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Columnas

El diezmo del miedo

El diezmo del miedo

22 octubre, 2015
por Juan Palomar Verea

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La ciudad se construye sobre un pacto esencial: todos vamos en el mismo barco. Es un contrato social por el que, a cambio de las aportaciones y esfuerzos individuales, se obtiene –en un territorio compartido- el bien común. Así ha sucedido por milenios, bajo muy distintos formatos urbanos. La ciudad es, por esencia, el ámbito compartido en el que un grupo humano intenta llevar adelante, en las mejores condiciones posibles, su innata búsqueda de la felicidad.

Esa felicidad –con todos los matices que se quiera- incluye cosas tan concretas como la proximidad de los santuarios (el culto), el acceso al agua o al alcantarillado (la salud), la capacidad de allegarse bienes de consumo (la alimentación), la posibilidad de tener un sustento (el trabajo), la opción de instruirse (la educación, la cultura, el arte), la alternativa del comercio humano con el otro (la convivencia)… El común denominador reside en un concepto: la posibilidad. Una posibilidad de la que en otros lugares se carece y que compele a los individuos a reunirse en una demarcación territorial concreta y conformar una ciudad. Una ciudad en la que el destino es -y es preciso subrayarlo- compartido.

Nada más lejos de estos principios que la segregación urbana. En un estudio reciente del que da cuenta El Informador de antier, el profesor Bernd Pfannestein del Tec de Monterrey en Guadalajara, refiere que la décima parte de la superficie metropolitana tapatía “corresponde a construcciones de viviendas en ‘cotos’ cerrados o aislados.” Gravísimo ¿Por qué?

Porque con esto una décima parte de la ciudad rompe el pacto social del que se habla. Porque, como se ha demostrado repetidamente, los “cotos” representan tejidos necrosados e impermeables en la vida, la fluidez y la convivialidad de la ciudad. Porque su sistema de funcionamiento se basa en el uso indiscriminado e intensivo del coche particular. Porque al impulsar decididamente la segregación urbana y la dispersión vuelven automáticamente más injusta la urbe. Porque usan el resto de la ciudad y sus instalaciones e infraestructuras desde un reducto al que los demás ciudadanos no tienen acceso igualitario.

Todo nace del miedo. Un instinto básico en los hombres. Y un elemento fácilmente comercializable por “desarrolladores” de toda laya. Primero, se acentúan –no se combaten- las circunstancias de inseguridad de la ciudad, con lo que las asustadizas clases medias quedan aleccionadas y preparadas para lo siguiente: una oferta de entornos domésticos controlados y vigilados permanentemente (cf. Foucault, Orwell) para “garantizar” la seguridad. Luego, lo que tanto se conoce: el monocultivo (que siempre empobrece e inutiliza el suelo) de pequeñas o medianas casas circundadas por murallas dañinas al entorno inmediato y mediato y que conforman auténticos guetos sociales, custodiados por gendarmes que se constituyen en la verdadera autoridad de ese grupo humano, por encima de cualquier potestad municipal; y además se genera permanentemente la dependencia parásita respecto a la ciudad abierta para las distintas necesidades de los habitantes del gueto. Y algo suplementario: a los “desarrolladores”, obviamente, les resulta más rentable y conveniente vender “cotos” que hacer ciudad abierta.

La equivalencia es clara: ante las circunstancias adversas percibidas en el barco en el que todos vamos (la ciudad), un número creciente de sus tripulantes opta, en vez de buscar comunitariamente la salud de la nave, por arrancar pedazos de él para construirse una balsa individual. El resultado: el naufragio general asegurado. Y lo más patético: los de las balsas (los cotos) necesitarán inevitablemente del barco al que destruyen (la ciudad), para la supervivencia que ellos mismos amenazan.

La salida es, como dicta el pacto social invocado, luchar conjuntamente por una ciudad unificada, justa y suficiente (y por lo tanto bella). Corresponde a las autoridades democráticamente constituidas asegurar con leyes, acciones y reglamentos la indispensable viabilidad –con seguridad, claro, entre otras muchas cosas- de la ciudad abierta. La esencial ciudad de todos.

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