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Columnas

Las Américas, primeros años cincuenta

Las Américas, primeros años cincuenta

31 diciembre, 2015
por Juan Palomar Verea

Publicado originalmente en El Informador

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¿De qué sirve la nostalgia? Habrá quien diga que de nada. Son los mismos que insisten en que el “hubiera” no existe. Y sin embargo, ahí está, escrito con todas sus letras en la frase anterior. Existiendo para que, el riguroso día de hoy, ante el futuro que llega, podamos reflexionar, especular en las posibilidades, imaginar en lo que podrá ser.

Porque algo dice la imagen desaparecida de la Avenida de Las Américas recién estrenada, pareciera que hacia 1952. ¿De qué habla esta fotografía, un poco borrosa? En primer lugar, de una ciudad digna en su modestia, en sus limitados y sensatos medios para hacer las cosas. Un viejo trazo, de un camino que iba hacia la lejana Zapopan, se convertía en una avenida.

Fue urbanizada con pocos medios. Cabe decir que su principal elemento era la ya madura calzada de árboles que se pierde en la perspectiva, sembrada prudentemente decenios antes para hacer más propicia la brecha, la que, por cierto, ya guardaba –gracias a sabias providencias- una considerable sección, que incluía generosas banquetas. Su pavimento era un buen empedrado: ése que se hacía con buena piedra de castilla y superior mano de obra. El resultado era una superficie de rodamiento razonable para velocidades moderadas, una gran área capaz de absorber el agua de lluvia y así propiciar menores inundaciones y mejor clima.

Los afanes panamericanos bautizaron la vialidad: avenida de Las Américas. Un paseo destinado a celebrar y conmemorar al continente y sus pueblos. Así, en su arranque –en el cruce con la avenida Vallarta- se dispuso una fuente y un monumento que –en clave levemente naïf- representaba media esfera terráquea en donde figuraba el continente americano. Seguía un camellón de sencilla y efectiva idea paisajística y jardinera: grupos de rosales que precedían los bustos de los próceres de cada nación elevados sobre pilastras, y a los que servía de acento y remate una palmera. (¿Podría haber sido esta composición obra del insigne ingeniero Agustín Gómez y Gutiérrez?)

Total, una avenida armoniosa, funcional, significativa en su propósito de promover la hermandad americana, apropiada, memorable. ¿Y que ha sido de ella? Decadencia, desarreglo, olvido de qué ciudad somos. El empedrado, sin la menor reflexión, fue sustituido por chapopote y luego por concreto. El imperio de los automotores exigió después más carriles para su dominio: lo primero que cayó fue la fuente-monumento y el camellón hasta la hoy avenida México. Los tendidos de cables de la Comisión Federal de Electricidad, en lugar de ser convenientemente soterrados de una vez por todas, propician hasta hoy la permanente mutilación de la arboleda. Muchos ejemplares –sobre todo jacarandas- fueron paulatinamente demolidos (entre los últimos, dos que subsistían hasta hace no mucho en la banqueta de una agencia de coches a la altura de Hospital).

Luego aparecieron los anuncios “espectaculares”: el horror estaba garantizado, junto con mayores mermas forestales. La idea jardinística del camellón se extravió. Las construcciones existentes, razonables testigos de su época, fueron sustituidas por gasolineras y edificaciones de pacotilla. ¿Qué queda de la avenida de Las Américas?

En lugar de una calle decorosa y grata, un corredor degradado, hostil y anodino. Pero quedan también todas las posibilidades: las de que la ciudad recupere su memoria y su entereza y sepa componer lo arruinado. Las de que, mediante medidas sencillas, enérgicas y efectivas, encabezadas por la autoridad, devuelva a Las Américas su carácter ciudadano, amable: un rasgo de urbanidad y sensatez que, sin duda, contagiaría a buena parte del tejido citadino. Y como esta avenida hay muchas: por alguna habría que empezar para rehacer el rumbo.

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