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El discurso de Smiljan Radić Clarke en la Ceremonia de Premiación del Pritzker 2026

El discurso de Smiljan Radić Clarke en la Ceremonia de Premiación del Pritzker 2026

13 mayo, 2026
por Arquine

El lunes 11 de mayo de 2026 Smiljan Radić Clarke fue condecorado como ganador del Premio Pritzker de Arquitectura. La ceremonia tomó lugar en el Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec en la Ciudad de México. Este fue su discurso:

Quiero agradecer en primer lugar a la arquitectura. Especialmente a la negra que habita el hall del Palacio de la Asamblea en Chandigarh. A su cielo ahumado por las hogueras primitivas que Le Corbusier parecía buscar en sus dibujos. Al interior de la mítica iglesia de San Salvatore en Rialto, con sus cúpulas en línea como si fuera una fábrica de ampolletas enormes.

Al dibujo de una barca grafitado con trazos delgados sobre un tinglado de madera en la Iglesia de Detif en la isla de Limuy, descubierto en 1997. Al eco de ese dibujo, un barco visto desde popa, grafitado sobre la jamba de piedra de la puerta del Hospital de Venecia, a esa fachada poblada de leones en falsa perspectiva. Y frente a esos leones, al caballo de Bartolomeo Colleoni de Verrocchio, tantas veces dibujado en andas por los aires.

No muy lejos, al Cristo marchito de La Pietà de Bellini, que flota colgada en la penumbra de la Iglesia de San Giovanni e Paolo.

Gracias a toda Venecia.

Gracias a la caída suave del empedrado en los lavaderos de Juan Herrera en Ocaña, que visité arrastrado por la obsesión de un amigo matemático en 1991. A las pesadas pircas de piedra negra que cruzan los suelos volcánicos de Rapa Nui, saltando sobre Moais caídos, arrastrados desde las orillas rocosas por viejos tsunamis.

A los ojos blancos de los Moais desaparecidos sobre el pasto arrancado de raíz por manadas de caballos famélicos. A los montículos de piedra que descienden a tropezones por las colinas de la isla de Brač en Croacia, desde donde zarpó mi abuelo rumbo a Chile en 1919. A esas cicatrices sobre la superficie rocosa tensa como piel de asna. A sus higueras y viejos olivos retorcidos entre ruinas insignificantes. A la extraña folly construida por el poeta Vladimir Nazor en esa isla, en homenaje a sus tres hermanas, de planta triangular y su alzado dórico incierto, a su apariencia anómala y distraída frente al mar tibio donde leíamos El Marinero de Pessoa.

A los corrales de cactus para encerrar burros y cabras en el desierto chileno.

A las sepulturas de madera amarilla fosilizada en el desierto de Atacama. A esos pequeños corrales para muertos que parecen cunas de guaguas o viejos catres de ejércitos en campaña, amontonados en un cementerio cerca de la salitrera donde mi abuelo llegó a trabajar desde una Croacia hambrienta en el fin del mundo.

Gracias al aire fosilizado del desierto.

A los vidrios pegoteados sobre la fachada de ladrillo de la Iglesia de San Peter en Klippan de Sigurd Lewerentz, a esos agujeros infectados por la luz con la penumbra que habita sus interiores. Al museo de la Catedral de Hedmark en Hamar, desgrasado por Sverre Fehn. A las columnas caídas en rodajas del Templo de Poseidón en Cabo de Sounion o en Cos.

A la escalinata porticada de la Acrópolis de Lindos.

A la extraña rampa del templo de Afaya en la isla de Aegina, a sus grandes escalones donde pudimos comer nuestro picnic y dormir un momento en 1995. Y a las columnas dóricas del templo de Atena, asfixiadas entre la grasa de los gruesos muros medievales en la fachada lateral del Duomo de Siracusa.

A la vista del mar Egeo en el invierno nevado de 1991, desde los frágiles balcones de madera colgados en lo alto del Monasterio de Simonos Petra. Y al ermitaño peruano que enfermó de improviso en su cueva húmeda y que no pude visitar en esos días en blanco y negro del Monte Athos. A Las seis noches en la Acrópolis, de George Seferis leído en la triste Creta de 1994.

A los monasterios de Meteora en la Tesalia de 1994, montados sobre las huellas de antiguos glaciares. A la bella resonancia del acueducto de Água de Prata sobre el maravilloso poblado de Álvaro Siza en la Évora de 1991. A la masa de ladrillo y piedra esculpida en forma de tortuga en la roca de Sassocorvaro de Francesco di Giorgio. A sus fortalezas dibujadas a fil di ferro. Al ladrillo plegado en muros y suelos en la Roca de Mondavio. A las nieblas que se cuelan en lo alto de los arcos romanos de la iglesia de Santa Andrea en Mantua, de León Battista Alberti, descritas de esta manera por Aldo Rossi.

