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Columnas

El oasis de Niemeyer

El oasis de Niemeyer

5 junio, 2017
por Arquine

Este texto es un fragmento del ensayo de Carlos Eduardo Dias-Comas publicado en la sección Análisis del número 3 de Arquine, primavera de 1998 | #Arquine20Años

En 1953, a los 46 años, Oscar Niemeyer era mundialmente famoso. El proyecto de su quinta personal en las afueras de Rio era muy convencional: tres recámaras, una sala de estar y una habitación de servicio, un amplio salón, la cocina, un porche y la piscina. El emplazamiento, en cambio, no lo era: una pendiente muy inclinada de bosque cerrado con una vista estupenda del océano al fondo y una roca de granito. El sitio exigía un planteamiento poco común y ésta fue precisamente la decisión tomada por el arquitecto.

Si se observa primero desde arriba, la quinta está en medio de una ladera cubierta de verde que se extiende hasta la calle de Canoas. Con forma libre de T, una losa de concreto flota por encima de todos los bordes de una plataforma pavimentada de forma más bien cuadrada, con la parte ma´s corta de frente al terraplén y la otra vuelta al mar. Una piscina con forma de lágrima perfora la extensión descubierta de la plataforma, contraponiendo la superficie hundida del agua a la placa alzada. La horizontalidad de la losa y la plataforma desafían la plasticidad del paisaje, sus bordes sinuosos suavizan la tensión entre el contexto natural y el objeto producido por el hombre.

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Una rampa en curva comunica la calle con la plataforma. La vegetación enmarca el escenario desde su emplazamiento, con el epicentro en la roca sobresaliente entre la piscina y el extremo del brazo frontal de la losa. La roca y la piscina están unidas como una montaña y el mar en la ciudad. La placa, cuya sección más corta core aproximadamente paralela al con al conjunto de la roca y la piscina, está sostenida por esbeltos pilares remetidos de acero. El espacio exterior así definido conduce a una terraza trasera, pasando por dos pasajes abiertos. El curso del espacio se canaliza, se comprime pero no se interrumpe. El recinto opaco y cilíndrico que está a la izquierda comienza justamente detrás de la esquina interna de la placa. A la derecha, paneles rectos y un extremo curvo de vidrio están teñidos por los sólidos muros traseros y se funden ópticamente con la roca y la piscina.

[…]

Más allá y por encima del pragmatismo, las decisiones formales de Niemeyer comunican un manifiesto sobre la necesidad de dualidad: libertad/limitación, abstracción/figuración, transparencia/opacidad, plano/volumen, extroversión/introversión, exuberancia/contención, exposición/ocultamiento, plenitud/fragmentación, geometría/topología, arquitectura/naturaleza. Estos términos no se presentan como polos opuestos irreconciliables, sino como extremos de igual valor con una gama de posibilidades. Pueden, por lo tanto, graduarse para introducir términos intermedios. O se pueden contagiar de las características del otro: elementos arquitectónicos sujetos a una estilización biomórfica, objetos naturales o de aspecto natural tratados de forma arquitectónica. El manifiesto está formulado en un marco tipológico. De manera consciente o inconsciente para Niemeyer, su quinta tiene precedentes.

[…]

La crítica contemporánea al oasis de Niemeyer fue áspera o condescendiente. Walter Gropius, por ejemplo, lamentó que la casa fuese hermosa pero no reproductible; observación que sólo tiene sentido en el contexto de cierta idea de producción en masa y una preferencia asociada por la exhibición de una variedad universal de carácter, junto con una fascinación por el espacio universal. Niemeyer se niega a adorar la tecnología y condena la repetición que hace que los edificios pierdan su carácter indispensable, requerido por su propósito y su ubicación. No defiende la constante renovación obligatoria de la arquitectura sino la vieja ecuación académica entre buena arquitectura y composición correcta con carácter apropiado, donde la composición académica se sustituye por la correcta, como queda implícito en el planteamiento Dom-ino.

La palabra importante está implícita. La originalidad de la arquitectura moderna brasileña debe mucho a la moderación de los atributos normativos de Dom-ino, la ausencia de valor absoluto de la horizontalidad, la ortogonalidad y la repetitividad. Como escribió Lucio Costa en 1936, la arquitectura moderna es una proposición inclusiva, capaz de convertirse en un cristal clásico o en una flor natural, pero también capaz de incluir el cristal clásico en la flor natural y viceversa.

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