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14 abril, 2026
por Sandra Loyola Guízar
Es una tarea más ardua honrar la
memoria de los seres anónimos que la de las
personas célebres.
La construcción histórica se dedica
a la memoria de aquellos que no tienen nombre.
W.B Tesis sobre el concepto de historia, 1940.
El 26 de septiembre de 1940, Walter Benjamin se quitó la vida en Portbou, en la frontera entre Francia y España. Huía del nazismo, atravesando los Pirineos en un extenuante viaje de exilio. Su destino final era Nueva York, donde lo esperaban sus amigos. Benjamin llegó a la frontera enfermo del corazón, exhausto, sin sus libros, después de caminar varios días entre montañas. Ese mismo día, las autoridades españolas anunciaron el cierre de la frontera y declararon inválidas las visas de entrada para quienes no contaran con una visa de salida francesa. Ante la tentativa de ser devueltos a Francia y de correr el riesgo que suponía su vida después de haber sufrido el internamiento en el campo de trabajo forzado de Nevers un año antes, Benjamin decidió poner fin a su vida esa misma noche.
Al amanecer la frontera volvió a abrir. Los demás miembros del grupo con el que viajaba pudieron continuar su camino hacia el exilio y finalmente llegar a Estados Unidos. Todos, menos él. Walter Benjamin fue crítico literario, filósofo y periodista cultural; un pensador que se interesó por la fotografía, los juguetes, las drogas, las multitudes, las máquinas y, sobre todo, por la ciudad y su arquitectura. Judío, alemán y de izquierda, vivió como un intelectual errante: cambió tantas veces de residencia que sus colecciones —de libros, de juguetes, de objetos— parecen un disparate en alguien sin residencia fija, ni geográfica ni intelectual.
Benjamin encontró una forma distinta de pensar cada ciudad donde habitó. Las recorrió atento a los panoramas, a las galerías comerciales, a las estructuras de hierro, a las tipologías sociales que emergían con la modernidad. Con esa sensibilidad construyó un artefacto urbano-literario único: El libro de los pasajes (1983). Como señala Beatriz Sarlo en esas páginas, Benjamin no examina únicamente una ciudad, sino las dimensiones materiales y simbólicas de la espacialización del capitalismo, del arte y de la cultura en la modernidad industrial.
No es propósito de este texto desplegar la complejidad filosófica de Walter Benjamin, sino narrar la historia de mi visita a su mausoleo de Portbou: la obra plástica que Dani Karavan creó cincuenta años después de la muerte del crítico berlinés. A principios de este año emprendí ese peculiar turismo funerario que Valeria Luiselli describe en Papeles falsos: una cartografía íntima hecha de tumbas, rutas melancólicas que buscan las huellas de los escritores en los lugares que habitaron y, en casos como el de Benjamin, en los sitios donde la vida se interrumpió intempestivamente.
Portbou está en Cataluña y es el último pueblo de la Costa Brava. Nos recibió con una advertencia que mis amigas ya habían anticipado durante el trayecto: la tramontana. Ese viento feroz que puede alcanzar los 200 kilómetros por hora deja a los árboles sin follaje, dobla sus ramas hacia el lado de la corriente y levanta las olas del mar hasta desdibujar el horizonte, despeinando la superficie del agua con un splash persistente. Es el mar más oscuro que he visto.
Apenas abrimos la puerta del coche, el viento la cerró de golpe y nos desordenó el cabello. Caminamos hacia la marina, donde un ruido constante saturaba el ambiente, un zumbido metálico que parecía provenir de una máquina invisible. Era, en realidad, el viento rozando los mástiles de los barcos. Después de esa caminata turbulenta y a contrapelo, llegamos al único restaurante abierto del pueblito de apenas mil habitantes. El dueño, con la naturalidad de quien vive bajo ese clima indómito, nos advirtió: la tramontana puede volver loca a la gente; no conviene permanecer demasiado tiempo afuera.
No, tampoco es el objetivo de este texto escribir la crónica de mis excursiones turístico-funerarias. Lo que realmente quiero comentar aquí es la capacidad plástica en una arquitectura de la memoria: la tumba habitable que hizo Dani Karavan 50 años después de la muerte de Benjamin.
La obra escultórica es una intervención de acero que se incrusta en el acantilado de la Costa Brava y se asoma al mar. Se llama Pasajes: un nombre que alude, por un lado, al paso fronterizo que condujo a Benjamin hasta Portbou; y por otro, a su obra magna e inacabada, El libro de los pasajes, su colección de citas y fragmentos sobre la cultura material del siglo XIX con el que quiso capturar la experiencia urbana y arquitectónica del capitalismo industrial.
La filosofía de Benjamin —como el monumento— es una escalera suspendida en el vacío, sin origen claro ni destino fijo. No podía ser de otra manera para quien formuló una de las críticas más decisivas al concepto de progreso en la historia del pensamiento. La instalación de Dani Karavan es, al mismo tiempo, escalera, tumba, túnel y pasadizo: no lleva a ninguna parte y, sin embargo, ofrece dos direcciones. Hacia abajo, el visitante desciende hasta un mirador que enmarca un fragmento de mar oscuro, donde las olas rompen en la roca. Hacia arriba, la salida dibuja una abertura que encuadra el cielo como si fuera el visor de una cámara fotográfica: nubes blancas que pasan sobre un azul profundo.
Si el paseante del recorrido se detiene a la mitad de la escalera, puede alzar la mirada y ver cómo la montaña envuelve el cilindro metálico que lo contiene. La sensación es doble: estamos al mismo tiempo bajo tierra, descendiendo hacia el mar, y en ascenso, elevándonos hacia el cielo. El monumento es efectivamente una escalera sin principio ni fin que atraviesa la montaña sin dirección única. Su carga mística tensa dialécticamente el cielo, el mar, la tierra y el viento de la tramontana, que recorre el interior de la estructura y provoca una experiencia de paseo contradictoria, hermosa y hostil al mismo tiempo. Finalmente fue Benjamin uno de los pocos filósofos que ha logrado pensar la historia y los fenómenos culturales desde sus contradicciones, para pensar la tensión dialéctica de las oposiciones que la modernidad nos hace habitar.

El memorial dedicado a Benjamin honra también la memoria de los seres anónimos que, como él, emprendieron la huida hacia el exilio en busca de libertad y de la posibilidad de seguir con vida. Tras su muerte, su cuerpo fue registrado como “Benjamin Walter”, lo que permitió que fuera enterrado como católico en el pequeño cementerio contiguo al memorial. Allí permanecieron sus restos durante cinco años, ya que la fotógrafa Henny Gurland, con quien viajaba en el exilio, había dejado pagados los gastos. El cementerio, construido hacia 1900, es un lugar hermoso: un conjunto de pasajes con habitaciones funerarias cuyos corredores centrales son escalinatas que desembocan directamente en el acantilado que mira al revoltoso mar de la Costa Brava.
Dani Karavan, fallecido en 2021, fue reconocido por sus intervenciones de arte público en el paisaje natural y urbano. Escultor y artista plástico, creó obras ambientales de gran escala, concebidas específicamente para cada lugar, en las que el paseante forma parte activa de la pieza. Su trabajo ha estado siempre ligado a la memoria, el exilio, la naturaleza, el paisaje y la historia.
Este memorial no es un monumento porque no busca conmemorar, sino reflexionar, —cargada de la melancolía que caracteriza esta tipología—, sobre una tragedia que marcó la vida de muchos otros. Qué difícil y, al mismo tiempo, qué logrado es este espacio habitable que recuerda al pensador que más radicalmente condenó el olvido.
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