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Columnas

La exposición como espacio de acción

La exposición como espacio de acción

11 mayo, 2017
por Anna Adrià

 

Captura de pantalla 2017-05-11 a las 1.08.32 p.m.Herbert Bayer, Paris, 1930.

¿Qué es lo que nos lleva a decidir qué debemos hacer una exposición? ¿Por qué una exposición y no un documental o un libro? En una exposición, la relación de la pieza con el espacio es fundamental para la experiencia del espectador. Es el matiz que dota al mundo expositivo de un lenguaje específico. Ver la pieza en un entorno determinado es algo que no puede conseguir ningún otro proceso creativo ni medio de comunicación e información. La complicidad del espectador es imprescindible, tiene que deambular por el espacio físico. No puede estar pasivo. En el diseño expositivo se debe trabajar con los sentidos y las emociones y provocar al espectador.

Haciendo un salto a la primera mitad del siglo pasado, entre las décadas de 1920 y 1940, los arquitectos, diseñadores y artistas vieron en las exposiciones un nuevo lugar de comunicación para llegar a la sociedad —a las masas— del mismo modo que lo hacía el cine, la radio, el teatro de vanguardia, la publicidad y la prensa o las revistas.

En ese entonces, todo lo que se hacía con el espacio formaba parte de una continua experimentación. Los diseñadores de exposiciones eran escenógrafos y aplicaban sus conocimientos y recursos teatrales para los montajes expositivos. Las nuevas creaciones plásticas exigían cada vez más la intervención del espectador. El objeto dependía más del espacio que ocupaba ya que la obra  descontextualizada proporciona una estética y una experiencia muy diferente a la habitual. Frederick John Kiesler, El Lizzitzky, Moholy- Nagy y Duchamp fueron responsables de separar la obra del muro perimetral para mostrarla en un espacio abstracto, en el vacío. Para ello diseñaron sistemas como el L+T Installation System, concebido por Kiesler para la Exposición Internacional de Nuevas Técnicas Teatrales de Viena en 1924.

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Leger und Träger se pensó como una alternativa a la manera de exponer tradicional. El sistema L+T era modular, autoportante, desmontable con elementos verticales y horizontales que soportaban paneles rectangulares con un sistema de iluminación incluida. Las obras se podían exponer de forma independiente o en grupos. Lo más interesante del sistema es que el espectador podía ajustar las imágenes expuestas a la altura de sus ojos. La obra ya no se exponía pegada al muro y por primera vez se separó del interior arquitectónico. Cambió la forma de pensar las exposiciones y, también, el comportamiento entre el observador y la obra de arte. Con este tipo de sistemas expositivos, se eliminó la pasividad del espectador, invitándolo a vivir la exposición con todos sus sentidos. En las exposiciones se reconoció la importancia de activar al espectador, permitirle ser partícipe de lo que sucede con la obra.
 


 

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