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Columnas

Diario de un espectador

Diario de un espectador

5 junio, 2015
por Juan Palomar Verea

Publicado originalmente en El Informador

Amaneció, y una lluvia venturosa había pasado por el jardín. Las hojas de los guayabos, sutilmente más verdes, dan fiel cuenta del prodigio: agua de mayo. Las lluvias de oro, ellas, se prodigan en amarillos de júbilo por estos días. Una palmera altísima, tal vez la de mayor alzada de la comarca, eleva su fuste magnífico a media cuadra de la entrañable torre toscana de la parroquia de San Miguel del Espíritu Santo: en una de ésas sobrepasa el siglo de su edad. Su verde penacho saluda, victorioso, el tráfago necio que a sus pies la ignora. Pero, bien se sabe, la palmera altísima piensa en otra cosa. Se ocupa, más bien, en vigilar el cielo, en dar cuenta con el rumor de sus hojas de los vientos de paso, en intercambiar ignotas señales con algunas torres que a su refinado gusto convienen. En la noche, la palmera insomne guarda sus pájaros, cavila sobre la suerte que sobre estas tierras le cupo, hace el recuento de desastres y maravillas que desde su atalaya ha visto, mide con absoluta precisión el curso de las estrellas. Es la vigía que cuida de todos. Gaviera de la luna, danzarina inmóvil, derviche de su propia sombra, leal reloj del sol, íntimo y común regalo inapreciable: larga sea su vida.

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Pasajeros revisitados. Quizá sea una de las condiciones esenciales de los hombres: pasar, ser los pasajeros fatales de este valle de lágrimas. Ineluctable, noble condición, medida de grandeza para quien sepa hacer de su tránsito vital una empresa valedera y bravía. Pasajero: como una marca al fierro vivo que todo mortal lleva en la frente. O haber sido, en esos siglos de carabelas y galeones, alguno de los azarosos pasajeros de Indias de los que espléndidamente escribió don José Luis Martínez. O simplemente saber ir dejando atrás, siendo atrás dejado por la vida, sus amores y sus abismos. O serlo en tren, en el transiberiano o el Orient Express o en le Train Bleue, o en barco en el Andrea Doria o el Sierra Ventana, o en la Aéropostale, a bordo del avión de Mermoz o de Saint-Exupéry. O, modestamente, de un pulman hacia Mazatlán o México, de un vuelo a Tapachula o a París. Todo esto resuena con amargura mientras el infinito cretinismo de nuestras deficientes líneas aéreas de hoy da en llamar a su sufrido y esculcado usuario “cliente”, en lugar del augusto y time-honored sencillo título de “pasajero”. ¿Qué ganan esos tristes negocios con este vulgar cambalache, con esta inútil degradación del idioma? ¿”cliente” como el de una tintorería o una tienda de mercachifles cualquiera? ¿Tan lejos les quedó a sus obtusos “mercadólogos” la noción de que el viaje, para todo mortal, es la grave metáfora de una existencia efímera y preciosa? Cretinos, zafios, torvos cretinos.

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Culiacán una vez y otra. El jardín botánico, en lo más profundo de la madrugada. Duermen otras palmas, arrulladas por el aire tibio que la noche apenas logró templar. Un vocho chocado sigue diciendo una historia, y una estrella de cinco puntas se deshace entre el follaje del bambú. Sobre un cuadrángulo de una verdura que ahora es de plata un antiguo juego chino despliega sus piezas de piedra en espera de improbables y hercúleos jugadores. Más allá, un pequeño recinto de jazmines encierra un estanque sobre el que un diván vanderrohiano espera el descenso de la musa. El otro gran estanque refleja nada menos que toda la noche. Y más atrás, una nave flota sobre un montículo de yerba, destellando un color que semeja una aurora magenta entre la penumbra de más palmas. Silencio casi absoluto.

