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Columnas

La plaza y el apartamento

La plaza y el apartamento

22 febrero, 2014
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

La plaza y El apartamento son un par de documentales que vi la misma tarde. La plaza, dirigido por Jehane Noujaim, sigue a seis egipcios desde principios del 2011, cuando empezaron las manifestaciones en la plaza Tahrir, hasta mediados del año pasado. A ras de suelo vemos cómo la protesta, pese al descontento, empieza casi como fiesta: gritos, cantos, el fervor de la comunión, “cuando el poder regresa al pueblo, fuente de la autoridad” —oímos decir varias veces a Ahmed Hassan, uno de los protagonistas— y cómo reacciona no sólo la presión externa: la represión, sino también a la interna: la división y la lucha por hacerse del poder más allá de la búsqueda de su reparto equitativo, el origen ideal de toda rebelión.

En El apartamento, Arnon Goldfinger, el director, reconstruye parte de la vida de sus abuelos, Gerda y Kurt Tuchler, cuando, tras la muerte de aquella, empiezan a vaciar el departamento en que ambos vivieron “por 70 años como si nunca hubieran dejado Alemania”. Antes de emigrar a Palestina en 1936, habían ido una primera vez acompañados por el barón Leopold von Mildenstein y su esposa. Buscando los motivos de aquél viaje, Goldfinger investiga el pasado nazi de von Mildenstein —ignorado o negado por su propia hija— y la amistad de sus abuelos con aquella pareja alemana, continuada incluso después de la guerra y del holocausto, en el que la bisabuela materna de Goldfinger fue asesinada. Nada de eso lo sabía la madre de Goldfinger.

Como en la ciudad misma, La Plaza y El Apartamento se complementan. La plaza, vacía, es el espacio donde lo social y lo comunitario se construyen pero también se disuelven. Es más promesa y potencial que símbolo —caído el dictador, el nuevo gobierno quiere transformarla en un jardín en memoria de los héroes de la revolución, acabando así, explica Hassan, con todo su sentido y, sobre todo, su futuro: ahí el pueblo debe poder reunirse cada vez que quiera reclamar de nuevo el poder. El apartamento en cambio, al menos el de la abuela Gerda, está lleno hasta más no poder: decenas de guantes viejos, libros en alemán que hace mucho ya nadie lee, cajas y cajas con fotografías y cartas. Es el espacio donde lo individual y lo privado se construye —y a veces también se disuelve.

Así, de un lado está la vida pública y del otro la vida privada. Entre los dos la política. La política en la plaza pero también, no se si exactamente del otro lado, cierta política de la memoria, de lo que se cuenta y lo que se calla. Y en ambos casos la política de la amistad, si así se le puede llamar. En La Plaza vemos a Hassan afirmar su amistad por Magdy Ashour, miembro de los hermanos musulmanes, que pasan de ser un grupo marginado y reprimido bajo el gobierno de Mubarak, a ser los gobernantes y, para algunos, represores, tras las elecciones que siguen a la caída de aquél para luego, de nuevo, caer y ser de nuevo excluidos. En El Apartamento, la amistad se mantiene entre dos parejas que debían ser enemigas. En algún momento durante el documental un historiador se lo explica a Goldfinger: von Mildenstein veía en su abuelo a un hombre cultivado con el que podía viajar y conversar, no a un judío. Los judíos, de manera genérica, eran una abstracción y así lo veía en su trabajo. Además, las dos parejas se asumían antes que nada como alemanes, así como Hassan y Magdy se asumen como egipcios, más allá de sus diferencias.

Un par de documentales que, además de lo que cuentan, nos muestran esas dos caras de la ciudad —lo público y lo privado— y cómo se articulan y complementan, haciéndonos ver que, de alguna manera, tomar posesión —de la casa o de la plaza— es, también, tomar posición.

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