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El pulso de la arquitectura

El pulso de la arquitectura

14 agosto, 2014
por Pedro Hernández Martínez | Twitter: laperiferia | Instagram: laperiferia

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Parece que hace poco más de 50 años el arquitecto sí tenía algo que decir a la ciudad. La mitad del siglo vio nacer grandes proyectos político-arquitectónicos que contenían el pulso firme de su figura. Casos como Ciudad Universitaria, Taltelolco o los Jardines del Pedregal en ciudad de México no se podrían pensar sin ellos, pero con el avance cada vez más agresivo del capitalismo, la vivienda pasó a ser un medio de especulación. Atraídos por el dinero rápido, muchos empresarios se lanzaron a la construcción de miles de viviendas, muchas veces de escasa calidad arquitectónica, que conforman un territorio urbano que cuesta definir como ciudad. El arquitecto queda reducido a ser el que formaliza los sueños e ideales de otro, conservando su opinión en los acabados; nuestra influencia, apuntaba Rem Koolhaas en la última Bienal, se reduce apenas a unos centímetros de material en el espacio.

Las consecuencias pueden ser visibles en distintas partes del mundo. Desde el más que conocido caso de las periferias españolas a las islas artificiales de los Emiratos Árabes Unidos hay distintos ejemplos por todo el mundo. España se llenó de miles de urbanizaciones con campos de golf que estaban firmadas por viejas glorias de aquel deporte como si quisiera significar algo; Dubai vendía casas que más que aportar calidad eran un símbolo de estatus económico.

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Quizás hipnotizado por ese negocio o por hacer la última obra de arte total, es ahora Damien Hirst, conocido por sus esculturas de animales en formol, quien se suma a la larga lista de “nuevos arquitectos” capaces de idear con su genio todo un modelo urbano. El proyecto contiene así más un nombre comercial que calidad arquitectónica al proyecto y su propuesta del artista británico no aparece como nada nuevo: una urbanización bucólica, propia del más resabido urbanismo más pintoresco, que cuenta con un total de 76 hectáreas al sur de Inglaterra y que contiene cerca de 750 casas con hospitales, colegios y, como apuntaba hace unos días Rafael Cubillo en el blog edgargonzález, “Todo lo que un pueblo necesita, bajo su sello de calidad”.

Damien Hirst, como los jugadores de golf que se mencionados más arriba, presta su nombre “de calidad” a fin de vender un producto (urbano) de excelencia por el mismo hecho que aparezca su nombre en los anuncios. Su justificación es, además, propia de un empresario populista: si construyes casas, construyes nuevos puestos de trabajo y, así, reduces los problemas de desempleo. Pero cabe preguntarse: ¿se construye realmente ciudad?, ¿es realmente necesario?

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Su ‘osadía’ recuerda a otros proyectos, como al maltrecho Ordos 100 del artista chino Ai Weiwei o al de Living Architecture creado por el autor del libro The architecture of happiness, Alain de Botton –aunque más consciente de estar orientado a la producción de casas de diseño que a la producción de un conjunto urbano. Y es cierto que en esta lista también habría que sumar arquitectos: Norman Foster y su proyecto de Masdar por poner un caso, donde la ciudad ideada reduce la complejidad de la vida urbana –que es un ente vivo y complejo– por un diseño sostenible.

Con todo, sea tras un empresario, un deportista o un artista de renombre, el arquitecto parece haber perdido el pulso de la arquitectura en la ciudad. Claro que no podemos decir tampoco que debe recuperar su (supuesto) antiguo estatus y ser la figura que encabece un proceso urbano. Hay que desmitificar por otra parte la idea de que el arquitecto es un director en el proceso urbano sino un agente más que forma parte de un complejo proceso. Después de todo “no son genios lo que necesitamos ahora”, diría José Antonio Coderch, o “la arquitectura no es suficiente”, como apuntaban en este blog Juan José Kochen y María Holley, pero sí se trata de entender que precisamente un proceso como la ciudad, que requiere la aparición de tantas personas en su proceso –sea de forma consciente o inconsciente– no puede signarse bajo un nombre que sea capaz de decidir que representa o no la calidad en una ciudad, por muy conocido que pueda ser.

 

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