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Columnas

El peligro de dejar atrás la obra de Díaz Infante

El peligro de dejar atrás la obra de Díaz Infante

29 marzo, 2017
por Daniela Díaz Blancarte

Infante00blogPrototipo de vivienda. Museo de Arte Moderno. CDMX. Fotografía: Carmelo Rodríguez | ENORME studio

 

Juan José Díaz Infante es un arquitecto al que hay que conocer a mayor detalle tanto para entenderlo, como para valorarlo. Es difícil entender el discurso detrás de su obra con solo mirarla, y mirarla para emitir juicios estéticos nos aleja completamente de la búsqueda a la que pertenece.

Este personaje es parte de la historia de la arquitectura mexicana de la segunda mitad del siglo veinte y de una generación heredera de los conocidos como maestros de la arquitectura mexicana moderna. Dicha generación está conformada por arquitectos como Abraham Zabludovsky, Teodoro González de León, Agustín Hernández, Ricardo Legorreta, entre otros. Podríamos decir que la obra de estos arquitectos sigue una línea relativamente similar, pero esto no sucede con la obra de Díaz Infante. Él siempre pareció “moverse aparte” de sus contemporáneos y por esta razón se le fue dejando de lado, ignorando sus aportaciones y los alcances de éstas. Una muestra de su separación del resto del gremio sucede cuando anunció que dejaría de ser arquitecto para convertirse en diseñador de espacios y sistemas. Con esta afirmación, él abre su hacer a distintas disciplinas que nutrirán sus procesos de diseño y se retroalimentarán constantemente. A pesar de esta separación en su línea de acción, las aportaciones de Díaz Infante en el imaginario de la arquitectura mexicana son innegables. Es él quien diseña el primer edificio con cuatro fachadas de vidrio espejo en México, la torre Citibank de Paseo de la Reforma, o el domo de concreto pretensado de mayor diámetro en el mundo, en la Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente, o unidades modulares habitacionales de plástico como la casa Aztecalita, expuesta en el Museo de Arte Moderno, o la Casa Popular Durango que tiene ejemplares que aún pueden encontrarse en distintos puntos de la república. Los proyectos de Díaz Infante son la materialización de una búsqueda por el siguiente paso evolutivo de la arquitectura hacia un nivel en que estructuras ligeras, eficientes y de rápida ejecución sean la base para articular sistemas de recursos, constructivos, sociales, económicos, formales, y todos aquellos en los que se desenvuelva el hombre. Esta búsqueda es la base de una teoría que el mismo arquitecto elabora y nombra Kalikosmia, la casa del universo y el universo como casa, y que más tarde pretende sustentar con la fórmula –M+V=En (Menos materia y más velocidad, es igual a más espacio en menos tiempo).

El total de la obra proyectada y/o construida de Díaz Infante aún no es un número cerrado, pero hasta ahora se han contabilizado alrededor de 165 obras de arquitectura. Esto sin mencionar sus trabajos de diseño industrial o gráfico. Se trata de un arquitecto inquieto y activo que siempre estaba proyectando y experimentando algo nuevo. Una de sus obras más importantes está en el número 270 de la calle Ámsterdam en la colonia Hipódromo Condesa. Este proyecto, que más tarde sería su casa, surge como un laboratorio de estructuras, materiales y formas para el diseño de edificios antisísmicos, pues tras el terremoto de 1985 que sacudió a la Ciudad de México, a Díaz Infante le parecía aún más urgente lograr estructuras eficientes y resistentes a esfuerzos accidentales, y esto en uno de los lugares que sufrió más daños estructurales el fatídico 19 de septiembre: la zona centro de la ciudad. En este terreno comenzó a desarrollar alternativas a cimentaciones, puso a prueba estereoestructuras en losas, muros y trabes, materializó su esfera fractal y diseñó nodos para estas estructuras, mismas que se repetirían en edificios como la actual Secretaría de la Función Pública, la Bolsa Mexicana de Valores, o su última obra construida, la casa José Juan Zorrilla.

Ámsterdam 270 se construyó con dinero del bolsillo del arquitecto Díaz Infante. Su hijo, Juan José Díaz Infante Casasús, cuenta que algunos materiales sobrantes de sus otras obras los llevaba a la casa antisísmica para construir sus experimentos. De 1985 a 2002, la casa fue constantemente manipulada, añadiéndosele otros experimentos como módulos de baño, una cocineta (que no había originalmente, pues el arquitecto no pensaba que le fuera a ser necesaria en el futuro) escaleras en nanotubos, y la gran esfera de los últimos niveles que conformaba la habitación y una sala de juntas con una vista total al contexto que se lograba por su envolvente en vidrio. Habitar Ámsterdam 270 en ese ambiente de cambios no era tarea sencilla, y más conforme pasaba el tiempo y el estado de salud del arquitecto fue deteriorándose, dificultando su libre desplazamiento dentro de estos espacios kalikósmicos. Llegó un momento (alrededor del 2009) en que por esta razón y por problemas económicos, se vende la casa a Valente Souza, quien promete no alterarla. Por razones que desconozco, este último vende la propiedad, y el actual dueño, la inmobiliaria Odisea Chiapas, no ha mantenido la intención de conservar la construcción que tiene un nivel de protección 1 por parte de SEDUVI. El dueño ha presentado a la autoridad competente una serie de solicitudes para licencia de demolición, mismas que han sido rechazadas. A pesar de esto, la obra está sufriendo un proceso de desmantelamiento que pretende ser discreto, pero que no puede ocultarse más. Se empezó por desmantelar los interiores, y este proceso avanzó hasta que ahora alrededor del 60% de la esfera de los últimos niveles ha sido completamente desmontada.

