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Columnas

La traición de los edificios altos

La traición de los edificios altos

11 junio, 2016
por Juan Palomar Verea

Si algo es feo, entre más grandote es peor. Las ciudades se hacen de múltiples piezas, de distintas escalas, de diferentes características. Pero si nos fijamos en las ciudades arquetípicamente bonitas, de Pátzcuaro a Florencia, rápidamente entendemos uno de los secretos de su armonía: la confluencia de formas, la consistencia de ciertos componentes de su arquitectura, la adecuada relación entre los tamaños de los elementos urbanos, los materiales, los colores.

Las ciudades contemporáneas han hecho –en gran cantidad de casos– de la disparidad y la estridencia una “cualidad” que las hace sentirse modernas, habitantes válidas de una época de transformación y cambio. El reinado de la apariencia sobre la esencia, fruto directo del consumismo y de la influencia de los medios de comunicación, ha otorgado una gran permisividad formal y expresiva, para mal y, muy a veces, para bien. Cualquier ciudadano ilustrado del renacimiento florentino se horrorizaría del caos que en tantos lugares reina en nuestras urbes.

La fuerza del mercado, cuando es mal conducida, produce monstruos y cánceres citadinos. Piénsese simplemente en los “desarrollos” de vivienda popular ahora en bancarrota. Piénsese en los “cotos” y su acumulación de miedo urbano y pretensión coronada por cupulitas. O piénsese en tantos edificios altos. Estas construcciones, por su misma esencia, tienen una gran responsabilidad con respecto a la ciudad. Empezando por su apariencia, ya que todo mundo los va a ver permanentemente. Obviamente también por todos los demás impactos que causen en su contexto. Por eso, la primera condición que ciudadanos y autoridades debemos, no de pedir, sino de exigir terminantemente a quien quiera construir una torre o un edificio de cierta altura es responsabilidad.

Así, un edificio debe medir con mucho cuidado todos sus impactos, y mitigarlos a conciencia. Si no lo puede hacer, que no se construya. Y si aplicamos retroactivamente esta reflexión a todas las torres que se han levantado en Guadalajara nos sorprenderíamos de las pocas que quedarían en pie. No porque no puedan construirse, antes bien, bienvenidas las buenas torres. Ahí está el ejemplo de la gran mayoría de las torres de las viejas iglesias: da gusto verlas. Están bien hechas, son altas, son respetuosas, tienen campanas, son muy bonitas.

Es falso que los arquitectos actuales sean incapaces de levantar torres decentes. Lo que pasa es que en muchos casos les gana la pretensión, la moda, el complejo por destacar y ser muy “modernos”. Hay muchos otras veces en que hay arquitectos a los que no hay ni cómo ayudarles: son unos ineptos, tristemente contratados para hacer horrores. Se dirá que esto es subjetivo: basta revisar otra vez una vista general de Orvieto, de Toledo, de París, de San Gimignano, de las buenas partes de Nueva York.

Una torre mala (cualquier edificio alto) es una traición a la ciudad (del arquitecto, sus promotores, las autoridades). Una traición muy grave. Echa a perder vecindarios completos, complica los servicios, establece con mayor fuerza la agobiante dictadura de la fealdad. La codicia rompe el saco, y tarde o temprano se pagan las consecuencias del abuso. A este edificio de aquí se le agregan a la mala dos pisos, al otro se le permite arruinar la privacidad de los vecinos, a uno más se le deja invadir la servidumbre, etcétera… y a tantos se les permite ser irremediablemente feos, para perjuicio de los ojos de todos, y por lo tanto de su ánimo, de su calidad de vida. El colmo es cuando, además de ser malos edificios, ponen, también a la mala, grandes mantas anunciando cualquier cosa. Y las autoridades, como si nada pasara.

El espacio público es un bien inapreciable e indispensable. Debiera tratarse con el máximo respeto por todos los actores, humanos, mecánicos, construidos. Pero hay actores que con frecuencia se convierten en traidores: como tantos edificios altos. Se les debe, por salud pública, poner un hasta aquí. Y, de nuevo, bienvenida la nueva arquitectura y sus torres. Pero que sean pertinentes, y siempre bonitas.

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