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Columnas

El Internet de las cosas

El Internet de las cosas

20 octubre, 2016
por María Buey

En una conversación con Rafael Lozano-Hemmer con motivo de su exposición Pseudomatismos en el MUAC, el artista habla de cómo surgió su trabajo Tensión Superficial: “Ese ojo se hizo después de la Primera Guerra del Golfo, cuando justo acababan de aparecer dos cosas: una, las supuestas bombas inteligentes -esas bombas que tienen cámaras que toman decisiones sobre los blancos a los que van a dirigirse-, la segunda fue la publicación del libro de Manuel de Landa, La guerra en la era de las máquinas inteligentes, que describe la forma en que las cámaras de vigilancia ya tienen capacidad ejecutiva de decisión, no requieren de un humano para que las analice, sino que nuestros prejuicios están inmiscuidos e integrados ya en las cámaras. Este ojo humano te persigue por donde tú vayas; cuando no hay actividad en frente de él, el ojo se duerme, y eso es todo, la idea de que el espacio virtual asedia al espacio real.”

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En 2014, a raíz del uso de drones bombarderos por parte de EEUU durante la invasión de Irak en su particular lucha contra el terrorismo, comenzó el debate social sobre el uso de estos dispositivos. El hecho de que la persona que activa el disparo no lo haga frente al objetivo, sino que toma la decisión y la ejecuta a control remoto cómodamente desde un despacho como si se tratase de un videojuego, preocupaba en cuanto a la frialdad y frivolización del acto de la guerra.

Estamos en un momento en el que las cosas cada vez están más emancipadas de las personas. Son más autónomas e independientes. En agosto de 2010 las compañías AT&T y Verizon registraron por primera vez una cifra más alta de objetos no humanos online que nuevos suscriptores humanos. Esa situación era el preámbulo de la siguiente fase de la red, The Internet of Things (El Internet de cosas), en la que la interacción mecánica sobrepasa por mucho la actividad humana en las redes. Kenneth Goldsmith reflexionaba sobre ello en su libro Escritura no-creativa, “Si tu secadora se avería, por ejemplo, puede enviar sus datos a un servidor a través de una red inalámbrica; el servidor responde ofreciendo un remedio y la secadora se arregla sola. Interacciones de este tipo ocurren a cada momento, y como consecuencia de ello, estamos a punto de vivir otra explosión informática, donde millones de millones de sensores y otros aparatos subirán exabytes de datos a la Web”.

A su vez, esos mismos drones que se utilizan para matar, empiezan a aplicarse en otra gran cantidad de aplicaciones. Desde envíos de mensajería a retransmisión de catástrofes o documentación de geografías con difícil acceso.

El mundo en el que vivimos está siendo radicalmente transformado por las distintas posibilidades de la red y la tecnología. Las estructuras domésticas se ven alteradas por el nuevo sistema de la autorreparación -que además juega muy de cerca con las leyes de la programación de la obsolescencia-, de la misma forma que nuestras ciudades y su paisaje se ven transformados. El urbanismo es el que era pero se va viendo actualizado con todos los plug-ins que se van desarrollando. Uber, car2go, airbnb… son servicios derivados del uso de internet que alteran desde las redes tradicionales de transporte a las leyes de mercado y la política de las ciudades, pasando por supuesto, por la forma en que ‘experienciamos’ el espacio urbano.

Es un momento muy especial en el que el viejo urbanismo tiene que convivir con los nuevos patrones y se producen inevitablemente situaciones de colisión, y otras de convivencia, muy interesantes. De alguna forma, sin darnos cuenta hemos normalizado equivalentes como encontrar cámaras de seguridad en cada esquina o la desaparición de las cabinas de teléfono según el uso del teléfono móvil se iba haciendo más fuerte. Entonces, ¿podemos imaginar que no dentro de tanto tiempo nos habremos acostumbrado a ver drones sobrevolando la ciudad, transportando paquetes o tomando fotografías? Todo parece apuntar a que sí, lo maravilloso sería que eso ocurriese según patrones que respondiesen a las necesidades del ciudadano y no solo cómo herramienta de multinacionales o intereses privados.

Porque desarrollamos tecnología pero también creamos necesidades, y esta dicotomía es muy importante tenerla presente. El pasado 7 de septiembre Apple sacaba a la luz, como cada año, su nuevo repertorio de productos. El nuevo iPhone contará con dos cámaras para poder fotografiar y grabar en tres dimensiones. De primeras parece fascinante, acto seguido uno se da cuenta de que de nuevo, dentro de poco tiempo, será completamente imprescindible para nosotros contar con esa nueva aplicación de la misma forma que ahora no podemos vivir sin whatsapp. El dispositivo se encarece y la carrera continúa.

Pero también de la misma forma, los usuarios se apoderarán de esta tecnología para explotar habilidades que permanecían latentes y, tal y como en la actualidad la respuesta a cada acontecimiento a través de los memes es superlativa y brillante, la creatividad que las nuevas aplicaciones potenciarán no dejarán de sorprendernos. Los avances tecnológicos nos ponen en marcha, en alerta, y es un crecimiento continuo y fascinante. Pero por otra parte, hay veces en las que parece que perdemos el control sobre su evolución. Como si cobrasen vida y fuesen más rápido de lo que teníamos planeado, nos encontramos teniendo que buscar soluciones a consecuencias que no habíamos previsto de su alcance. Así sale la noticia recientemente de cómo se están entrenando águilas para cazar drones que sobrevuelan el espacio aéreo sin autorización.

La impredecibilidad crece en proporción directa al aumento de su autonomía. De nuevo Goldsmith señala “Hoy las computadoras se interrogan y responden a través de Internet, ayudándose mutuamente a ser más inteligentes y eficaces. […] La mayoría de las conversaciones que se llevan a cabo en las redes son de máquinas conversando con otras máquinas, generando dark data, códigos que nunca vemos.” Información que no sabemos dónde va, qué se hace con ella o qué podrá hacerse. Y parece que ahí radica el reto, en llegar al entendimiento con ese nuevo ‘grupo social’ que empiezan a conforman las cosas y superar, como apuntaba Lozano-Hemmer en esa misma conversación, “la idea de que las máquinas no son instrumentos, ni tampoco son herramientas, son lenguajes y tienen autoría”.

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