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La uberización de lo público

La uberización de lo público

Introducción: tan cerca de Uber y tan lejos de lo convivencial

Por: Aura Cruz

 

Voy al parque mejor diseñado de la ciudad, en una zona sumamente exclusiva de la misma y puedo entrar sin tener que traspasar reja alguna. Correteo por ahí con mi querido amigo canino… ¿Eso es todo lo que define al espacio público? En ese mismo tenor, ¿es acaso el transporte público tan sólo un tema de acceso al transporte colectivo? ¿O qué es lo que se supone público en ello? ¿De qué manera esta concepción de lo público puede ser transferido a la manera en que entendemos el tan manoseado término de espacio público?

La introducción de diversas aplicaciones que ofrecen servicios de transporte privado abre una discusión relacionada con la mercantilización de la ciudad donde parece no dejar ni un mínimo fragmento que escape a la explotación capitalista. La ciudad, en tanto espacio que se vive en el tiempo, queda capturado por diversos dispositivos que hacen incluso del ocio un espacio de extracción de riqueza que se aliena a lxs mismxs ciudadanxs. Al cabo del tiempo, estas fuerzas extractivas acaban modelando no sólo la ciudad en tanto entidad física, sino la manera en que la habitamos, la interpretamos y la reproducimos. En esa dirección, si tomamos conciencia de que la ciudad no es un mero receptáculo material sino también un espacio de relaciones: ¿qué clase de relaciones produce este fenómeno? ¿Dónde queda la dimensión convivencial del espacio público que proponía Iván Ilich como aquella le haría una herramienta social a ser moldeada comunitariamente en torno a un proyecto autónomo y común? 

En torno a esta temática, el filósofo Gustavo Camacho, nos presenta a continuación el trabajo de Natalia Radetich que expone la manera en que el esquema de una famosa aplicación de servicio de transporte individual se convierte en la manera en que se gestiona y precariza el trabajo de manera más generalizada de tal suerte que la ciudad parece subsumirse cada vez de manera más extensiva a las lógicas de la explotación mercantil. Esta lógica mercantil, a su vez, se infiltra al tipo de encuentros e intercambios ciudadanos que se comienzan a reducir a transacciones de conductor y cliente. Lo mismo pasa cuando se mira a un espacio público meramente como de paseo y consumo ¿Qué nos queda entonces de lo público de la ciudad?

 

Sobre “Cappitalismo. La uberización del trabajo” de Natalia Radetich

Por: Gustavo García Camacho

Natalia Radetich, antropóloga y filósofa —actualmente profesora en el departamento de antropología de la UAM Iztapalapa— es una investigadora que ya tiene una larga trayectoria en el estudio de las formas de trabajo contemporáneas y, más precisamente, en la descripción sobre los nuevos procesos de subsunción de la fuerza de trabajo de cara a la reconfiguración (más que crisis) del fordismo, así como la expansión y el impacto de las nuevas tecnologías en el mundo del trabajo. 

En su tesis doctoral Trabajo y sujeción: el dispositivo de poder en las fábricas del lenguaje (premiada por la Academia Mexicana de Ciencias como la mejor tesis doctoral en Ciencias Sociales y Humanidades de 2016), Radetich examina minuciosamente los dispositivos de control y sujeción que subyacen a un call center de la Ciudad de México y, a partir de un sólido trabajo etnográfico, la autora desmenuza prolijamente la manera en la cual las facultades expresivas y comunicativas de los trabajadores se convierten en el elemento propulsor de los nuevos procesos de valorización, así como la forma en que estos nuevos dispositivos de dominación, lejos de sustituir drásticamente la disciplina fordista, reactualizan los viejos esquemas panópticos y disciplinarios al interior de un nuevo modo de acumulación que la autora denomina “taylofordismo flexibilizado”. En ese sentido (y a diferencia de ciertas lecturas lineales, evolutivas y unidireccionales), la doctora en antropología ha enfatizado en su trabajo que la etapa actual del capitalismo posfordista, más que indicar una secuencia lineal de sustitución de paradigmas, adopta la forma de un modelo híbrido que incorpora elementos de las nuevas formas toyotistas y de “acumulación flexible” y, a su vez, reactualiza el lado más oscuro, disciplinario y autoritario del fordismo tradicional. 

