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Columnas

El romanticismo de RCR

El romanticismo de RCR

3 agosto, 2017
por Pedro Hernández Martínez | Twitter: laperiferia | Instagram: laperiferia

La trayectoria de RCR es, quizá, singular. Con una obra construida no muy numerosa, ubicada a una zona geográfica muy acotada —principalmente en Cataluña—, cada uno de sus proyectos ha sido ampliamente atendido por prestigiosas publicaciones como El Croquis. La calidad y cualidad de sus obra, además, les ha permitido llevar su trabajo más allá de sus fronteras, con proyectos en Oriente Medio o exposiciones en sedes tan ilustres como el MoMA o la Bienal de Venecia.

Si bien es cierto que, dentro del contexto arquitectónico, RCR no es tan marginal ni tan desconocido como se dijo y que su trabajo ya había sido divulgado, no es menos cierto que el premio Pritzker resultó, para muchos, una sorpresa. No mucha gente ubicaba bien quiénes eran ellos ni cuál era el alcance de su obra o dónde se localiza realmente. Tanto que algunos medios digitales de amplio alcance, buscaron, a través de listas y puntos sencillos, enumerar las principales características que definen el perfil del estudio.

A estas reacciones más veloces —gracias a la rapidez que permite el contexto digital— se sumaron pronto otras impresas que trataban de tomar más tiempo para analizar y discutir no sólo el premio, sino también la obra de Aranda, Pigem y Peralta. Una de ellas, realizada por una de las publicaciones en español que más tiempo lleva en la construcción de un discurso, Arquitectura Viva, dedica ahora a la firma catalana uno de sus destacados monográficos, con un bello diseño de portada, trazando un recorrido del estudio desde su fundación en 1988 hasta la actualidad.

En su texto editorial, Luis Fernández-Galiano, director de Arquitectura Viva, advierte que La Garrotxa, comarca de Olot donde se encuentra una buena parte del trabajo desarrollado por el estudio, se convertirá en nuevo destino de peregrinaciones de arquitectos. Quizá el misticismo y el romanticismo de su obra ayuden, además, a convertir ese viaje ritual en una especie de aventura sagrada —una de esas que en ocasiones se describe tan del gusto fetichista de los arquitectos. La propia sede de su oficina, una antigua fundición transformada por los arquitectos a lo largo de más de 10 años, sirve como la mejor muestra de un trabajo experimental, plástico, algo frío y ascético, pero con una exacerbada atención por el detalle preciso y un gusto por las cualidades que el paso del tiempo deja sobre el material y los espacios.

Conscientes de ello, AV se lanza entonces con su propia guía, que permite al lector perderse por las historias de las obras a partir de sus descripciones y, en especial, de sus dibujos, desde las primeras acuarelas a los detalles técnicos que ponen de relieve cómo la plasticidad y la poesía también deben ser construida con precisión: del paisaje abstracto a la materia concreta. Un paseo por una arquitectura atmosférica digna de ser contemplada y que las lentes de Hisao Suzuki y Eugeni Pons —fotógrafos del número— ayudan a experimentar aun sabiéndonos conscientes de la distancia que supone la fotografía.

Junto a ellos completan el viaje textos de Carlos Jiménez, Richard Ingersoll, Josep María Montaner, William Curtis y del propio Fernández-Galiano, que sirven como presentación y acercamiento a un trabajo cargado de matices por descubrir.

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