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Intensidades

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20 mayo, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

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Peter Sloterdijk dice que una tarea específica del diseño es la reintroducción en la percepción del usuario de funciones del producto no perceptibles o amortiguadas. Aunque más que de funciones habría tal vez que hablar de efectos o incluso, en el sentido que le da al término Gilles Deleuze, de afectos. Sobre todo en el contexto en que Sloterdijk explica esa tarea del diseño: el desarrollo del gas ciclón A. “Dado que el componente fundamental de la mezcla –escribe Sloterdijk— el gas cianhídrico, que se evapora a unos 27 grados centígrados, a menudo no es inmediatamente perceptible para los seres humanos, a los creadores de ese material les pareció oportuno pertrechar su producto con un componente provocador, muy llamativo, que por su fuerte efecto aversivo advirtiera de la presencia de la substancia (desde el punto de vista filosófico se hablaría de una refenomenalización de lo aparente).” El diseño hace posible la percepción clara de lo que pasaba desapercibido: el gas inodoro, pero también la manera de tomar un bastón o un cuchillo por la empuñadura, una jarra por el asa y servir su contenido en una taza y de sentarnos en una silla a tomarlo.

Dicha refenomenalización de lo aparente puede concebirse en términos semióticos cuando no solamente lingüísticos: lo que el diseño dice: el olor del gas dice que es peligroso, la forma de la empuñadura dice que por ahí debe tomarse el bastón. Pero las señas del diseño comunican también de manera no lingüística y nos afectan a otros niveles: hacen cosas y hacen que hagamos cosas. Dieter Rams dice que “cada cosa manufacturada lanza señales a la mente o a las emociones. Estas señales —fuertes o débiles, deseadas o no, claras u ocultas— crean sentimientos. Pero el factor más importante —dice Rams— es si estos objetos pueden comunicar su uso.”

Dieter Rams nació el 20 de mayo de 1932 en Wiesbaden, Aalemania. En el libro The Design Ethos of Dieter Rams, Klaus Klemp cuenta que Rams describe así su primer encuentro con el diseño: “Creo que en términos de mis intereses y actitudes, tuve fuerte influencia de mi abuelo. Era un maestro carpintero. A los 12 o 13 años pasaba mucho tiempo en su taller. Mi abuelo no tenía máquinas: las rechazaba. Y prefería trabajar solo.” A los 16 años, Rams entró a una escuela de artes y oficios recién abierta y dirigida por el arquitecto Hans Soeder, quien había sido cercano a Hugo Häring, Mies van der Rohe, Ernst May y Walter Gropius. Un año después suspendió sus estudios para entrar como aprendiz a un taller de carpintería —la vieja influencia del abuelo— para regresar de nuevo en 1951. En 1953 entró a trabajar a la oficina del arquitecto Otto Apel, quien había sido alumno de Tessenow y que era el asociado local de SOM. En 1955 entró a trabajar a Braun.

“El buen diseño es el menor diseño posible”, será probablemente la frase de Dieter Rams que mejor defina su estrategia que, si bien puede emparentarse con el menos es mas miesiano, se aleja de cualquier minimalismo asumido tan sólo como un estilo. “Uno de los más significativos principios de diseño —asegura Rams— es omitir lo que no tiene importancia para enfatizar lo que sí la tiene.” Rams afirma que la depuración que busca en su diseño no obedece ni a razones de economía ni de conveniencia: “llegar a una forma realmente convincente y armoniosa empleando medios simples es, sin duda, una tarea difícil.” Por paradójico que parezca, dice Rams, el diseño complicado y de formas innecesarias, expresión más del diseñador que del producto y sus funciones, es más barato de hacer pues involucra menos reflexión. Además, para Rams el diseño no es una competencia entre rivales, sino una forma de cooperación: “los diseñadores son críticos de la civilización, de la tecnología y de la sociedad,”

El diseño, para Rams, parece asunto de intensidades, de la justa intensidad: “entre más intensivo y explícito sea el uso del producto, más claros los requerimientos al diseño.” El punto rojo en sus diseños, generalmente blancos, grises o negros, tiene la intensidad suficiente para decir, sin más, enciéndeme, del mismo modo que el olor del gas ciclón A dice: aléjate. 

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