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La captura del infinito

La captura del infinito

31 enero, 2017
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

En la introducción a su libro Del mundo cerrado al universo infinito, escrito a partir de la serie de conferencias que dio en 1953, Alexandre Kojeve explica que la revolución radical que se da en la ciencia y la filosofía entre los siglos XVII y XVIII “conlleva la destrucción del Cosmos: es decir, la desaparición, en el campo de los conceptos filosófica y científicamente válidos, de la concepción del mundo como un todo finito, cerrado y jerárquicamente ordenado.” Ese Cosmos fue sustituido, agrega, por “un universo indefinido y aun infinito que se mantiene unido por la identidad de sus leyes y componentes fundamentales y en el cual todos esos componentes están situados en un mismo nivel del ser.” Ese periodo va del momento en que Copérnico quitó a la tierra del centro del universo a cuando Descartes hizo de la realidad material pura extensión y, en el mismo gesto, puso al hombre al centro de ese espacio infinito que recién abría y cuyo silencio, a Pascal, aterraba.

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Leonardo Benevolo nació el 25 de septiembre de 1923 y murió, a los 93 años, el pasado 5 de enero del 2017. Estudió arquitectura en Roma, titulándose en 1946. En 1960 publicó su Historia de la arquitectura moderna, que desde entonces ha sido traducido a distintos idiomas y reimpreso varias veces, convirtiéndose en un libro ya clásico. Entre muchos otros libros que le siguieron, en 1991 publicó La captura del infinito, escrito a partir de una serie de conferencias, como el libro de Kojeve, cuyas ideas, de hecho, le sirven de base. “Entre finales del siglo XVI y finales del siglo XVIII —escribe Benevolo— cambia la idea del mundo y cambia el sentido de la palabra infinito: de límite del mundo, metafísico o religioso, pasa a ser una parte del mundo, explorable a través de la investigación y virtualmente traspasable.” Benevolo busca en su libro los efectos de ese cambio que advirtió Kojeve en la arquitectura y el urbanismo y los encuentra, antes, en el diseño de jardines, cuando la perspectiva pasa de ser un instrumento de control de la representación a ser una manera de operar y conformar la realidad misma. Cabe aquí recordar lo que el arquitecto francés Jean-Pierre Le Dantec afirmó en su libro Dédalo, el héroe (publicado en 1992): que Descartes, con su filosofía, completó lo que antes había hecho Brunelleschi con la invención de la perspectiva, colocando al hombre como centro de la composición y, por lo mismo, del mundo, al hacerlo el observador privilegiado cuyo punto de vista ordena y dispone la representación al tiempo que garantiza su correspondencia, científica, con la realidad que describe. Ese punto de vista es, por tanto, el espejo del punto de fuga que desaparece en el infinito.

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Por su parte, Benevolo afirma que la perspectiva en el renacimiento era “un método para representar, dominar y, llegado el caso, modificar el espacio físico” y que anunciaba tanto “el espacio geográfico recorrido por los exploradores del siglo XVI” como “el espacio cósmico calculado por los científicos del siglo XVII.” Para Benevolo, desde los jardines clásicos de Louis le Vau y otros contemporáneos y el avance de los cálculos balísticos hasta la división territorial de los Estados Unidos trazada por Thomas Jefferson o las reformas urbanas del barón de Haussmann en París, la retícula continua con que se urbanizó Manhattan o el plan de Lucio Costa para Brasilia, son distintos momentos de esa historia en la que el mundo cerrado y los diversos lugares en que estaba ordenado fueron remplazados por un espacio infinito, pensado como pura extensión en abstracto y que de hecho no es otra que —al menos en parte— la historia misma de eso que llamamos globalización.

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