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Columnas

La función de una revista

La función de una revista

3 septiembre, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

En el número 61 de Arquitectura México, publicado en marzo de 1958, estuvo dedicado a la ciudad de Guadalajara. Después de un par de textos que trataban sobre la época colonial en la ciudad, el primero, y sobre la Catedral de Guadalajara, el segundo, se incluyeron proyectos de arquitectos como Ernesto Gálvez, Librado Vergara, Rafael Madrigal, Julio de la Peña y el proyecto en construcción del Mercado Libertad, de Alejandro Zohn. entre otros. También incluía un texto sobre la vivienda en Guadalajara y uno más sobre la Escuela de Arquitectura de Guadalajara.

La invención, por decirle así, de la Escuela de Arquitectura de Guadalajara fue, en buena medida, responsabilidad de Ignacio Díaz Morales. Nacido en Guadalajara el 16 de noviembre de 1905, Díaz Morales estudió en la Escuela Libre de Ingenieros, de la que se recibió en 1928. Luis Barragán y Rafael Urquiza estuvieron entre sus compañeros. En 1947 viajó a Europa durante seis meses a estudiar los programas de distintas escuelas de arquitectura y a buscar maestros para la que pensaba abrir en Guadalajara. Entre estos estuvieron por supuesto Mathias Goeritz, y también Horst Hartung, Eric Coufal, Bruno Cadore y Silvio Alberti. En enero de 1949 iniciaron las clases de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara, que dirigió hasta 1963. En el número de Arquitectura México dedicado a Guadalajara se incluyó también un texto de Ignacio Díaz Morales titulado La función de una revista de arquitectura.

Pasar «revista» o dar a conocer obras concernientes. Si es revista de arquitectura serán, por ende, obras de arquitectura. Para poder juzgar si son arquitectura: buena, mala o anarquitectura —que supongo no utiliza en el sentido positivo que Gordon Matta Clark o Robin Evans, sino simplemente como lo que no llega a ser arquitectura, ni buena ni mala— es menester conocer perfectamente las obras en cuestión. Y no se puede conocer una obra si no se dan todos los elementos que constituyen su esencia.”

Para dar a conocer todos los elementos que constituyen la esencia de una obra de arquitectura, las revistas no han de contentarse con fotos, dice Diaz Morales, y elabora una extensa lista que incluye geometrales —plantas, alzados y secciones—, plano de ubicación y requisitos urbanos incluyendo fotografías del contexto, una lista de materiales “tanto de construcción como de acabado y la justificación sencilla de su selección,” un cuadro climático y otro económico social del sitio y, por último, “la cosmovisión del grupo humano a que pertenece el sujeto de la obra, si es necesario, para deducir el sentido humano que tiene la actividad específico que se realiza en el edificio.” Sólo así, piensa Díaz Morales, las revistas de arquitectura pasarían de ser “un cuaderno de modas” a ser un “gran elemento docente.” De la exigencia —difícil de cumplir, sea por el espacio o la información disponibles o por el tiempo necesario para producir esta última— de presentar las obras arquitectónicas con un espíritu didáctico y crítico, Diaz Morales saca otra consecuencia: una revista que así procediera sería “un órgano de moralización del ambiente.”

La campaña de moralización hoy nos puede parecer acaso moralista: si acabar con “charlatanes modistas que se enriquecen con actividades pseudoarquitectónicas,” por un lado, puede ser un afán justiciero compartido por la crítica, defender a “los verdaderos arquitectos,” que son quienes “profesan una doctrina ortodoxa,” hoy resulta una posición un tanto ortodoxa si pensamos sólo en formas y estilos, que es precisamente lo que Díaz Morales pretende evitar. Para eso aconseja que lo que se publique tenga valor social, limitando al mínimo “aquellas manifestaciones del egoismo humano o del individualismo antisocial” y las obras presuntuosas de “quien no sabe usar la riqueza.” Quienes hacemos revistas de arquitectura conocemos las dificultades para cumplir con todos los requisitos que planteó en su momento Díaz Morales —de hecho, ninguno de los proyectos presentados en el número donde escribe lo hace con la profusión que recomienda e incluso algunos sólo incluyen algunas fotos y plantas. Hoy podríamos pensar que, dado que la información sobre distintos proyectos, sus condiciones y su contexto, se encuentra, idealmente, con mucha mayor facilidad gracias a las redes, el trabajo de presentar un proyecto ha variado. En contraposición, la actitud crítica y la posición ética, más que moralizante, diría yo, sigue siendo una tarea que debemos intentar cumplir.

Ignacio Díaz Morales murió el 3 de septiembre de 1992.

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