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Esto es otra historia…

Esto es otra historia…

13 agosto, 2015
por Mariana Barrón | Twitter: marianne_petite | Instagram: marianne_petite

La tarea hoy en día del artista ha sufrido cambios drásticos en su técnica y discurso. El arte ya no sólo se concentra en la destreza de su técnica sino en la importancia del significado e impacto en diversos rubros que definitivamente involucran lo político y hasta lo científico. Algunos artistas contemporáneos ejercen, con mayor frecuencia, la tarea de investigador; son actores que desde el arte evidencian hechos, memorias e historias, y las correlacionan para generar hipótesis basadas en datos o hechos culturales. En esta ocasión me tocó retomar la obra de una artista que me interesó desde 2007 con su obra ‘Cenit’. Este trabajo, que retomaba las siluetas urbanas como crítica al consumo excesivo del petróleo durante el S.XX, mostraba la síntesis en lo que hacía y su fortaleza en cada proyecto que presentaba.

Esta artista es Marcela Armas –con quién pude acompañar muy cercanamente en el proceso de Vórtice (2013). Hoy llega con una nueva historia, Implante, presentada en la Bienal de las Américas en Denver, Colorado, dentro del tema propuesto: ¿Ahora? ¡Ahora! y donde la relación con ciudad de México es de principal importancia. El proyecto es, además, una colaboración entre la Bienal y la Casa del Lago, dando pie a un proceso de comunicación y territorialidad institucional. Implante, desarrollado bajo la curaduría de Yameli Mera y Lauren Wright, se inauguró el pasado día 1 de agosto en el espacio de la institución mexicana.

Tras un tiempo, me reencontré con Marcela y platicamos de esta otra historia.

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Marcela Armas: En efecto es otra historia, y qué bonito que lo cuentes porque viviste Vórtice, y sí, hay una relación. Es diferente la naturaleza de la materia prima con la que estamos trabajando pero, de alguna manera, seguimos hablando de archivos, de historias, de tiempo y de espacio.

Mariana Barrón: Más allá del proceso que significa, ¿cómo es que surge el proyecto de Implante?, ¿fue algo que trabajaste con las curadoras desde antes?

MA: La premisa de la Bienal era el vínculo entre Denver y Ciudad de México. Por un lado, descubrir que Denver es una ciudad minera que se encuentra en un estado muy particular, debido a la economía y al desarrollo de la exploración de la tierra. Por otro lado, para mí, en un primer nivel, la minería ha sido una de mis preocupaciones y tenía ya intenciones de trabajar a partir de procesos relacionados con estos lenguajes. Llevaba tiempo trabajando con muestras minerales cuando se atravesó esta oportunidad y pensé que sería una buena idea establecer un diálogo desde las entrañas de la tierra. Con mis previos estudios de minerales, me empezó a fascinar lo significativo que representaba el suelo, en el sentido que es acumulación de historia, un archivo del tiempo en todas sus capas. Me pareció que podía ser una buena oportunidad para empezar, desde una materialidad histórica –con su espacio-tiempo– hasta su relación con los cuerpos culturales y donde pertenecen. El proceso fue muy inmediato y acordamos hacer un intercambio de historia, un intercambio de suelo.

Después vino el proceso de configuración de lo que necesitábamos, los lenguajes, las herramientas, las tecnologías. Aquí decidimos hacer una exploración geológica, con una ciencia y un método muy refinado. Esto da entrada a la reflexión de nuestra relación con la tierra, de nuestra economía y de la delimitación de los territorios. Se habla de suelo mexicano o de estadounidense.

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Creo que son muchas capas las que están relacionadas en el proceso pero, finalmente, el proyecto es un trabajo continuo que se compone de diferentes etapas, iniciando por la extracción y obtención de las muestras minerales –que se llaman núcleos y que son archivos de tiempo. Una vez extraídas, estas muestras son interpretadas por geólogos de ambas ciudades, que también es otro recurso de interpretación. Esto cumple una función simbólica que permite pensar en la implicación de qué es leer un fragmento de roca o tierra. Qué significa en términos de interpretación o de traducción. Todos esos posibles hallazgos y lugares, están implícitos en este ejercicio de interpretación y creación. Da una imagen de un mundo que no conocemos pero, por otro lado, ofrece la posibilidad de capacitar, catalogar, rentabilizar y capitalizar el material. Después, los fragmentos minerales son desplazados para ser implantados en otra ciudad, aquí está en gesto del intercambio. El viaje es otra etapa muy importante que nos permite saber el tiempo-espacio que esa muestra tuvo que viajar para ser implantado, un proceso que es un encuentro de historias.

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Me parece que la lectura más importante del proyecto es esta relación con la tierra y con todos los instrumentos o técnicas, incluyendo la exportación y la importación como métodos legales para transportar algo que se convierte sólo en un objeto.  Es como tomar una muestra de tejido de un cuerpo viviente, en este caso es un suelo, una ciudad, una sociedad junto con otra.

Creo que es muy importante entender y pensar en estos orígenes. Hablar de este espacio y este tiempo geológico es también hablar de nosotros y de las condiciones geológicas que conformaron un relieve hacen posible un desarrollo cultural.

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MB. Algo que involucra mucho lo que haces es que va más allá de una obra de arte, porque no sólo hablas de instrumentos metodológicos sino que hay algo más ahí. En Implante estas involucrando dos países que tienen unos conflictos muy fuertes. El proyecto tiene que ver con lo territorial, lo político y lo ético y te hace repensar el sentido de las fronteras. ¿Cómo ves esto en términos de direccionalidad del arte hoy en día? Con Implante te interesa trabajar no sólo la contemplación, sino también las relaciones con la ciencia, con instituciones y con conceptos culturales. ¿Sientes alguna responsabilidad social y política desde el inicio de tus proyectos?

MA. Toda acción está inscrita en lo político, ya sea en el arte o no. La manera en la que nos comunicamos y nos relacionamos en el día a día, en el trabajo, en el espacio privado, en el espacio público, es algo que siempre existe. No podemos eludir cómo concebimos estas relaciones sin una responsabilidad, y más cuando estas trabajando en un proceso de comunicación pública, porque, para mí, el arte es un proceso de comunicación y no podría ser ingenua ante ello, al plantear un proyecto que involucra dos sociedades; no sólo en términos muy logísticos y de producción, sino en la elaboración de una serie de significados o mensajes y del proceso que involucra. Toca preocupaciones colectivas, independientemente de que cada quién pueda hacer una lectura diferente.

Me concibo más como una mediadora, como alguien que detona procesos de pensamiento, de diálogo, de intercambio y, en ese sentido, sigo creyendo en el arte como un lenguaje pero no es lo único involucrado. Estoy de acuerdo de que es algo que se compone de muchas cosas y que trasciende esas fronteras. Tampoco creo que sea una cosa que está siendo inaugurada por mi generación, eso ha pasado desde hace mucho tiempo, pero si se ha transformado socialmente, se ha vuelto más visible y está empezando a ser algo formalizado o aceptado a nivel institucional. Tal vez eso era lo que no sucedía antes. Antes estaban más divididas las disciplinas y los museos se dedicaban a exhibir arte. La ciencia se dedicaba a hacer proyectos de investigación; sus diálogos quedaban fuera del ámbito institucional. Ahora lo que sucede es que las instituciones están interesadas en expandir sus límites y actividades para poder ser parte de procesos de trabajo en los que involucrar varias cosas.

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