El trabajo de Natalia Radetich posee al menos tres virtudes que, a mi juicio, merecen ser destacadas puesto que no son fáciles de encontrar. En primer lugar, la doctora Natalia logra eludir la tentación tanto del teoricismo como del positivismo al momento de articular el quehacer filosófico con una práctica etnográfica situada y fechada, alcanzando, de ese modo, tanto profundidad teórica y filosófica como rigor empírico. En segundo lugar, la autora privilegia una forma de hacer ciencia social particularmente sensible a la singularidad de la experiencia subjetiva y formula sus hipótesis principales a partir de las intuiciones de los trabajadores con los que interactúa; la doctora Radetich, en ese sentido, dista mucho de asumir esa posición del “sociólogo cura” que devela el funcionamiento de las relaciones de poder frente la confusión, ingenuidad y ceguera de los sujetos empíricos. En tercer lugar, el trabajo de Radetich se revindica claramente como parte de la tradición marxista y comunista, pero a su vez muestra que esta tradición crítica inaugurada por Marx es perfectamente actualizable con los principales hallazgos de la filosofía francesa contemporánea (Foucault y Deleuze) y de ningún modo asume ese gesto reaccionario, tan típico de cierto marxismo antiposmoderno, de negar toda forma de cambio histórico y considerar la “posmodernidad” como la causa de todas las traiciones políticas y la fuente de todos los irracionalismos. En definitiva, Radetich muestra –con un sólido conocimiento de la filosofía de Marx, la filosofía de la Escuela de Frankfurt y la analítica del poder de inspiración foucaultiana– que proseguir los análisis acerca de los procesos de subsunción del trabajo y describir las técnicas de managment bajo las nuevas formas de explotación digital no es un gesto ni antimarxista ni posmarxista ni “posmoderno”, sino un movimiento plenamente marxista en la medida que se asume la radical historicidad del capitalismo, así como su capacidad de renovación y reconfiguración.

En ese sentido, en Cappitalismo. La uberización del trabajo, la doctora Radetich procede a desmontar varios de los lugares comunes que suelen girar en torno al tema de capitalismo de plataformas. Desde el discurso de las ciencias sociales y la filosofía política, cuando se habla del capitalismo digital, suelen imperar dos perspectivas, aparentemente opuestas, pero ambas, a mi juicio, equivocadas: por un lado, aquellas lecturas progresistas que ven en el impacto tecnológico la superación definitiva del régimen de la fábrica, el fin del trabajo manufacturero y el fin de la disciplina fordista; por otro, aquellas perspectivas que, desde una lógica dualista y fragmentada, sostienen que las nuevas formas de explotación digital sólo conciernen a una pequeña élite de trabajadores con un altísimo capital cultural y localizada en unas cuantas partes del mundo, pero no tiene relación alguna con la realidad latinoamericana. El libro de Radetich, por el contrario, sostiene que la fase actual del capitalismo digital adopta más bien la forma de un híbrido en donde la tecnología introduce nuevos elementos y, a su vez, logra reeditar los impulsos estructurales propios del capitalismo, así como diseminar la disciplina taylofordista. De ese modo, la autora nos muestra que las formas de trabajo basadas en las plataformas digitales no son de ningún modo una realidad social completamente ajena a nuestro contexto ni algo que sea exclusivo de las clases medias universitarias. Por el contrario, la plataforma Uber es ya una de las compañías con más trabajadores en el mundo (concentra 4 millones de trabajadores a nivel global) y este tipo de empresas encuentran un suelo particularmente fértil en regiones como México y el Sur global: Uber se inserta estratégicamente en aquellas zonas devastadas por el brutal desempleo, el deterioro de los servicios de transporte, la precarización generalizada de la población y una violencia machista a la orden del día. Uber capitaliza la precariedad, la desesperanza y el medio generalizado al presentarse como una opción “segura” de transporte y una forma relativamente fácil y poco burocrática de conseguir empleo. Los hallazgos de la doctora Radetich sobre el funcionamiento de esta empresa en particular y las mutaciones que experimenta el trabajo a través de la mediación digital son notables. A continuación, me gustaría enfatizar al menos seis elementos que de ningún modo agotan el contenido del libro, pero quizá fueron los que más llamaron mi atención:

