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Columnas

La reja negra. El confort de nuestro ensimismamiento

La reja negra. El confort de nuestro ensimismamiento

Ya está cerrada con tres candados y remachada la puerta negra…tal cual dice la canción que cantaban los Tigres del Norte, por ahí de 1986, perteneciente al álbum “Gracias América…SIN FRONTERAS”, encontré la “reja negra” que con tres candados separa de manera rotunda a dos colonias donde predomina la vivienda unifamiliar en los suburbios de la Ciudad de México. 

Es imposible pasar al otro lado, se necesitan tres llaves, astucia y un poco de fuerza. Sólo eso para poder hacer uso y tener la oportunidad de disfrutar de un parque que, en su origen, nació público y que el día en que quise llegar hasta él, no logré el objetivo.

 

¿Qué nos divide?

Cuando se habla de fronteras, solemos pensar en grandes muros, o en rejas negras que separan espacios, barrios, incluso países. Pensamos los bordes como barreras (boundaries) y pocas veces lo hacemos imaginando tierras de encuentro (borderlands).

Pero, detengámonos un poco en cada caso. ¿Qué significa pensar en barreras? Una barrera, además de separar, atribuye identidades distintas de un lado y de otro. Entonces, aunque los que quedan dentro de la barrera se cohesionan, quienes quedan fuera son los otros, los extraños, los peligrosos: nace el miedo.

Por otro lado, las tierras fronterizas, lejos de ser una barrera se pueden considerar espacios heterotópicos si hacemos caso a Foucault. En esos lugares lo ordinario se desvanece porque ahí es donde nace lo nuevo, posibilitado por el encuentro de las diferencias. Las tierras fronterizas o borderlands son, en este sentido, espacios de recreación y emergencia de nuevas identidades en las cuales la lógica ordinaria de los “centros” territoriales ya no tiene más sentido. Y, afortunadamente, en dichos lugares lo que antes suponía una disyuntiva (o eres de aquí o eres de allá), se convierte en la aparición del tercero excluido: ni lo uno ni lo otro, sino algo más que ello.

Las barreras, como las tierras fronterizas, pueden ser pensadas como cuestiones concretas: un muro, o Tijuana y San Diego… pero también son metáforas que se afincan en las microfronteras de la escala barrial que no sólo emergen objetivamente sino también como el efecto de prejuicios, los estereotipos, las conductas y particularmente: el miedo.

Miedo por desconocimiento, por pereza, por facilidad, por costumbre, el miedo nace cuando concibo al otro como una amenaza y no una posibilidad. El miedo convierte a la potencial tierra fronteriza por nacer, en una barrera (boundaries) (Tlostanova, 2017). El miedo nace con una reja y tres candados. El miedo es tan grande como el grosor de las cadenas, la cantidad de candados, la altura de los bordes y las púas que los rematan.

Como consecuencia del miedo, se privatiza lo que por definición es público. Aquí el problema subyace en que lo público sólo funciona como definición jurídica y no como una manera de comprender cotidianamente los bienes compartidos. Lo que sí se comprende en esta lógica de las barreras es la noción de lo privado que se utiliza como táctica o estrategia defensiva ante lo que parece ser una amenaza: el otro. 

Entonces, proliferan las rejas entre colonias (que, por cierto, son ilegales), proliferan los controles de acceso a los “fraccionamientos” y, en ocasiones, la prohibición del acceso peatonal a cualquiera que no se identifique como residente. Se obstruye entonces la accesibilidad y el derecho constitucional mismo al libre tránsito.

¿Cómo combatir el miedo hacia la alteridad? Puede sonar extraño, pero en la imaginación está la respuesta ya que es ella la simiente de la empatía: ¿Cómo ponerme en el lugar de otro cuya vida me es completamente ajena? Con imaginación. Y ¿cómo estimular esa imaginación? Con el cultivo de la sensibilidad y también del conocimiento. Quienes viven atrapados en las inmediaciones de sus rejas físicas e imaginarias se niegan a la posibilidad de que otros mundos, otras personas, otras creencias, otras prácticas sean posibles. Limitan su potencial para crecer y conocerse a través de la otredad.

