la fortaleza se encuentran varias imágenes de Parra, un retrato en solitario y otro donde aparece con ‘El Indio’, ambos en penumbra. Arquitecto genial, Manuel Parra fue pionero y artífice de la sensibilidad que ennoblece lo propio, lo popular, que investiga y honra la vida y las formas de vivir y habitar, que aprecia y con ello reinventa lo que se considera como expresión de lo mexicano.
Detalle de la casa de ‘El Indio’ Fernández
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