Columnas
Un incendio en la mirada o una forma de mirar
Una amiga muy querida me dijo hace unos años que las pinturas de Fernanda Caballero le recordaban a las pinturas [...]
7 junio, 2023
por Liana Vázquez
Las salas del MUAC que albergan la muestra están llenas de pantallas. Y de sillas de color negro, redondas y con ruedas. En cada una de esas pantallas se reproduce un video que representa un juego de niños, o a unos niños que juegan juntos, que en definitiva es la misma cosa. En ese espacio, uno inventado por Alÿs, niños que jamás se han conocido juegan a la vez. Niños de Bélgica con los de Afganistán, otros de Venezuela con los de Marruecos, los de México, Iraq, Nepal, Suiza, El Congo. Están todos juntos riendo, vitoreándose. A la vez, la gente que está en la exposición, se sienta en las sillas que ruedan por toda la sala. Como si participaran de otro juego infantil. Uno que no tiene nombre pero que está relacionado con la movilidad, la velocidad, la persecución. Una pareja se da la mano rodando entre las pantallas. Un padre ríe porque su hija al perseguirlo se ha resbalado de la silla y se ha caído con una estruendosa carcajada. ¿Han salido los juegos de las pantallas? El artista pareciera querer que los adultos jueguen a la par de los niños. Que la sacralidad del espacio museístico se rompa y ahora sea un salón de cualquier escuela primaria. Pura belleza en la idea. Y pura belleza en la ejecución. Tanta teoría escrita sobre lo bello en el arte y un gesto así de sencillo aborda a la perfección la totalidad de ese concepto.
La realidad es que en la exposición, más allá de la invitación a ese rodar lúdico sobre sillas caprichosas, los adultos somos aparentemente testigos, miramos desde afuera, porque lo que está pasando en esos videos se aleja de nuestro entendimiento. Pero la experiencia de mirarlos activa un algo en la memoria. Un querer ser. Por eso es fácil encontrar ocupadas todas las sillas caprichosas que habitan el espacio. Los adultos quieren jugar, como si volvieran a ser los niños que ya no son. Que ya no pueden ser. Y es que hay cosas esenciales que al crecer hemos olvidado. Cosas que se vuelven inaprendibles. Porque la complejidad de la adultez nos impide escuchar, compartir, pero sobre todo contemplar, en silencio. O al menos en algún silencio. Porque no hablo de la mutez extrema, absoluta, sino de un escuchar sin hablar. Porque los niños no son silenciosos per se. Pero saben escucharse los unos a los otros en medio del ruido. Prueba de esto es que cuando hay niños en las salas de las pantallas, hay gritos, risas, carreras. Participan de los juegos como si fueran parte. Porque para ellos no hay diferencias entre jugar acá o en el espacio donde la verdadera acción tiene, o tuvo, lugar. En definitiva el juego es el mismo. Y los saltos y las pelotas.
En Juegos de niñxs (1999 - 2022) se mezcla todo. Curiosidad, pena, emoción, alegría, risas. Ganas de jugar a la pelota, de abrazar a cada uno de esos niños, de lanzar piedritas, de saltar la cuerda, de patear una botella. De cuestionar al mundo, revisar recuerdos, volver a jugar al pon por primera vez. Es un ejercicio de memoria que nos devuelve a la infancia. Sea lo que sea que eso signifique.
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