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Columnas

El sentido del viaje

El sentido del viaje

1 abril, 2014
por Pedro Hernández Martínez | Twitter: laperiferia | Instagram: laperiferia

“Elegimos estudiar Las Vegas y Levittown porque eran arquetipos del paisaje suburbano en expansión que rodea cualquier ciudad estadounidense. De cualquier manera, la intención era arrojar luz sobre lo cotidiano”

– Denise Scott-Brown

lasvegas

Lo cotidiano, lo banal, lo ordinario. Aquello que está ahí, que forma parte de nuestra realidad común pero que la disciplina  tiende a excluir como caso de estudio. Es el ruido de fondo, que escapa de una primera mirada, pero que tiene potencial como para cuestionar los propios límites disciplinares. Pero ¿a qué nos referimos exactamente? ¿Cuáles son esos elementos rechazados en un principio por la arquitectura académica? ¿Y cómo trabajarlos entonces? Para empezar si es aquello que nos rodea en nuestro día a día, no podemos enumerarlo únicamente en una serie de casos, objetos o elementos, sino que su clasificación dependerá tanto de quién, cómo, cuándo y dónde estemos mirando. Lo ordinario podría depender entonces del contexto en el que nos encontremos y, también, de la mirada que ejerzamos a la hora de observarlo.

tokio

La historia de la arquitectura ha dado casos numerosos de esas miradas: así la arquitectura ha mirado a lo vernacular, al pop, a los carteles, los aparcamientos y hasta los ascensores… elementos que al ser recogidos por la disciplina cuestionan sus límites mismos. Enrique Walker puede que sea uno de los mejores estudiosos de este término. Su libro Lo ordinario es un recorrido (histórico) por el sentido del mismo, deteniéndose en una serie de casos que han resultado paradigmáticos. Así, nos detenemos junto a Denise Scott-Brown y Robert Venturi por el Strip de Las Vegas observamos como la dispersión urbana dificultaba las tradicionales de representación de la arquitectura (plantas, alzados, secciones) y como estás debían pensarse desde el coche o la velocidad –lo que pudo llevar al uso de la fotografía como medio de representación; paseamos también por la (delirante) Nueva York de Rem Koolhaas –imaginada como manifiesto retroactivo– y descubrimos  como el ascensor permitió la multiplicación del solar que ocupa el edificio hasta el “infinito”; o recorremos Tokio con Atelier Bow Wow y los espacios híbridos de la densa ciudad japonesa.

Viajes cuyo fin último es la formulación de una teoría práctica que permita repensar el ejercicio arquitectónico. Una teoría donde su definición está asociada al hallazgo: el objeto encontrado durante el viaje –sea el cobertizo decorado de Scott-Brown y Venturi, el ascensor de Koolhaas o la pet architecture de los arquitectos japoneses– que es capaz de formular en sí mismo un pensamiento con el que poder trabajar: la relación entre la estructura y el ornamento –el simbolismo olvidado de la forma arquitectónica- el Manhattanismo -un edificio capaza de condensar el mundo- o el aprecio de lo pequeño, lo denso e híbrido. Un ejercicio/viaje que requiere una mirada atenta que vea la realidad cotidiana con ojos extraños, como de aquel que ve las cosas por primera vez, buscando lo extra-ordinario.

De esta forma, primero está el viaje, casi una excusa, luego el hallazgo y por último la teoría y su demostración, tal y como se puede demostrar en la práctica de los arquitectos mencionados que experimentan nuevas definiciones en la arquitectura que no habían sido atendidas de forma disciplinar. Más importante que el viaje en sí, es la mirada a la que se somete a este mismo viaje. No se trataría de irse lejos, sino de ver lo ordinario como algo extraordinario, replanteándose la cotidianidad a través de un ejercicio de mirada excentrica que cuestione los precedentes.

NY

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