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Lugares y experiencias eidéticas

Lugares y experiencias eidéticas

14 julio, 2015
por Joaquín Díez Canedo | Twitter: joaquindcn

En Eidetic Operations and New Lanscapes[1], el arquitecto paisajista James Corner comienza hablando de cómo damos forma a la realidad de manera mental y física. “No hay un paisaje”, dice Corner, “sin una imagen [preconcebida], sólo un entorno sin mediación.” Esto quiere decir que cualquier juicio o intervención sobre el mundo es resultado de un prejuicio formal o discursivo, y que estos prejuicios, a su vez, condicionan la manera en que concebimos y conformamos la realidad. Después explica cómo ha evolucionado la idea de paisaje a través del tiempo, y cómo, a partir de los regímenes de control visual de la actualidad, hemos buscado despolitizar al paisaje para reducirlo a una imagen capitalizable y de fácil acceso.

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Así, pues, mientras que los habitantes de un paisaje particular —aquel que hemos sido entrenados a calificar como bello, natural o histórico— perciben su entorno a partir de la distracción, del uso cotidiano y de su memoria individual y colectiva; lo que perciben los agentes externos -como un turista cualquiera, las empresas de publicidad, las administraciones gubernamentales o, también, un arquitecto- es una imagen. Además, esta acción reduce al paisaje a un discurso ajeno y manipulable, en donde se anula la posibilidad de concebir alternativas pragmáticas: la imagen es peligrosa en tanto que establece un punto de vista unitario y total, al tiempo que discrimina y anula la posibilidad de diálogo con el contexto.

Esto es importante analizarlo puesto que uno de los principios fundamentales de la arquitectura es la acción de intervenir sobre un paisaje determinado. Es decir, para que la arquitectura tome forma es preciso primero que haya un sitio, un lugar sobre el cual construir. La arquitectura como objeto se inserta, pues, dentro de un entorno cuya condición a priori es que existe espacial y temporalmente. Este sitio, o paisaje, no es un ente abstracto o despolitizado, como el papel en blanco o la pantalla de una computadora podrían hacer creer. Todo lo contrario: en cualquier lugar existe una lógica de habitación, una cotidianeidad que responde a condiciones particulares de ese sitio —que van desde el clima y la vegetación hasta las relaciones sociales y culturales— y que, por lo tanto, para que un proyecto pueda inscribirse dentro de su contexto de manera significativa, estas condiciones no pueden dejarse de lado.

Sin embargo, la misma acción de intervención modifica el entorno y establece nuevas relaciones espaciales y formales. Así, cabe la pregunta ¿de qué manera podemos intervenir?, o, mejor, ¿sobre qué base fundamentamos esta inserción? Y es que hemos dependido tanto de la imagen como estrategia de venta que quizás hayamos dejado de lado a la realidad habitada, esa de la vida diaria y la experiencia cotidiana, para encasillarnos dentro de esa idea utópica que podemos generar a partir de nuestra propia (y muy prejuiciada) imaginación, sin entender realmente lo que estamos propiciando.

Corner concluye diciendo que a pesar de todos los esfuerzos por esconderla, la realidad encuentra formas de expresarse, sea con la aparición de basura o, tal vez, con gente cuya ideología y lugar en el mundo son ajenos a eso que preconcebimos como “bueno” o “deseable”. Lo cierto es que la arquitectura no puede alejarse de su condición de imposición, pero puede ser que si nos comprometemos como gremio a estudiar más a fondo la acción misma de construir un lugar, podremos tal vez generar entornos más equitativos y amables con sus habitantes; en suma, lugares que sean menos una imagen que una experiencia eidética.

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[1] Corner, James, ‘Eidetic operations and new landscapes’; en Corner, James (ed.); Recovering landscape: Essays in contemporary landscape architecture; Princeton Architectural Press, Nueva York, 1999.

 

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