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La ciudad apestada

La ciudad apestada

24 febrero, 2020
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

El coronavirus llegó a Europa. El País reporta que en el norte de Italia “50 mil personas han sido confinadas en 11 municipios que se consideran los principales focos del contagio.” La nota agrega que tres grandes ciudades —Turín, Milán y Venecia— “han tenido que suspender su vida normal cancelando la actividad escolar, cerrando bares, teatros, discotecas y anulando ferias o el carnaval más famoso del mundo.” Precisamente en el carnaval de Venecia —suponiendo que siga siendo “el más famoso del mundo”—, una de las máscaras más vistas es Il Dottore della peste, el doctor de la peste. El traje se empezó a usar a mediados del siglo XVII. Según explica un artículo del Journal of the History of Medicine and Allied Sciences:

Atribuyendo la enfermedad a vapores corruptos, los médicos se protegían utilizando trajes de piel, con grandes anteojos de cristal y un largo pico que contenía especias aromáticas, empleando también una vara para dar instrucciones. Intentaban contrarrestar los miasmas con recetas para artículos como arañas y sapos para absorber el aire, “viento embotellado”, baños de orina, purgantes, estimulantes y, por supuesto, sangrado. La serenidad y la alegría se consideraron particularmente deseables, y se advirtió a los pacientes que no pensaran en la muerte sino que solo contemplaran el oro, la plata y otras cosas que confortan el corazón.

En su curso Los anormales, Michel Foucault habló de “la ciudad apestada”, contrastando el modelo de expulsión de individuos que se utilizaba, por ejemplo, para controlar la lepra, con el de reclusión de poblaciones, que servía en el caso de la peste. “Creo —dice Foucault— que la sustitución, como modelo de control, de la exclusión del leproso por la inclusión del apestado es uno de los grandes fenómenos que se produjeron en el siglo XVIII.” Foucault explica entonces cómo operaba el modelo re inclusión o reclusión de los apestados:

Desde luego, se circunscribía —y verdaderamente se aliaba— un territorio determinado: el de una ciudad, eventualmente el de una ciudad y sus arrabales, que quedaba configurado como un territorio cerrado. Empero, con la excepción de esta analogía, la práctica concerniente a la peste era muy diferente de la referida a la lepra. Puesto que ese territorio no era el territorio confuso hacia el que se expulsaba a la población de la que había que purificarse, sino que se lo hacía objeto de un análisis fino y detallado, un relajamiento minucioso.

Foucault subraya en su explicación la manera como el control de la enfermedad se hacía mediante un control territorial, marcando y demarcando cada espacio, desde casas particulares hasta barrios y regiones enteras. Cómo todo y todos eran sometidos a incesante escrutinio, observados, revisados. “Al comienzo de la cuarentena, todos los ciudadanos que se encontraban en la ciudad tenían que dar su nombre. Sus nombres se escribían en una serie de registros. […] Y los inspectores tenían que pasar todos los días delante de cada casa, detenerse y llamar.” La gran diferencia, según Foucault, es que “en tanto la lepra exige distancia, la peste, por sumarte, implica una especie de aproximación cada vez más fina del poder en relación con los individuos, una observación cada vez más constante, cada vez más insistente.” Contrario a la lepra, la peste implica “una descomposición de la individualidad” y “el momento en que se cancela cualquier regularidad de la ciudad.”

 

Las imágenes de ciudades chinas casi vacías, recorridas sólo por médicos, policías o trabajadores de limpieza enmascarados, de un barco varado en puerto con todos sus pasajeros en cuarentena y de ciudades italianas que suspenden hasta el carnaval más famoso del mundo, muestran que, pese a la capacidad de la ciencia para aislar el genoma del virus en cortísimo tiempo o del gobierno chino para construir un hospital en diez días, algunas cosas funcionan aún casi como en el siglo XVII.

 

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