Contra-crisis: después de la pandemia
El efecto más duradero de la pandemia es la forma en que los debates en torno a una nueva normalidad [...]
18 abril, 2016
por Daniel Daou | Twitter: daniel_daou
El 6 de abril Víctor Alcérreca escribía una nota crítica bajo el título de “Una Broma Líquida”[3] donde tachaba la propuesta de broma fácil, cansada, ingenua y carente de sutileza. El 10 de abril Mario Ballesteros publicaba un comentario en defensa del proyecto en su cuenta de facebook donde acusa al gremio arquitectónico de ser “casposo, elitista y de hueva” y se pregunta si la arquitectura “sin pretensiones artísticas o heroicas” se devalúa al rendirse al “populacho.”[4] Entre los comentarios, uno reconoce los de Arturo Ortiz, Jose Castillo y Wonne Ickx; los dos primeros poniéndose aparentemente del lado de la defensa de Ballesteros;[5] el último, en una defensa moderada de la crítica de Alcérreca donde puntualmente opina que el proyecto parece no aportar nada nuevo en los frentes formales, comunitarios, artísticos, urbanos o de crítica institucional. En respuesta a “Una Broma Líquida” y el comentario de Ickx, el 7 y el 12 de abril respectivamente, APRDELESP publicó sendas notas donde básicamente rebate punto por punto las críticas hechas por Alcérreca.[6] Entonces bien, tenemos dos grupos: uno que se inclina por lo cotidiano, lo común, lo anti-intelectual y lo anti-artístico (en palabras del jurado, de APRDELESP y de Ballesteros) y otro que se inclina por una exploración (que no mera repetición “cansada”) más mordaz y menos ingenua, más sutil y menos fácil. Puesto que el primer grupo se posiciona del lado de lo social (del “populacho,” como dice Ballesteros) y que las exhortaciones del segundo implican un esfuerzo intelectual que por su naturaleza excluye, me parece sensato inferir que la posición del primero es compartida por un mayor número de personas que la del segundo (como el número de likes en los comentarios de facebook a la fecha de la escritura de este texto lo sugiere). Y luego, por lo mismo que la primera se identifica como la posición social, también se corre el riesgo de caer en lo políticamente incorrecto al criticarla pues, ¿quién está en contra de “lo social” si no aquellas élites “intelectualoides y anquilosadas”? En otras palabras, uno es consciente de que ha de proceder con cautela si ha de evitar polarizar más el debate o alienar a la mayoría. Pero, ¿cuál es el debate? En realidad, lo que estas dos posturas discuten se deriva de lo que se conoce como el “giro postcrítico”[7] en la arquitectura. A mediados de los noventa, una generación preocupada por el creciente sentimiento de impotencia e irrelevancia cultural decidió romper con la tradición crítica basada en la resistencia política y las estrategias de negación. Tal vez nadie supo capturar este sentimiento mejor que Rem Koolhaas en su texto “Whatever Happened to Urbanism?” publicado en 1995 donde describe el estado esquizofrénico de la profesión como una mezcla de megalomanía e impotencia y propone redefinir al urbanismo, más que como una profesión, como una ideología: “el aceptar lo que existe.” En realidad, la amonestación debió ser dirigida más hacia los agresivos programas de restructuración neoliberal del estado empujados en los ochentas principalmente por Margaret Thatcher[8] y Ronald Reagan y menos hacia la ya de por sí embatida profesión. En su texto, Koolhaas termina sugiriendo que debemos “atrevernos a ser absolutamente no críticos.”[9] Sin embargo, el ataque verdaderamente frontal y sostenido hacia la crítica vino en 2002 cuando Michael Speaks[10] escribió “Design Intelligence.”[11] Speaks hacía un llamado para dejar atrás a la teoría de las vanguardias de principios del siglo veinte y la crítica de las neovanguardias de los ochentas y noventas. En su lugar proponía desarrollar una “inteligencia” pragmática, oportunista y emprendedora informada, no por las grandes narrativas modernistas, sino por las muchas “pequeñas verdades” que emergen del “barullo” de la “cultura popular.”[12] Su texto fue validado al año siguiente al ser citado por James Corner en un ensayo titulado “Not Unlike Life Itself.”[13] El texto de Corner, que abría reveladoramente citando a Koolhaas, sugería que para adaptarse a un mundo más flexible[14] y dinámico, el vocabulario de la ecología--cargado con metáforas de cambio y proceso--resultaría instructivo. El título del texto de Corner deviene de la forma en la que equipara a la ecología con la naturaleza y, por ende, con la vida. (La crítica al uso de metáforas que “naturalizan” al sistema político-económico fue hecha por Zygmunt Bauman en su libro “La Vida Líquida.”