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Columnas

De la destrucción de la arquitectura

De la destrucción de la arquitectura

24 mayo, 2014
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

Cuentan que Salvador Dalí conocía al mejor taxidermista de Barcelona. Con su ayuda logró realizar algunas de sus más delirantes ideas zoológicas. Su criatura favorita, dicen, fue una estirada jirafa de seis metros de alto, cuya fabricación le costó el pellejo, literalmente, a cuatro de las otras, de esas de largo pero aun portable cuello que, para el excesivo Dalí, no podía más que parecer un poco corto. El que fuera su favorita no impidió que el día de la inauguración de su museo, después de bañarla con gasolina, Dalí le arrojara un cerillo para así reproducir en vivo —la ocasión lo ameritaba— un cuadro que antes había pintado. El olor que despidió el inmoderado acto, recuerdan quienes tuvieron la suerte de presenciar tan inusual ceremonia, resultó insoportable.

No es lo mismo ver cómo arde una jirafa disecada, aun si tiene seis metros de alto, a ver cómo se quema un edificio, aunque sólo tenga dos pisos, pero en su Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, Thomas de Quincey afirmó que, tras corroborar que no hay víctimas y nadie corre ningún riesgo, incluso “el más virtuoso de los hombres tiene derecho a convertir el fuego en un placer y a silbarlo, como haría con cualquier representación que despertase las expectativas del público para luego defraudarlas.” ¿Hay buenos incendios y malos incendios? La calidad del fuego algo debe a la de la materia que consume, pero ¿un buen edificio produce mejores incendios? El reciente incendio que destruyó parte de la Escuela de Artes de Glasgow, diseñada por Charles Rennie Mackintosh, parece no corroborar la hipótesis de de Quincey o al menos nadie ha confesado públicamente haberlo disfrutado.

 

Siguiendo a de Quencey habría que preguntarse si no sólo un incendio sino también la demolición de un edificio puede provocar placer y volverse espectacular. Las demoliciones controladas con explosivos reúnen multitudes para ver cómo un edificio que llevó mucho tiempo y esfuerzo en construirse desaparece en unos cuantos segundos e incluso incluso se le dedican series de televisión al asunto —aunque debe ser otra de las taras de nuestra sociedad del espectáculo pues también los hay para mostrar cómo se mueven edificios, cómo se construyen edificios o cómo se decoran edificios. Generalmente así se demuelen construcciones que juzgamos ya sin ningún valor, ni siquiera estético o arquitectónico y aunque seguramente sean condiciones técnicas las que lo determinan, tanto el Prentice Hall de Goldberg en Chicago como el American Folk Museum de Williams y Tsien en Nueva York, por ejemplo, se desmantelan con cuidado, como si se les dedicara una última atención a su calidad o, al contrario, como si se torturara al edificio a una lenta desaparición —y a sus defensores a presenciarla: un ling chi arquitectónico. Si fue destruido con explosivos, en cambio, el conjunto habitacional de Pruitt-Igoe, diseñado por Minoru Yamasaki, tal vez para castigar los efectos y defectos de la vivienda social o para marcar con hora y fecha precisa, según ironizó Charles Jencks, la muerte de la arquitectura moderna.

Tomarnos literalmente la más sutil ironía de Thomas de Quincey nos llevaría a confundir al pirómano y al asesino con un esteta, aunque tal vez, en el límite, lo sublime se distancie del juicio moral. Si bien hay gran diferencia entre Bernard Tschumi —diciendo que “al contrario de la edificación, hacer arquitectura no es muy distinto a quemar cerillos sin ningún propósito: esto produce un intenso placer que no puede ser ni comprado ni vendido” o que a veces, para apreciar bien un edificio, hay que cometer un crimen— y la polémica y equívoca declaración de Stockhausen —calificando el atentado al WTC de Nueva York, también diseñado por Minoru Yamasaki, el 11 de septiembre del 2001 como “la más grande obra de arte que jamás se haya hecho”—, la cantidad de dinero y esfuerzo invertidos en Hollywood para destruir imaginariamente nuestras ciudades hace pensar que algo hay de cierto en aquello de convertir el fuego o la destrucción de un edificio en un placer y silbarlo si no cumple con nuestras expectativas.

gozlla

 

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