Si bien la naturaleza del ser humano es la búsqueda de protección, resulta conveniente analizar el significado de dicho concepto para comprender de qué debemos protegernos, por qué y sus circunstancias.

En ese sentido, ¿en qué medida el miedo es objetivo o forma parte del imaginario colectivo que se alimenta de percepciones distorsionadas? Miedo a perder bienes personales, a la irrupción de la supuesta tranquilidad que deseamos en una calle terciaria. Miedo a que “otro” ocupe un lugar que me he adjudicado como propio y cuyo uso restrinjo con macetas, botes o huacales de fruta. 

Una de las razones del sentimiento de “invasión”, “peligro” o “vulnerabilidad” que sentimos hacia la posibilidad de perder nuestra forma de vida por la llegada de personas “ajenas” a la colonia donde vivimos (por poner un ejemplo), nace del desconocimiento, la falta de entendimiento de las dinámicas urbanas o creencias forjadas en el imaginario colectivo.

Las ciudades y sus barrios cambian continuamente de acuerdo con las necesidades de sus habitantes y, de una manera u otra, se autorregulan y reconfiguran a lo largo del tiempo. Pretender que se mantengan intactas no es más que un deseo imposible. Es por ello por lo que un barrio, que en su origen se destinó a la vivienda, se suele transformar poco a poco en un espacio con usos comerciales, derivado de la necesidad de abastecimiento de sus habitantes.

Pensar que, en un lapso de cinco años, la cantidad de vehículos que transitan por una vialidad no va a cambiar, es ingenuo. Sin embargo, con base en la creencia de que todo pasado fue mejor, hay una resistencia natural al cambio y a la disposición de conocer otras formas de ser, de habitar, de convivir.

La ciudad como producción social la construimos entre todos. Somos nosotros quienes fomentamos barreras, segregación y hostilidades objetuales y territoriales que radican en cuestiones de orden socioeconómico, étnico, cultural, ideológico. Pensar y cuestionar nuestras creencias, ayudará a romper prejuicios y etiquetas que, lejos de proteger, aíslan y debilitan el tejido social.

Sobre la diferencia podemos construir lo colectivo, cambiando rejas por espacios de hibridación. No se trata de encontrar lo que se tiene en común, sino de crearlo partiendo de nuestras diferencias, sin que eso implique desdibujarlas. Esto no se da solo pues requiere apertura, trabajo y voluntad.

La manera de contemplar la otredad define la existencia de barreras o espacios de encuentro. Si la entendemos como enemigo, habrá de exterminarse (Carl Schmitt); si lo asumimos como adversario, aún manteniendo el desacuerdo, cabe la posibilidad de llegar a una negociación (Chantal Mouffe). Por lo tanto, el camino que proponemos, es romper el prejuicio para colaborar, pero ¿quién da el primer paso?, o será que ¿quizás no estamos dispuestos a renunciar al confort de nuestro ensimismamiento?

 

Fin de la anécdota

Yo miraba a través de la reja tratando de encontrar diferencias entre las colonias, aunque en nombre distintas, comparten a simple vista las mismas características.

La privatización ilegal de un espacio público o de vialidades tras el argumento de la “inseguridad” como un ente que continuamente acecha, esconde miedo y prejuicio de lo que es distinto, lejos de proteger y fomentar el tejido social, lo desgarra y erosiona…. como mis ganas de querer regresar al sitio en que no fui bienvenida.

Finalmente caminé una distancia tres veces mayor de lo originalmente estimado. Los barrotes cumplieron su función, y mientras volvía a casa bordeando una de las islas urbanas que construimos desde el prejuicio, me preguntaba si las divisiones tienen sólidas razones para desmoronar mi romance y esperanza en la construcción de una colectividad. 

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