[15]) En un texto posterior,[16] más conciliador que el de Speaks, Sarah Whiting y Robert Somol, haciendo una recapitulación histórica que se remonta hasta el seminal escrito de Michael Hays titulado “Arquitectura Crítica: Entre la Forma y la Cultura”, concluían que la disciplina había sido absorbida y agotada por el proyecto crítico y que era hora de adoptar una actitud pragmática, basada en el desempeño (performance), pero, sobre todo, en la proyectividad.[17] En los años subsecuentes, publicaciones como “El Nuevo Pragmatismo Arquitectónico”[18] y “Ecologías Proyectivas”[19] han reforzado esta conclusión. Evidentemente, este debate no fue espontáneo. Sus orígenes pueden trazarse acaso a 1971 cuando, un año antes de la publicación del parteaguas “Aprendiendo de Las Vegas”, Denise Scott Brown escribía, en un breve ensayo titulado “Aprendiendo del Pop”, que para que el high art aprenda del low art es necesaria la postergación del juicio. “Una técnica heurística emocionante,” escribía Scott Brown, “pero también peligrosa ya que el apreciar todo el pop es tan irracional como odiar todo el pop.” No debemos olvidar que la postergación es sólo eso y no un abandono. “Después de un intervalo adecuado, nuevos criterios para juzgar deben ser desarrollados.” El uso de esta técnica heurística conecta el trabajo de Scott Brown y Venturi en Las Vegas con el trabajo de Koolhaas[20] en el Nueva York de los ochentas, y los escritos de Charles Waldheim sobre Detroit en los noventas y, después, con su proyecto sobre el Urbanismo Paisajístico (Landscape Urbanism), mismo que se traslapa con los intereses ecológicos primero de Corner y luego de Mohsen Mostafavi.[21]“El proyecto propone transformar el patio del museo en un parque público mediante la colocación de una serie de elementos de uso cotidiano y pasto natural. Esta operación funciona como una invitación a usar el Museo Experimental el Eco--un espacio institucional--de una manera cotidiana. En la propuesta destaca la importancia de los visitantes como participantes activos en la construcción de esta intervención, y por lo tanto la creación de comunidad (…) concibe la arquitectura no sólo como una construcción de espacios sino que pone especial énfasis en lo existente y en el contexto.”
Para George Baird, que relata brevemente la evolución del debate sobre la post-crítica,[22] la propuesta de Whiting y Somol de un diseño proyectual dista de ser capaz de zanjar la discusión pues, más que romper con una generación crítica, irónicamente remite a la idea de proyecto --concepto central del discurso crítico de personas como Tafuri. Instancias como la del concurso para el Pabellón del Museo del Eco de este año ofrecen una oportunidad para continuar la reflexión. Yo me limitaré a ofrecer un par de citas antes de concluir con una observación. Cada cita hace referencia a uno de los conceptos centrales de la propuesta de APRDELESP: primero lo cotidiano y luego lo común.
La primera referencia es del teórico Karl Chu quien escribe en respuesta a la crítica en contra de la especulación proyectual implícita en el discurso de la cotidianeidad.[23] Me parece relevante puesto que tanto el manifiesto de la propuesta de APRDELESP como la declaración del jurado mencionan el aspecto de la cotidianidad como el tema central. Parafraseando a Chu,
La segunda referencia es tomada del ensayo de Tschumi con el que abrí este texto. Pronunciándose en contra el conservadurismo de izquierda, Tschumi escribe que “incluso los esfuerzos más laudables para involucrar a la comunidad en el proceso de determinación de sus propios espacios sufren un problema fundamental: cuando la comunidad es cuestionada acerca de sus deseos, ésta generalmente repite los códigos existentes de diseño y uso espacial.” De esta manera corremos el riesgo de no hacer más que validar un mecanismo que filtra todo menos lo similar. “Si algo hemos aprendido del análisis crítico,” prosigue Tschumi, es que “debemos ser suspicaces ante los discursos que dicen abogar por el ‘bien común’ mientras que simultáneamente determinan y refuerzan lo que ese bien común debe ser. Esto no es más que ideología ‘naturalizada,’ un prejuicio disfrazado de preocupación social.” En otras palabras, el primer paso en la labor política de la arquitectura es la examinación de la definición de la esfera de lo social. Nunca debería ser inmediatamente obvio qué es lo cotidiano. Además, es ingenuo pensar que por esposar una lógica de lo cotidiano se está dejando de ser excluyente. En todo caso lo cotidiano, como observa Chu, es una forma más perniciosa y contraproducente de exclusión. Pero más preocupante aún es esa forma de realismo que lo cotidiano y lo común parecen reforzar. En una de sus respuestas, APRDELESP declara que es más interesante lo que pasa afuera, que lo que pasa adentro.