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Columnas

Mala arquitectura buena

Mala arquitectura buena

27 noviembre, 2015
por Juan Manuel Heredia | Twitter: guk_camello

No existe justificación ideológica para la mala arquitectura, como tampoco la hay para un puente que colapsa.
Aldo Rossi, 1973

Un fragmento del libro Arquitectura y subdesarrollo en América Latina del historiador mexicano Rafael López Rangel es un buen ejemplo de aquellos momentos en que las inclinaciones ideológicas de un autor obnubilan su racionalidad disciplinar, en este caso arquitectónica. El fragmento está incluido en el libro Revolution of Forms del historiador estadounidense John Loomis, dedicado a las famosas Escuelas de Arte de la Habana, construidas en los albores de la revolución cubana. [1] Loomis incluye dicho fragmento en el apéndice de documentos sobre esos edificios pero su contenido es interesante más allá del tema específico de las escuelas. Refiriéndose a ellas, López Rangel escribe:

“Sus formas están organizadas de acuerdo a líneas conceptuales individualistas-arbitrarias no orgánicamente incorporadas y copartícipes en su individualización al carácter y a la tipicidad del proceso revolucionario. Por ello, aunque interesantes y atractivas las ondulaciones de los volúmenes de las escuelas de los arquitectos Ricardo Porro, Vittorio Garatti y Roberto Gottardi; aunque indudablemente virtuoso el empleo del tabique y la construcción de las bóvedas; aunque bien cuidada la disposición espacial de las masas en el magnífico paraje en el que están situadas (el ex jockey club, exclusivo y aristócrata); aunque hábilmente dispuestos los detalles con respecto al conjunto, estas obras contienen un significado acoherente con los valores de la revolución.”

…. lo que de alguna forma equivaldría a decir: no importa que tan buena sea esa arquitectura, por el hecho de no ajustarse a determinados caracteres, ideología o valores, esa arquitectura es por necesidad mala. El fragmento es revelador porque el autor es consciente de la calidad de la arquitectura de la que escribe pero se ve obligado a calificarla negativamente por cuestiones no estrictamente –o mejor dicho- precisamente arquitectónicas. Su crítica -que también es un elogio- destila un curioso vitruvianismo antivitruviano. Por un lado reconoce la belleza o venustas de las escuelas al afirmar que sus formas son “interesantes y atractivas”. Por el otro reconoce su solidez o firmitas al sugerir que los edificios no solo estaban bien construidos sino que en ese aspecto inclusive llegan al virtuosismo. Finalmente reconoce su funcionalidad o utilitas (aunque de forma más implícita) al hacer notar su “cuidada disposición espacial” y las buenas proporciones entre sus “masas” y “detalles” así como entre estos y su emplazamiento en el sitio.

Es decir, los tres principios con los que, según el arquitecto romano, toda edificación debería cumplir son afirmados -en parte debido a la formación profesional del autor- para ser inmediatamente negados desde un plano moral. Independientemente de la orientación ideológica del autor o de la calidad de la arquitectura analizada, lo que resalta es el desfase entre el juicio arquitectónico y el político. Ciertamente cualquier edificación puede analizarse desde distintos (y muchas veces encontrados) puntos de vista, pero es de esperarse que un escritor formado como arquitecto escribiera desde y afirmara su propio locus enunciationis. No se trata de separar dos dimensiones inevitablemente interrelacionadas (la arquitectónica y la política) sino de reconocer que existe una esfera de conocimientos –o para hablar como Vittorio Gregotti- un territorio epistemológico al interior de la arquitectura que lo distingue de otras disciplinas y aporta sus propias contribuciones en el horizonte del conocimiento y la producción humanas.

Es obvio que el análisis o descripción de un proyecto o de un edificio no debería negar sino más bien promover o conducir a una reflexión o crítica de orden económico, social o político. A fin de cuentas las geometrías, materialidades y proporciones de la arquitectura no constituyen formas herméticas, inmanentes o ensimismadas, sino que muchas veces son el resultado –y todas las veces son el cauce o el obstáculo– de las posturas y acciones humanas que constituyen la base misma de la vida política. En otras palabras la crítica de la arquitectura debería partir o considerar esa base disciplinar antes de cualquier teoría construida fuera de ella. Sin embargo sucede que esta base muchas veces se desprecia o de plano se olvida por los mismos arquitectos al escribir sobre su oficio. Si es así ¿porque llamar a algo arquitectura?¿Existe una racionalidad propia de nuestro oficio? ¿Puede seguirse afirmando la autonomía disciplinar más allá de las muchas veces autoindulgentes especulaciones sobre el tema de las últimas cinco décadas? Preguntas un tanto necias pero útiles de formularse debido a las recurrentes y ciertamente inevitables intromisiones de la ideología en la arquitectura.

[1] John A. Loomis, Revolution of Forms: Cuba’s Forgotten Art Schools (Nueva York: Princeton Architectural Press, 1999), 161.

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