 

  1. Frente a la imagen apologética del capitalismo de plataformas que suele presentarlo como la punta de lanza del progreso capitalista, la doctora Radetich nos muestra que estas formas de trabajo en realidad nos retrotraen a las condiciones prejurídicas del capitalismo del siglo XIX. Plataformas como Uber operan sin ningún límite jurídico y estatal: no contribuyen fiscalmente en las zonas en donde operan y no conceden ningún derecho laboral ni seguridad social a sus trabajadores. Es más: ni siquiera reconoce la relación laboral, puesto que el conductor es simplemente presentado como un “socio” o un “microemprendedor”. De igual forma, Uber no tiene ninguna responsabilidad jurídica en caso de accidentes, ni con los clientes ni con los trabajadores. 
  2. La explotación del trabajo bajo esta nueva figura histórica del capitalismo adquiere una dimensión total y el capital no se limita a explotar las fuerzas físicas de los trabajadores, sino que expropia las capacidades comunicativas, afectivas, relacionales y expresivas de los trabajadores. Es decir, el trabajo en Uber requiere, por parte de los conductores, un control emocional sumamente complejo que debe mantener una actitud amable frente al cliente todo el tiempo, reprimiendo y denegando el malestar producido por las larguísimas jornadas laborales y las altas comisiones de la empresa. 
  3. Empresas como Uber instauran formas de trabajo flexible que se apropian y neutralizan, en buena medida, las conquistas de los movimientos sociales de la década del sesenta y del setenta. La pulsión antidisciplinaria, antiautoritaria, las demandas de expresividad e inclusión que exigían una vida más allá de la esclavitud impuesta por la cadena de montaje, son apropiadas por estas empresas que se presentan como flexibles, democráticas, horizontales, incluyentes, rizomáticas y sin mando. No obstante, este discurso empresarial sirve más para negar la relación laboral, prescindir de los derechos laborales, explotar el entusiasmo y externalizar las funciones de vigilancia hacia los clientes que para otorgar una genuina libertad a los trabajadores. 
  4. El trabajo precarizado en Uber desdibuja por completo los límites de la jornada laboral. Si bien el capitalismo siempre ha tendido a erosionar progresivamente los tiempos muertos y siempre ha mantenido el anhelo de hacer coincidir el tiempo de trabajo con la vida misma (por ejemplo, a través del trabajo nocturno en las fábricas), esta tendencia adquiere una dimensión total en el capitalismo de plataformas. Como señala elocuentemente la autora, las apps hacen emerger una suerte de tiempo de trabajo total puesto que “[…] para Uber, por ejemplo, se puede decir que el sol nunca se pone, pues mientras en la mitad de las ciudades en la que opera es de noche, en la otra mitad es de día”. 
  5. El trabajo de plataformas no sólo desdibuja el tiempo de la jornada laboral, sino también el espacio físico en donde se ejerce la explotación al momento de trascender por completo la fábrica como lugar hegemónico de extracción de plusvalía (aunque eso, no deja de enfatizarlo la autora, no implica la desaparición de la fábrica ni la disciplina fordista). En el capitalismo de plataformas cualquier tramo de la vida social puede devenir fábrica: con la mediación de un código informático, un coche, una bicicleta, un celular o una casa pueden convertirse en una empresa y ser el punto a partir del cual se extrae la plusvalía. 6) El trabajo en Uber no sólo logra instaurar formas de explotación total, sino también una disciplina y una vigilancia omniabarcante que, incorporada a la propia tecnología, reafirma una suerte de “totalitarismo empresarial”. Como ya decíamos, la empresa traslada las funciones de vigilancia los clientes y la evaluación de éstos es inapelable. Ante calificaciones desfavorables o indisciplinas menores, la plataforma procede simplemente a “desconectar” a los trabajadores. De ese modo, la app ejecuta un despido automático, cancelando el derecho de réplica. 

En suma, el libro y el trabajo de la doctora Natalia Radetich resultan imprescindibles para todos aquellos interesados en comprender las mutaciones actuales del capitalismo, las tendencias generales en el mundo del trabajo y la manera en que el capitalismo de plataformas ya comienza a redefinir el espacio y la ciudad

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