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Columnas

El Zócalo: un mundo

El Zócalo: un mundo

19 mayo, 2023
por Christian Mendoza | Instagram: christianmendozaclumsy

Francis Alÿs, Zócalo, May 22 (fotograma), 1999.

El Zócalo de la capital es un gran vacío físico, rodeado de edificios que, en conjunto, representan dos formas de poder: la iglesia y el gobierno. Más que hablar de los símbolos que moran en esta plaza, podríamos hablar de esta tensión física entre el barroco y la planicie; entre un perímetro cuadrado que recibe a todas las manifestaciones y un centro que afianza el oficialismo (con exposiciones dedicadas a las fuerzas armadas, por ejemplo). Hemos aceptado la afirmación que las plazas públicas son un símbolo, al borde de que intelectos como el de Carlos Monsiváis, hicieron que la identidad y el espacio del Zócalo fueran uno mismo. En esa gran monumentalización del vacío se puede escrutar la historia de un país, siempre contradictoria y dolorosa. “Ningún mexicano prescinde del Zócalo, so pena de sentirse sólo cosmopolita o ni siquiera local”, dijo. “No aludo a las vanidades chovinistas o a los nacionalismos, sino a un sentimiento más complejo: el acceso a las visiones panorámicas del pasado y a las soledades muy concurridas del presente”. Desde que Octavio Paz propusiera a la figura del laberinto para reflexionar sobre la ontología de la nación, en el pensamiento mexicano permeó una idea: los sucesos siempre son símbolos que aparecen en algún escenario espacial, al borde de que este Nobel de literatura llegó a afirmar que la matanza del 2 de octubre era una forma del inconsciente prehispánico encarnando en uno de los lugares fundamentales para la conquista española. 

Estos han sido años donde se han intentado gestionar los símbolos. Las bardas de contención que se colocaron frente a Palacio Nacional en la primera marcha feminista realizada después de los momentos más cruentos de la pandemia fueron un punto de partida muy productivo para hablar sobre la resignificación de los monumentos a partir de pintas, consignas y memoriales efímeros. También, la llamada Glorieta de Colón (donde se encontraba una estatua de Cristóbal Colón, el almirante que inició la historia de extractivismo y genocidio en el continente americano) hizo las veces de un foro de discusión pública sobre cómo recordamos el pasado colonial. Incluso, algunas de estas líneas fueron proveídas por quienes, de hecho, pueden decidir colocar o retirar estatuas; es decir, por las autoridades públicas. Y las autoridades (y sus tomas de decisiones) también han sido miradas bajo nociones que buscan simbolizar sus capacidades y agencias, porque se ha creído que interpretar es una cualidad intelectual, un instrumento que puede arrojar lecturas más imbricadas sobre el panorama. Por eso, algunos se atreven a proponer lo “mesiánico” como una metáfora pertinente para describir la política actual. 

“Hoy es un momento en que el proyecto de interpretación es en gran medida reaccionario, asfixiante.” Esto lo escribió Susan Sontag en 1964, en un ensayo titulado “Contra la interpretación”. “Interpretar es empobrecer, agotar el mundo, para establecer un mundo sombrío lleno de ‘significados’. Es momento de convertir al mundo en este mundo”. El Zócalo es un gran vacío donde es posible que el poder pueda ejercer lo que le corresponde, al grado de arrogarse el derecho a gestionar los símbolos (los significados, en palabras de Sontag) que se encuentran colocados en los espacios que habitamos. Es el poder el que puede provocar las discusiones sólo con la intención de dificultarlas. ¿Necesitamos “música de calidad” en los conciertos gratuitos del Zócalo? ¿Una gran mayoría que quiere estar en el concierto de su artista favorito está siendo atacada por una élite abstracta y con un rostro cada vez más difuso (o bien, un rostro que puede ser el propio en las circunstancias adecuadas)? Sin embargo, mientras estamos considerando algunas nociones sobre entretenimiento, Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno de la Ciudad de México, dijo en un reciente TikTok“ ¡Vamos a volver a llenar el Zócalo de la Ciudad de México!”. Tal vez sea momento de hacer que el mundo sea mundo, y de decir que un espacio medular para la vida cotidiana de la Ciudad de México está siendo instrumentalizado.

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