Columnas

El aeropuerto de México como la gran oportunidad

El aeropuerto de México como la gran oportunidad

21 septiembre, 2014
por Juan Palomar Verea

 

La implantación del nuevo aeropuerto de México no debería ser una inmensa oportunidad perdida, ni el torpe descubrimiento del agua tibia. Una vez que se declararon ganadores del concurso a los arquitectos Norman Foster y Fernando Romero, una gran tarea, de la mayor trascendencia, está pendiente y ante nosotros. Significa, ni más ni menos, que la renovación hidrológica del Valle de México mediante la recuperación de los lagos ahora perdidos, el saneamiento y la captación de decenas de cauces y la creación de un litoral –alrededor del lago de Texcoco- de más de setenta kilómetros sobre el que es factible ubicar toda suerte de infraestructuras públicas, habitación y usos mixtos. Lo anterior sin contar las extensas tierras circundantes ahora baldías sobre las que se debe propiciar un desarrollo urbano equilibrado y sustentable.

Todo lo anterior podría, ni más ni menos, cambiar las condiciones ambientales de una conurbación de más de veinte millones de habitantes y poner a la capital del país sobre una vía de recuperación ecológica y urbana sin precedentes, quizá en todo el planeta. De ese tamaño es el reto. ¿Qué se ocupa para todo esto? Lucidez, visión estratégica de largo aliento, voluntad política, apropiadas políticas económicas. Es altamente factible, si se reúnen las anteriores condiciones y no se avanza sobre el lerdo camino de la enésima invención del agua tibia o del hilo negro.

Desde hace veinte años, un grupo de profesionales de distintas disciplinas, encabezado por los arquitectos Alberto Kalach y Teodoro González de León, han trabajado intensamente y a profundidad en todo el tema. Quien esto escribe ha tenido también la suerte de participar en estos dilatados esfuerzos. Fruto de estas colaboraciones han surgido una cantidad de estudios y tres publicaciones en las que se expresa el gran proyecto: Vuelta a la Ciudad Lacustre (1998), México, ciudad futura (2010) y Atlas de Proyectos de la Ciudad de México (2012). En ellos se explica y fundamenta la naturaleza y características de la gigantesca intervención renovadora.

Es la hora, la coyuntura específica que sería un imperdonable error dejar pasar. Es la hora de dejar de incurrir en una de las más detestables costumbres nacionales: el ninguneo. El tristísimo hábito de no reconocer, de ignorar o de invalidar los esfuerzos ajenos. Por celo profesional, por ignorancia culpable, por simple estupidez. Con una incalculable pérdida en todos los campos.

El aeropuerto quedó finalmente ubicado –después de un planteamiento erróneo y su rectificación- en el sitio indicado por los mencionados estudios. Pero los arquitectos ganadores del concurso no tuvieron el alcance para considerar la inscripción de la gran infraestructura dentro del marco general recomendado (ni siquiera se sabe, a estas alturas, cómo conectarla con el resto de la región urbana). Algún grupo, no determinado, se supone que hará el gran plan maestro en un momento dado. Tal plan maestro debería adoptar las estrategias, políticas y acciones tanto tiempo estudiadas –por dos décadas- por el equipo de Kalach y González de León. En esas estrategias, el nuevo aeropuerto cumple un esencial papel detonador del desarrollo general de toda la región, de su recuperación ambiental, de una nueva oportunidad para tener una ciudad de México que abrigue la esperanza de ser mejor, más ordenada y limpia, más justa y próspera.

Ojalá que muy diversas voces se levanten para exigir que no se pierda esta única oportunidad, esta histórica alternativa. Y que esas voces sean atendidas con urgencia.

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