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Columnas

El voltaje de la ciudad

El voltaje de la ciudad

4 julio, 2016
por Juan Palomar Verea

Publicado originalmente en El Informador

La tensión eléctrica o diferencia de potencial (también denominada voltaje) es una magnitud física que cuantifica la diferencia de potencial eléctrico entre dos puntos.

En términos urbanos, puede decirse que el voltaje es la tensión vital que mantiene una intensidad de intercambios y actividades, entre zonas distintas, capaz de generar una saludable vida citadina. Una vida en la que los flujos de pensamiento y comunicación, de intercambio humano, de funciones como la gobernanza, la convivencia, la educación o el comercio encuentren un entorno favorable, estimulante. El voltaje de ciertas ciudades es lo que permite a sus habitantes y visitantes la posibilidad de la plenitud, del estímulo, de las oportunidades de todo tipo, del respeto a la individualidad y la diferencia, del acercamiento con los otros, del enriquecimiento personal y comunitario.

Es esa corriente vital la que transmite a todo el organismo urbano la conciencia de ser una comunidad unida por lazos tangibles, por un ánimo a la vez múltiple y compartido. Es lo que vuelve a los entornos citadinos en lugares memorables, identificables y apropiables, por contraste con los contextos anónimos y ajenos. Es la corriente de la convivialidad, de la vibración de la vida. Y esto depende, en gran medida, de la misma potencia que los habitantes, con una cierta actitud y cantidad, le inyectan a los entornos.

Una ciudad como la nuestra, a pesar de su magnitud y su actividad, tiene un bajo voltaje. Esto obedece a múltiples factores: la hostilidad o precariedad de ciertos contextos, la deficiente densidad de población de muchas zonas centrales, la escasa conectividad, la falta de equipamientos que hagan atractiva la vida en los ámbitos públicos, la penosa situación del transporte colectivo, la altamente perjudicial –en todos los sentidos- dispersión de la mancha urbana, la proliferación de los llamados “cotos” y del estilo de vida, individualista e inseparable del uso intensivo del coche, que preconizan.

Para ejemplificar estas ideas, habría que considerar el corredor Lafayette/Chapultepec de Guadalajara. Este modesto bulevar, corazón de las viejas colonias tapatías, ha sido sujeto durante los últimos años a una serie de mejoras urbanas. Como resultado, el corredor ha visto fuertemente incrementados su frecuentación y uso. A pesar de diversas problemáticas en la operación de Lafayette/Chapultepec que urge atender, este ámbito ha sido adoptado por una significativa franja de la población como un entorno urbano deseable, diverso, atractivo. Paulatinamente, la zona ha ido arraigando nuevos habitantes y actividades. Puede decirse, con todos los matices necesarios, que este corredor ha alcanzado un nivel de voltaje urbano apropiado, y sobre todo, replicable en otros contextos con las debidas adecuaciones.

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Pero ese voltaje favorable tiene riesgos. En el caso de Lafayette/Chapultepec, se deben de revisar con cuidado, y corregir, los giros (los ruidosos y desordenados “bares de micheladas” por ejemplo) incompatibles con una convivencia civilizada. La intensidad de las actividades, oficiales y privadas, allí realizadas debe ser cuidadosamente regulada, en impacto, cuantía y decibeles. El mantenimiento de la jardinería y los pavimentos debe ser fuertemente incrementado. Viene al caso recordar a los responsables de la limpieza de la ciudad que los pavimentos de las calles, las banquetas y los camellones, se lavan, literalmente y a conciencia. Así se hace constantemente en todas las grandes ciudades. Es este tipo de medidas las que, sumadas, generan y mantienen el voltaje de las ciudades, su atractividad. De no cuidarse estos aspectos, la zona padecerá un creciente deterioro, y volverá a la decadencia en perjuicio de toda la comunidad.

Habría que poder evaluar este buscado voltaje urbano. Es un asunto complejo, altamente opinable, cambiante. Pero no por ello menos real. Guadalajara alguna vez tuvo esta cualidad vital. Y puede recuperarla.

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