A la gracia y gravedad de los granitos del pórtico del Panteón de 1993. Al recuerdo de unas vasijas hinchadas como peces globos, ahogadas en el agua turbia de una pileta a ras de suelo en la casa de Barragán en Ciudad de México en 1998. A la alegre austeridad cruda del SESC Pompéia de Lina Bo Bardi en 2013. Y a los aires húmedos que atraviesan libres los cielos de la Escuela de Arquitectura de João Vilanova Artigas en São Paulo.

Al vaivén del Teatro del Mondo de Aldo Rossi. A su crujido anclado para siempre en el recuerdo de la Punta della Dogana. A los llantos y pesares escuchados en el cementerio de San Cataldo. Y a la lectura de la autobiografía científica, el mejor tratado de arquitectura de nuestros tiempos. Al People Meet in Architecture de Kazuyo Sejima en la Bienal Internacional de Arquitectura de Venecia del 2010, tan importante para nuestra generación. Al puerto de transbordo en la llegada de Naoshima, liviano como un espejismo.

Al interior del Museo de Arte de Teshima de Ryue Nishizawa, un sudario abandonado sobre las colinas, donde escuchamos por primera vez el graznar de un pelícano lejano a través de sus dos oídos vaciados en el concreto. A los elegantes columbarios de la Isla de Tinos en 1995. Y a los pichones rellenos con lentejas enanas que comimos más tarde, a finales de los 90 en Padua. A la razón arcaica de la Torre de los Números de Peter Wilson en Rotterdam. Y un poco más allá, a las hermosas malas costumbres que nos enseñó el Kunsthal de Rem Koolhaas.

A la comida compartida con los nómadas en las afueras de Jaisalmer.

Y a la suave sombra de los paraguas de arpillera en las orillas del Río Ganges. A la alegría de las carpas que cargamos en la India de 1995. Y al peregrinar liviano de los circos pobres chilenos, incansables año tras año. A la nostalgia producida por el documental El circo más pequeño del mundo de Joris Ivens en el Valparaíso de 1963. Al tembloroso circo enano de Calder. Y a las animitas abandonadas en los caminos de Chile. Al empuje de las ideas de la Nueva Babilonia de Constant, a sus espacios devoradores. A los plásticos inflados de la contracultura de fines de los 60, a sus experimentos baratos. Al libro Victims del arquitecto John Hejduk, donde las borraduras suponen existencias anteriores y la tinta el recuerdo de un olvido.

Gracias al aire aterrorizado de nuestros tiempos.

A la delicada Casa con Suelo de Tierra de Kazuo Shinohara, visitadas en 2022. Y a la casa Tanikawa con su sombra tendida sobre una suave colina. Gracias al inmenso interior de la cueva de Oya en Utsunomiya.

Gracias al silencio del agua en la cisterna de Santa Sofía en Constantinopla. A los injertos de luz y fé encajados a la fuerza entre las columnas de la Mezquita de Córdoba. A una noche fría en el convento de La Tourette en el 2018. A una suave cama de madera suspendida sobre largas patas, separada de una naturaleza sobre sospechosamente amable en la Indonesia reciente. A las delgadas bóvedas de la Casa de los Bichos de Miguel Eyquem en Santiago de Chile, a esa arquitectura sin grasa. A la casa egipcia fuera de sí, en la playa de Tanumé en la costa antigua chilena, cargada de trigo. A la cripta profunda en la pirámide de Giza en el Cairo de 1992, adornada con un cielo azul cobalto sembrado de estrellas amarillas. Al Egipto color tierra.

A la pesada pierna desprendida del santo Santiago el Mayor, el gigante pintado por Manteña en la Capilla Ovetari de Padua. A las flores perdidas en 1991 en el Cretto di Burri en Sicilia, muy cerca del teatrino sin destino de Francesco Venezia. A los papeles abandonados en una pequeña caja de madera con dibujos y saludos de estudiantes de arquitectura en la tumba de un arquitecto gigante y muy querido Enric Miralles, en el cementerio de Igualada.

Gracias al aire sólido por venir.

A estos y muchos otros momentos en la arquitectura que conviven como un collage sin sentido en una mente que, como diría el cineasta Raúl Ruiz, nació en un país con una cronología insegura y una historia poco sólida.

En estos días, cuando el cielo se cae a pedazos y la tierra cruje, quiero agradecer a mis pocos amigos de toda la vida. A ellos que me han educado, a otros viejos queridos de data reciente, a mis socios momentáneos y a mis colaboradores de siempre. Agradecer a mis extraños clientes, a mi familia, especialmente a mi mujer, la escultora Marcela Correa, a quien también le pertenece este reconocimiento de una manera extraña e incalculable. A la calma de nuestro hijo y a la fragilidad de nuestra hija que logra contenernos.

Quiero agradecer por último, la confianza del jurado en mi trabajo y a la familia Pritzker por otorgarme este reconocimiento que espero merecer con mayor propiedad en los años por venir. Gracias, muchas gracias.