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Columnas

Historia de dos museos

Historia de dos museos

9 enero, 2015
por Joaquín Díez Canedo | Twitter: joaquindcn

Dos de las obras más importantes para la arquitectura de los últimos años en este país se encuentran frente a frente. El Museo Soumaya -Fernando Romero, 2011- y el Museo Jumex-David Chipperfield, 2013- se desplantan a unos metros el uno del otro en el corazón del llamado Nuevo Polanco, a espaldas del viejo barrio que le da nombre a este trozo de ciudad mal planificado y entregado enteramente al comercio. Como una suerte de puerta de entrada entre el Centro Comercial Antara -Sordo Madaleno, 2006- y la Plaza Carso -Romero, 2011- y a dos y cuatro años de sus respectivas inauguraciones, estos dos museos muestran ya la vida a la que fueron destinados.

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Las largas filas para acceder al Soumaya, que alberga la colección del magnate Carlos Slim y de acceso gratuito, demuestran su éxito rotundo en número de visitantes, mientras que el Jumex, a su vez depositario de la colección del mismo nombre y también algunos días gratuito, corre con una suerte menor: sus salas, aunque no vacías, pueden recorrerse con cierta tranquilidad. Esta diferencia en intensidad de uso no es de sorprenderse, pues estos museos, arquitectónica e institucionalmente, plantean intenciones diametralmente opuestas.

Por un lado, y como una pesadilla de un posmodernismo incomprendido, el museo Soumaya se presenta como una estructura liviana y su fachada de hexágonos de aluminio refleja el entorno con (forzada) gracia. Al interior, el museo invita al paseante a una promenade enfermiza y claustrofóbica de túneles, rampas, detalles en tablaroca y cajillos mal resueltos con luces de neón que remata en un gran espacio de exhibición cubierto con una estructura que pertenece más a un supermercado que a un museo. La museografía es confusa y el recorrido nulo, y las piezas, expuestas en salas sin siquiera un guiño de luz natural, parecen pertenecer más a una lógica de venta al mayoreo que a una curaduría siquiera pensada.

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Del otro lado, cruzando la avenida Ferrocarril de Cuernavaca, ahora convertida en un parque lineal, el Jumex se alza sobrio sobre una plataforma de concreto pulido. Aquel que lo visite se somete a un recorrido que entiende los momentos que propone: desde el amplio vestíbulo y la escalera que atraviesa todos los niveles, el museo diseñado por Chipperfield ofrece terrazas, salas discretas en su arquitectura pero bien iluminadas y grandes vanos con vistas hacia un entorno en el cual tal vez se sienta incómodo. Esta estructura, que es a la vez guiño a Mies van der Rohe y a Le Corbusier, pero también a Aldo Rossi y al Partenón, se inserta dentro del sitio como si siempre hubiera estado ahí; y al tiempo que refiere a la Historia en la cual se inscribe, admite con (genuina) gracia el régimen mediático al cual está sometida. De la institución, ni hablar: una colección bien pensada y con exposiciones temporales que, guste o no, está pendiente de lo que acontece en el mundo del arte, y lo presenta de manera sencilla y comprensible.

En un texto publicado el año pasado en este mismo blog, Alejandro Hernández preguntaba sobre la capacidad de la arquitectura moderna de hacer ruinas. La memoria del Soumaya, cuyo éxito se ha basado en la capacidad que tiene su forma de ser legitimada en selfies y redes sociales, probablemente se perdería en la memoria digital de una era en la que lo que importó fue la imagen. En cambio el Jumex, en su sobria reflexión sobre su función histórica, narraría un episodio de una historia que continuó al margen del espectáculo al cual hemos querido someter a este oficio. Habrá que esperar unos años para ver cuál, si alguno, se convierte en emblema de esta ciudad.

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