[25] Ese “pasar afuera” es precisamente la vía por la que se cuela el realismo de lo ya existente en el que, al darlo por sentado, escondemos nuestros prejuicios. Este es el mismo error en el que caía Koolhaas al no desnaturalizar al “mundo” (la “vida,” la “realidad,” el “todo,” el “sistema,” que no es “la ciudad” en abstracto, reificada, sino la expresión espacial de un proceso histórico muy particular: la urbanización neoliberal) y decía que el urbanismo debía volverse “una manera de pensar, una ideología: aceptar lo que ya existe.” Ese es justo el triunfo del sistema: hacerse pasar por lo natural y convencernos de que no hay otra alternativa.[26] Así es como se nos priva de nuestra futuridad. Cuando Ballesteros pregunta si se devalúa la arquitectura al rendirse al populacho, la pregunta es “¿el populacho según quién?,”[27] y luego, “¿cómo es que llegó a ser eso el populacho?” Y entonces juzgar si es lo adecuado “rendirse” (más de esto en un momento). De lo contrario, no es que la arquitectura se rinda al populacho, sino a la ideología naturalizada del realismo de lo cotidiano. Me frustra y me entristece que la respuesta a la insatisfacción con el estado del discurso arquitectónico en México sea interpretada por algunos como una forma de justificar la anti-intelectualidad que más que anti-intelectualidad es falta de postura crítica, de toma de posición, de proyecto (axiológico: tanto estético como ético). Lo que necesitamos ante la crítica “solemne, intelectualoide y anquilosada” no es, evidentemente, ni el nihilismo,[28] ni el cinismo, pero tampoco el abandono de la crítica en favor de un realismo sin examinar, sino redoblar esfuerzos para volvernos más sagaces y mejor educados críticos. Entiendo que APRDELESP sugiere que su proyecto se lea como una maqueta 1:1 donde la “comunidad” participa en su definición con el apoyo de un sitio web. Lo de la “maqueta 1:1” me parece una platitud: todos los edificios son una maqueta uno a uno. La pregunta, en el caso de APRDELESP, es ¿una maqueta de qué? De la “vida” misma, de la cotidianidad, de lo que ya existe. Si es así, aquí no hay cabida para la imaginación arquitectónica porque en el corazón de todo proyecto arquitectónico necesariamente está la premisa de que las cosas pueden ser diferentes (de que el cambio sea para “bien” depende de si se suscribe uno a la teleología del progreso). Alguna vez Alexander D’Hooghe me dijo que la arquitectura no es la actividad para aquellos que están conformes con el status quo, y una larga lista de figuras, incluida la de Koolhaas, han declarado que la arquitectura es una profesión que requiere de optimismo. El dejar que la “comunidad” sea la que determine el proyecto, no disuelve la incómoda jerarquía que conduce a que la obra del arquitecto se considere una imposición. Por el contrario, tal postura parte de la premisa de que existe una separación entre la sociedad y la arquitectura. En cambio, el participar, opinando arquitectónicamente, reconociéndose como un ciudadano más (con todo lo que esto implica), es aceptar que tal separación no existe o al menos no es discreta. Ante las condiciones inaceptables de la vida, nuestras opciones se reducen al final del día, como lo sugería Mallarmé, a la economía política y la estética (y eso sólo porque la estética es por definición irreducible). Frente al desencantamiento de la vida política posmoderna, si alguna esperanza queda, es la estética --no como escapismo, sino como complemento de la imaginación política, como un atajo para destrabar el embotellamiento ideológico. De ahí que no encuentre yo nada más triste, que la renuncia a esta imaginación, más cuando es una renuncia voluntaria y celebrada. Por último, en un país donde la anti-intelectualidad está institucionalizada,[29] la adopción de posturas anti-intelectuales difícilmente puede ser considerada una crítica institucional."ninguna disciplina cae más velozmente en el sopor dogmático de un conservatismo arraigado que la arquitectura cuando opera bajo la llamada lógica de la “cotidianeidad,” como si el fenómeno de la vida, en toda su heterogénea multiplicidad, pudiera ser limpiamente repartido entre aquellas actividades que pertenecen a lo cotidiano y aquellas que no. La vida no puede ser analizada bajo una ontología de la cotidianeidad sin degenerar en un sinsentido. No hay nada más pernicioso que tal ideología --una postura reaccionaria en contra del formalismo-- pues es fundamentalmente contraria a la expansión de la dimensión normativa de la arquitectura a campos más ricos aún por explorar; contraria a la reinvención infinita del juego de la vida con todas sus vicisitudes. No hay nada más absurdo pues tal ideología es resultado del eclipsamiento de una imaginación perpetuamente en renovación dedicada, en general, al enriquecimiento de la vida y, en particular, de la vida del pensamiento impulsándose para ello siempre hacia las fronteras de lo conocible y de lo aún no conocido."[24]
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