Ante esto, SEDUVI ha mostrado una alternativa para la inmobiliaria, y ésta es que se le dará permiso de construir mientras desmonte la casa y la reubique en su totalidad en otro terreno. No se ha visto respuesta de la contraparte al respecto. En el proceso, la obra ya ha sido alterada, y algunas de las piezas desmontadas se encuentran actualmente en el piso del garaje, deteriorándose. Lo indignante es que esta no es una noticia nueva ni para la ciudadanía, ni para las autoridades, y menos aún para el gremio de arquitectos. Desde finales de 2015 comenzaba a correr la voz de que algo estaba pasando con Ámsterdam 270, y hoy, con la obra parcialmente destruida, sigue sin hacerse gran cosa para frenarlo y qué decir de remediarlo.

Con esta situación es inevitable pensar que el patrimonio y sus niveles legales de protección parecen una ilusión o una especie de bálsamo para conciencias que no pasa de ser eso, sin llegar a la acción para la que fue pensado. Esta obra es el laboratorio de un arquitecto que tuvo grandes aportaciones para el panorama de la arquitectura nacional. Cada uno con su búsqueda particular y sus alcances, pero pienso que esta casa es para la obra de Díaz Infante, el equivalente de lo que es Casa Barragán para la obra del tapatío: un laboratorio de arquitectura. La conclusión con Casa Barragán en su momento fue que se trataba de un inmueble digno de salvaguardarse. Y aunque se pensaría que ya fue entendido y asimilado el valor y la importancia de la obra arquitectónica, hoy podemos leer en las noticias que parte de los restos de un arquitecto ahora son un diamante, o que las obras más importantes de otros ya han sido demolidas, o como en el caso de Ámsterdam 270, que se están destruyendo de manera lenta y “sigilosa”.

Pensando en el peor escenario para Ámsterdam 270, que es que sea completamente destruida, me parece un destino absurdo para esta obra si de cualquier modo el actual dueño no podría tener una licencia de construcción, pues lo que estaba emplazado en primer lugar no debió ser demolido. Y hay distintas alternativas posibles en las que ambas partes podrían ganar que no sé si no han sido pensadas por falta de interés o de imaginación. Respetar la obra y darle un nuevo uso es una opción. Imaginemos que la obra se mantiene y se le da uso de galería, o museo. El dueño respetaría la protección patrimonial del inmueble, y podría ganar dinero de él. O si desmontan la casa, la montan en otro sitio y también a éste le dan uso de museo, ya tendrían el terreno de Ámsterdam para construir algo nuevo, y la nueva sede del inmueble como fuente de ingresos. Son sólo ideas, pero creo que podría alcanzarse un acuerdo que no comprometiera la integridad de la obra y permitiera que el dueño cumpliera sus objetivos.

No sé qué tendría que pasar para que se empezaran a tomar decisiones determinantes para salvar la obra. Sólo espero que no alcancemos el peor escenario que mencioné para entender por qué era digna de ser preservada.

Creo que el involucrarse en la labor de rescatar esta obra pertenece a los ciudadanos, a los habitantes de la delegación Cuauhtémoc, a la delegación misma, a la autoridad que otorgó el nivel de protección, y sobre todo a los arquitectos, pues la obra es en primer lugar patrimonio arquitectónico, y son ellos quienes pueden entenderla más y por tanto valorarla como una aportación a la disciplina. Desde su posición como arquitectos defendiendo el patrimonio de su gremio, podría legitimar una iniciativa cuyo impacto sea más proactivo. Corresponde también al colegio de arquitectos coordinar esta iniciativa, ya sea haciendo pública la situación y/o mediante una propuesta para reactiva el inmueble, utilizándolo como recinto cultural, o estableciendo un diálogo de éste con un nuevo uso. Se piensa que porque un inmueble está protegido patrimonialmente, no sufrirá daños en el futuro, y es que en realidad así debería ser. ¿Pero qué pasa cuando esta protección no es garantía para la integridad de la obra? Toca defenderla desde la mayor cantidad de flancos posibles.

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