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Columnas

El museo, la calle y la plaza

El museo, la calle y la plaza

13 junio, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

En 1970, Daniel Buren publicó un texto sobre La función del museo. Según él, los museos son “lugares privilegiados con un triple papel.” Primero, estético: son el marco o el soporte en el que se inscribe y se compone la obra, al mismo tiempo que son “el centro donde se despliega la acción y el punto de vista único de la obra (topográfico y cultural).” En segundo lugar juegan un papel económico: otorgan a aquello ahí expuesto un valor mercantil al privilegiarlo y seleccionarlo, “al sacarlo fuera de lo común, efectuar la promoción social de la obra” al tiempo que “aseguran su difusión y consumo.” En tercer lugar tienen un papel místico: aseguran el estatuto de arte a todo lo que ahí se expone. Los museos —y las galerías de arte— son “el cuerpo místico del arte.” Buren aclara que estos papeles los juegan los distintos museos a intensidades variables, según cada caso. También agrega que, además de esos tres papeles, cumplen con tres funciones. La primera es fundamentalmente técnica: conservar los objetos que forman parte de su colección o de las exhibiciones que presentan; luego reunir a partir de un enfoquee social, histórico y cultural, es decir: un museo no es sólo el acopio de objetos, sino ponerlos en relación de manera intencionada. Finalmente el museo cumple la función de ser un refugio para la obra: un asilo que la protege de la intemperie no sólo literalmente, sino que la pone al abrigo de los riesgos y sobre todo “aparentemente a salvo de todo cuestionamiento.”

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El 13 de junio de 1970, Buren inauguró en la galería MTL de Bruselas, una exposición individual con una obra titulada Translucide: “un papel a rayas blancas y anaranjadas que cubría en su totalidad la vitrina interior de la galería, cuyo anverso es visible únicamente durante el día y cuyo anverso es visible tanto de día como de noche.” Antes, en 1968, siguiendo con los juegos de rayas de un color sobre fondo blanco —¿o son rayas de dos colores alternándose?—, Buren había presentado, entre abril y mayo del 68, en París, su obra Hombres-Sandwich: dos hombres que caminaban por las calles llevando sobre sus cabezas un cartel a rayas blancas y verdes. Los hombres tenían la instrucción de responder, en caso de ser interrogados por alguien al pasar, “llevamos carteles cubiertos de bandas verticales blancas y verdes”, sin ninguna otra referencia ni al autor ni al posible sentido de la obra. Si la vitrina de Bruselas operaba en el límite entre el adentro y el afuera de ese lugar privilegiado que había descrito: el museo, la galería, haciéndole cara a la calle, los hombres-sandwich, como también otras obras que realizó Buren presentándolas como carteles y anuncios, usaban estrategias de la publicidad para llevar el arte a la calle —o hacer de la calle, aunque fuera momentáneamente, un espacio privilegiado por y para el arte.

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Tal vez la obra al mismo tiempo más y menos popular de Daniel Buren sea Le Deux Plateaux: las dos mesetas, mejor conocida como las columnas de Buren, en el patio del Palais Royal en París. David Cascaro califica todo el affaire como “una crisis político-artística.” Explica que “en junio de 1985, Jack Lang, ministro de cultura, encarga a Daniel Buren una obra para ocupar el Patio de Honor del Palais Royal.” La obra no se terminó cuando estaba previsto pues fue objeto de una campaña en su contra del periódico Le Figaro y de una decisión judicial que obligó a suspenderla. La batalla legal y mediática por y contra las columnas de Buren, recuerda la que se dio en Manhattan con la obra de Richard Serra Tilted Arc, encargada por el Estado en 1981 para una plaza pública y removida en 1989 tras una demanda. En el caso de Buren, la controversia empezó desde que la comisión de monumentos históricos consideró la intervención “demasiado moderna e intelectual.”

Según el mismo Buren, su obra seguía dos principios: “el primero consiste en no erigir la escultura a la mitad del Patio de Honor, como quisiera la tradición, sino de revelar el nivel del subsuelo y, el segundo, inscribir el proyecto en la composición arquitectónica del Palais Royal que es esencialmente lineal, repetitiva y reticular. En la conjunción de estos dos principios, de todas las posibilidades de uno y otro, sin que se contradigan ni se anulen, emerge la obra monumental proyectada.”

Jack Lang inicio la construcción de las 260 columnas o cilindros, como los llama Buren, en mármol blanco y negro que ocupan los tres mil metros cuadrados del patio. Pese a la oposición de un periódico, de la comisión de monumentos históricos, del alcalde de París y, finalmente, del nuevo ministro de cultura, François Léotard, quien incluso se planteó la posibilidad de demoler la obra en curso, llegando a la conclusión meramente económica de que el costo sería el mismo por destruirla que por terminarla, las columnas se terminaron en 1986 aunque en la corte el caso se cerró hasta 1992. En el 2007, ante el mal estado de la obra por falta de mantenimiento, el mismo Buren pidió que si no se restauraban se demolieran. La restauración parcial de la obra, con un costo de casi 6 millones de euros, se terminó en enero del 2010. En su texto —publicado en 1998, antes del escándalo por la costos restauración— Cascaro decía que las columnas de Buren se habían convertido en un caso ejemplar de las relaciones entre la política cultural del Estado y el arte, “una obra símbolo separada de la obra real, lo que parece el mejor destino para una obra de arte conceptual.”

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