Entrando a la nave, un señor de cierta edad, canoso y de luenga barba se sienta, ceremonialmente, hasta el fondo, al eje mismo de la elipse. Es el alquimista de la luz, pero también y a la vez es el arquitecto de este espacio refinadísimo. Los asistentes al ritual toman su lugar a las orillas del recinto, y reclinados, consideran en la cubierta una elipse menor, un hueco en donde negrea el firmamento de la hora. Las luces comienzan entonces un juego elaborado y preciso, la nave muta sus tonalidades mientras muy lentamente comienza a amanecer. El juego de contrastes y conciertos entre la luz proyectada y los primeros clarores del día que apunta, imperceptiblemente transporta a los sentidos a una dimensión distinta: ahora la embarcación navega por el cosmos y el efecto de los contrastes cromáticos afina la percepción, remueve la memoria, levanta un instinto que se pensaba por siempre dormido. Una hora sobrada dura el rito. Durante ese tiempo pasan pájaros tempraneros, transitan nubes nunca tan rápidas o tan lentas, se asoma muy tímida una lagartija, suenan siniestras descargas de armas automáticas–que introducen la nota local, nacional y punzante a la función-, cruzan los cantos de aves invisibles, y una chuparrosa llama a las labores cotidianas del jardín ya en movimiento.

Todo esto es el último trabajo del celebérrimo James Turrell, el hombre canoso y barbado, el maestro de la luz, pero también del vuelo…y del tiempo. Porque quizá sea la magistral manipulación del color lo que en primera instancia se nota en sus hechuras, pero la materia con la que juega, más atrás y más hondo, es la del transcurso del tiempo: al compás de sus artificios éste parece detenerse, combarse, estirarse como una delgadísima liga, acelerar vertiginosamente, anularse, regresar sobre sí mismo, dar un salto hasta el instante, y de nuevo… La concurrencia sale de la nave como quien llega a otro planeta después de un incontable trayecto. Alguien atina a decirle al artista que si su trabajo también se trataba de producir “instant Tiepolos”: el maestro recibe el cumplido con sencillez, asiente complacido.

Se sabe ahora también que Turrell y su amigo Dan Flavin acudieron puntualmente, hace muchos años, a visitar en Tacubaya a quien consideraban su maestro en el manejo del color y de la luz: Luis Barragán. No es casualidad que, años después, hacia 1994, Carlos Ashida, sin saber esto, seleccionara para su ahora legendaria exposición Sitio + Superficie, en homenaje al arquitecto tapatío en San Ildefonso, a los dos amigos mencionados entre los artistas contemporáneos convocados y que, más o menos inconscientemente, confluían con las búsquedas barraganianas. Es así como, ahora, permanecerá abierta a toda la gente la más reciente embarcación de James Turrell, anclada en el prodigioso jardín de Culiacán. Una nave para aprender otra vez a ver y volar, para desaprender tantas tóxicas visiones del vulgar mundo de hoy, para, si hay suerte, limpiar el alma con la destilación de colores y de tiempos que ahí se produce, para adentrarse en sí mismo, para situar su preciso lugar en el universo. Con este inédito ejercicio, una aparente experiencia estética más o menos remota puede incidir -¿quién lo sabrá?- en una súbita toma de conciencia personal que todo tiene que ver con una postura ética, ambiental y aún política frente al mundo… ¿O no se trata de esto también el arte?

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La sinfonía de Júpiter, la de Los Planetas, desde luego. Pink Floyd, por supuesto. Pero la música que acompañó largamente a la salida del jardín fue, precisamente, Watcher of the skies, del Genesis de Gabriel y banda: Observador de los cielos, observador de todo/ El suyo es un mundo completo y ningún mundo es el suyo,/ A él a quien la vida no puede ya sorprender,/ Levantando los ojos considera un planeta desconocido.// Las criaturas formaron el suelo de este planeta,/ Ahora su reino ha llegado al final,/ ¿Ha la vida otra vez destruido la vida,/ Juegan en otro lado, saben ellos/ más que sus juegos de niños?/ Tal vez el lagarto mudó su cola,/ este es el final de la larga unión entre el hombre y la Tierra.// No juzgues a esta raza por sus vacíos vestigios/ ¿Juzgas a Dios por sus criaturas cuando éstas han muerto?/ Porque ahora el lagarto ha mudado su cola,/ este es el final de la larga unión entre el hombre y la Tierra.// De la vida solitaria a la vida en unidad,/ No pienses que la jornada se ha cumplido,/ Porque aunque recio sea tu barco, ninguna/ piedad tiene el mar,/ ¿Habrás de sobrevivir en el océano del ser?/ Vengan antiguos niños oigan lo que digo/ Es este el encuentro de despedida para el camino que espera.// Con tristeza ahora tus pensamientos se vuelven a las estrellas,/ A donde hemos ido tú sabes que no irás jamás.// Observador de los cielos observador de todo/ Este es tu destino mismo, este destino es el tuyo.

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