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Las delicias del jardín

Las delicias del jardín

4 agosto, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

Cuenta el filósofo francés Michel Serres que, en su generación —tenía 15 años al terminar la Segunda Guerra—, parecía natural comenzar el aprendizaje del latín —“base muerta pero activa de nuestra cultura,”— estudiando cuestiones de lugar: Ubi? Quo? Unde? Qua?  “Cuatro palabras que fundaban el espacio.” Ubi? : ¿dónde estamos? Quo? : ¿a dónde vamos? Unde? : ¿de dónde venimos? Y Qua? : ¿por dónde pasamos? “La humanidad agrícola que comienza en el neolítico y termina por estos días —explicaba— compuesta de paisanos, eliminados desde entonces, vivía en un paisaje, ahora desaparecido, y había modelado su cultura y el espacio refiriéndolos a lugares, a nudos que nosotros deshacemos como obstáculos para nuestro transporte, porque nosotros pasamos por el espacio en vez de habitar en sitios y resumimos nuestra experiencia respondiendo sin cesar a la cuarta pregunta e ignorando las tres primeras.” Esas tres primeras preguntas se responden –según Serres– con los términos pagus, el paisaje, hortus, el jardín y locus, el lugar.

La palabra jardín nos llega al español del francés jardin, que, a su vez, viene del francés antiguo jart, huerto, y éste del franco gard, cercado; emparentándose con el antiguo alemán gart, corro, y el inglés yard, patio. Todas estas palabras derivan del indoeuropeo gher, que significa agarrar o encerrar y que en lenguas actuales nos da, junto a yard y garden, jardín y huerto, corte y coro y cortesano, cortesía o hangar, kindergarten y orquídea. Una familia de palabras –de Kierkegaard a la hortensia, dice bellamente Serres– que se refieren a “los espacios cerrados por arbustos o por murallas que dividen la ciudad del campo o que asocian en un tejido compuesto los campos del paisaje y las construcciones de la ciudad. En ese sentido –continúa– el jardín o el patio –cour en francéspueden pasar como el elemento, urbano y rural, del espacio tal como lo percibimos o lo fabricamos en nuestra cultura indoeuropea: su célula básica.”

“El texto mitológico de cada civilización se relaciona, frecuentemente, a una idea paisajística o bien, directamente, a una descripción del jardín construido,” escribió Roberto Burle Marx —nacido en Sao Paulo el 4 de agosto de 1909. Y aunque en nuestro imaginario esa célula básica, jardín o patio, represente lo abierto, la lengua nos lo muestra como lo cerrado o, de menos, lo definido y demarcado: siempre serán lugares delimitados y, por tanto, en cierto sentido, interiores. Para Burle Marx “existen dos paisajes: uno natural, existente, y el humanizado, construido.” El humanizado, artificial, “corresponde a todas las interferencias impuestas por la necesidad, pero además de las implicaciones resultado de razones económicas” a las que puede sumarse una vocación estética. Esas interferencias, marcan y enmarcan, así sean sinuosas líneas en el pavimento de una amplísima banqueta frente a la playa. Nos colocan.

El dónde de las tres primeras preguntas –Ubi? Quo? Unde?– designa un locativo que no comprenderíamos sin esa clausura –afirma Serres. “Lo local no tiene lugar sin límite ni frontera.” El jardín, pues, la hace de naturaleza interiorizada en la ciudad y de ciudad vegetal frente a la naturaleza. Como cualquier interior, limitado y definido, cada jardín es un pequeño paraíso –palabra que, pasando por el griego paradeisos, nos llega del persa pairidaeza: parque o espacio cercado–: un espacio emparedado. Por eso Robert Harrison afirma que “si hay una noción primera de un jardín es esta: un lugar cerrado y puesto aparte, protegido, privilegiado, con diferentes reglas y estilos de vida dentro que fuera.” Algo que se da —como sabía Burle Marx— desde un dibujo en el suelo.

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