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Columnas

¿”Día del arquitecto”? Gracias, ya hay uno

¿”Día del arquitecto”? Gracias, ya hay uno

13 octubre, 2015
por Juan Palomar Verea

Y es, por fraternidad esencial entre el gremio de la construcción, el 3 de mayo, día de la Santa Cruz. Esta antiquísima fiesta procede de la invención (o hallazgo, según una acepción) de los restos de la cruz de Cristo en el Monte Calvario. Sucedió esto cuando Flavia Julia Helena –después santa Helena– se propuso encontrar las reliquias mencionadas en Jerusalén, hacia el año 300.

Como en el caso de muchas celebraciones, algunos autores refieren su origen a tiempos anteriores en los que algunas culturas marcaban así el promediar de la primavera. Y como se recordará, son numerosos los casos parecidos en los que las fiestas arcaicas fueron integradas a la corriente espiritual que fundó a Occidente.

Siguiendo el relato reiteradamente hecho a sus alumnos por Ignacio Díaz Morales, Santa Helena –madre del emperador Constantino– convenció a éste para dejarla realizar un viaje a Tierra Santa en busca de los vestigios sagrados. Llegando a Jerusalén, con una reducida comitiva, buscó quién pudiera auxiliarla en sus esfuerzos. Fueron entonces los albañiles quienes, con especial denuedo, se dieron a la tarea, que finalmente tuvo éxito. Desde entonces se extendió la costumbre, luego vuelta tradición, de celebrar cada año la Cruz de Mayo como fiesta de los albañiles. Con la llegada de los españoles a México la conmemoración tomó un gran arraigo popular, el que vigorosamente subsiste.

Son los albañiles los primigenios y más dignos, los esenciales protagonistas de cualquier construcción sobre la Tierra. Y junto con ellos, trabajan desde tiempo inmemorial los demás gremios: agrimensores, herreros y fundidores, canteros, carpinteros, fontaneros, –ya en tiempos más recientes, los electricistas y soldadores– maestros de obra, ingenieros… y arquitectos.

No está por demás –siempre siguiendo a Díaz Morales– repetir que la etimología de “arquitecto” significa operario (como los albañiles) principal. Del grupo de los albañiles, de quienes con sus manos edifican, solía surgir alguno que, por sus dotes, espontáneamente se convertía en el director de los trabajos: el maestro de obras, el arquitecto o el alarife, como se dice según la raíz árabe.

La significación profunda de la celebración del 3 de mayo radica en el reconocimiento de la hermandad entre los gremios que hacen posible la edificación de las construcciones que los hombres requieren. Más allá y más acá de las resonancias religiosas –cosa de cada quien– la fiesta tiene profundas y nobles raíces en la cultura popular, como en cada obra se puede comprobar ese día con la vistosa y devota erección de las ornamentadas cruces de mayo, siempre hechas directamente por las manos del maestro de obra. A ello le sigue una comida, costeada por los patrones, y una risueña convivencia entre todos los que participan en la obra. Es una confirmación simbólica, práctica, pedagógica y muy útil de la evidencia del trabajo en equipo, de la solidaridad, de la alegría de levantar juntos algo que sirva a los hombres.

Recientemente se discurrió la idea de celebrar un “día del arquitecto”. Como se puede desprender de lo arriba mencionado, tal fiesta es redundante. Y no solamente es redundante, sino que aísla perjudicial y pretensiosamente al “arquitecto” de los gremios y los actores sin los cuales su trabajo no tiene ni viabilidad ni sentido. Enfatiza un individualismo “gremial” que está lejos de fortalecer las labores edificatorias y refuerza un “elitismo” del “arquitecto” mal entendido y muy poco útil para su real función social.

Se ignora a qué intereses reales o a qué utilidad cierta pueda servir esta iniciativa. Seguramente los habrá. Lo mejor que podría pasar es que la parte legítima y útil de esos intereses se insertara, naturalmente, en la inextinguible fiesta del 3 de mayo. Como lo han hecho y lo seguirán haciendo los ingenieros y los arquitectos conscientes de su gremio, de sus elecciones estéticas y éticas, de sus solidaridades y responsabilidades.






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