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Columnas

La lección de una ventana insólita

La lección de una ventana insólita

16 mayo, 2018
por Juan Palomar Verea

 

Una de las lecciones más interesantes que imparte la ciudad, cuando se la mira con detenimiento, es la de lo inesperado. El intrincado tejido de la urbe está formado por numerosas capas de necesidades y soluciones, de alternativas y tomas de decisión muchas veces impensadas, fruto de la premura o la reflexión, de la inventiva y la imaginación popular.

Es esta imaginación de la gente común, de maestros de obra y albañiles, de herreros o carpinteros la que ofrece salidas ilustrativas a los múltiples obstáculos que el habitar cotidiano significa. Una mezcla de ingenio e improvisación, de economía y de lógica muchas veces sorprendente. Al final, cantidad de estas respuestas ante particulares requerimientos resultan ejemplares en su frescura y creatividad.

Puede ser una marquesina bien resuelta, un balcón justo, una abertura inteligente, una celosía inédita y adecuada, una escalera apropiada, o el aprovechamiento afortunado de tantos materiales para fabricar puertas o ventanas, rejas, divisiones… o sistemas hidráulicos, conexiones varias, y por supuesto la disposición y dimensionamiento de los mismos espacios a habitar.

Claro que no siempre el resultado puede ser afortunado. Pero el estudio del proceso mental que lleva a determinada solución es con frecuencia muy útil. Los barrios populares, en los que predominan las viviendas realizadas por los propios moradores en colaboración directa con albañiles o maestros, abundan en ejemplos de esta índole, muchos de ellos brillantes.

La arquitectura popular es un repositorio siempre en evolución de sabidurías e ingenios. Un trazo distintivo en ella es, muchas veces, el humor, la desenfadada manera con la que un reto constructivo se encara. Otra señal de su factura es la colaboración: entre los diferentes actores de una obra, o de la hechura de un simple remiendo, se comparten las dificultades, se encuentran las soluciones. Hay también muy seguido un gusto y una generosidad para dar a sus expresiones gracia, alegría, vuelo. Este talante contribuye grandemente a la calidez de muchos barrios.

En una esquina de un buen vecindario, a la sombra de un árbol, aparece una claraboya, una pequeña ventana circular. Lo notable es que tal vano está dispuesto exactamente en el vértice de los dos paños que hacen la esquina. Es en parte un enigma: ¿cuál es el objeto de tal solución? Y es, por otra parte, y de manera agradecible, un juego geométrico lleno de intención, de discreto buen humor, de cuidada factura. Este detalle constructivo cumple con los atributos que distinguen a mucha de la mejor arquitectura “culta”. Es un guiño, una modesta prueba de un oficio bien templado, una marca de identidad que distingue a esa esquina en particular, a esa casa de recia y a la vez amable factura.

Es un pequeño descubrimiento –y hay tantos- que puede ser una gran lección. La que transmiten a lo largo de las generaciones quienes han hecho siempre, con ingenio y economía, la incomparable arquitectura popular.

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