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De estadios y lugares: el ritual está en otra parte

De estadios y lugares: el ritual está en otra parte

Crédito: Archivo Pedro Ramírez Vázquez

Hay espacios que terminan formando parte de quienes somos, podemos decir que se convierten en lugares. No siempre se trata de espacios ni construcciones espectaculares, sino de sitios bastante comunes, incluso difíciles de valorar desde una perspectiva arquitectónica tradicional. Pero, por alguna razón, estos sitios se cargan de significado, volvemos a ellos, los recordamos, los defendemos y, cuando desaparecen, sentimos que algo de nuestra propia historia también se ha perdido.

Desde la arquitectura se suelen buscar respuestas en la forma. Se habla de experiencias espaciales, de escala, de recorridos o de materialidad. Todo eso importa, pero no alcanza para explicar por qué una comunidad puede sentirse tan ligada a un lugar durante generaciones o tan desapegada de un espacio espectacularmente proyectado y también espectacularmente vacío. Si la conexión dependiera únicamente del edificio, los lugares más importantes serían siempre los más apantallantes, pero sabemos que no es así.

Los estadios son un buen ejemplo para pensar esto. Normalmente los entendemos como edificios hechos para ver algún deporte. Pensamos en la cancha, las tribunas, los accesos, la capacidad o la operación. Pero lo que hace importante a un estadio rara vez es el estadio mismo. Su valor aparece en todo lo que ocurre dentro y alrededor de él. Lo que hace que el estadio se convierta en un lugar es la acción viva que le habita: el ritual.

Dicho ritual empieza mucho antes del partido. Empieza cuando alguien se pone una camiseta, cuando una familia sale de su casa, cuando los amigos se encuentran en una esquina o cuando miles de personas empiezan a caminar hacia el mismo lugar. La ciudad cambia por unas horas. Aparecen vendedores, colores, canciones, conversaciones, expectativas. Las calles empiezan a moverse hacia un mismo punto. Por eso, el estadio no contiene todo el ritual; más bien lo concentra. El ritual viene desde antes, atraviesa la ciudad, entra al estadio y después vuelve a salir o, en su caso, permanece afuera cuando una gran multitud, que no ha tenido la posibilidad de entrar al estadio, se reúne en una plaza pública a ver el partido proyectado en grandes pantallas. Sigue así en las conversaciones, en la memoria, en la derrota o en la celebración. El partido dura noventa minutos, pero el ritual ocupa mucho más tiempo que eso.

Muchas veces ni siquiera sabemos bien por qué apoyamos a un equipo; simplemente lo hacemos porque nuestro padre le iba, porque nuestro abuelo le iba, porque crecimos en cierta ciudad o porque alguien nos llevó al estadio cuando éramos niños. Lo que heredamos no es solamente una afición, heredamos una relación con un sentir colectivo que se afianza en una red de relaciones situadas: un lugar.

Ahí es cuando empieza a aparecer algo más interesante. Ni el estadio ni el ritual aparecen de la nada. Los dos vienen de una historia más larga. Antes de existir el estadio ya existía un lugar. Ya existía un territorio, una comunidad, ciertas formas de vida, de encuentro, de conflicto, de celebración y de pertenencia. El estadio llegó después. No como el origen de esa identidad, sino como una de sus formas visibles. Por eso cada estadio significa algo distinto. Aunque el juego sea el mismo y las reglas sean iguales, la experiencia nunca es la misma. No es igual ir a un estadio de barrio que a un estadio nacional. No es igual ver a un club que a una selección. No es igual el equipo que heredamos en la familia que el equipo que representa a una ciudad entera por un momento. Lo que cambia no es solamente el edificio. Cambia el lugar que lo produjo. El estadio, entonces, no es solamente un contenedor. Tampoco es solamente un escenario. Es una expresión de la relación entre una comunidad y su lugar. Hace visible una historia que ya estaba ahí: las familias, los recorridos, los recuerdos, las economías que aparecen alrededor, los símbolos, las canciones, las derrotas y las victorias que se van acumulando con los años.

Esa acumulación no funciona como un ciclo que se repite siempre igual. Funciona más como una espiral. Cada partido agrega algo. Cada generación hereda una parte de la historia y le suma otra. El lugar produce rituales, los rituales fortalecen y diversifican el vínculo con el lugar y ese vínculo produce nuevas historias. No se vuelve al mismo punto. El significado se transforma con el tiempo.

Hay momentos en los que todo eso se vuelve evidente. Un gol dura apenas unos segundos. Desde afuera podría parecer solamente una pelota cruzando una línea. Pero para quienes están ahí significa mucho más. Miles de personas se levantan al mismo tiempo, gritan, se abrazan y celebran junto a desconocidos como si no lo fueran. El gol no crea la conexión, la revela. En ese instante se activa todo lo que venía acumulándose desde antes: la crianza, la memoria, la ciudad, la historia familiar, las derrotas pasadas, las expectativas, los recorridos, las canciones y la relación con ese lugar. Por unos segundos, todo eso aparece al mismo tiempo. El pensador George Bataille llamaría a esto el tiempo de lo sagrado, su amigo Blanchot podría hablarnos de una efímera comunidad inconfesable que, aunque dura unos cuantos minutos, hace aparecer las redes que conectan cierta existencia, pero también produce nuevas conexiones que no necesariamente estaban allí antes.

En la Catedral Metropolitana, el Niño Jesús fue vestido con el uniforme de la Selección Mexicana
Foto: Karina Tejada.

Quizá por eso seguimos procurando lugares para convocar esos tempestuosos minutos de efervescencia sagrada, no solamente para ver fútbol, sino para encontrarnos con otros, para recordar pero también para ir más allá de quiénes somos, de dónde venimos y a qué pertenecemos. Los seres humanos necesitamos rituales porque necesitamos formas de reconocernos en comunidad desde nuestra singularidad. Los rituales no sólo nos conectan con las identidades previamente asumidas, sino que posibilitan la emergencia de nuevos encuentros y la articulación de enlaces que reúnen a los diversos (coreanos y mexicanos ahora se abrazan en las calles).

Pero los rituales necesitan lugares donde ocurrir. Y esos lugares tampoco son necesariamente intercambiables, no da igual dónde sucede algo. El significado de un lugar no proviene únicamente de la actividad que alberga, sino de la historia, las relaciones y la memoria que se han ido construyendo ahí con el tiempo, así como también de las que pueden posibilitarse para el futuro.

Cabe decir que, sin embargo, los estadios no son la única respuesta, y eso lo estamos atestiguando día con día en el marco de la copa del mundo de este año en las calles donde se presenta una masiva concurrencia pública de todas aquellas personas que no pueden pagar un boleto para asistir a los estadios y que, sin embargo, se reúne con un ritual mucho más avasallador a veces que el que ocurre en el estadio. El lugar entonces emerge en estos casos movilizado por la fuerza de la fiesta, de la comunión de los similares, pero también de los distintos a través de un gozoso movimiento de apropiación.

Sin duda el estadio tendría que provenir del y para el ritual si se proyecta sensiblemente ya que este último engendra a los espacios del sentido colectivo. Sin embargo, aunque el ritual abreva del lugar, también es una fuerza capaz de impulsar a la evolución del lugar que, como dijimos antes, no es siempre el mismo, sino una fuerza que se mueve en espiral. Y, mientras se mueve, nosotros no habitamos simplemente estos lugares, estos nos habitan y nos reinventan también.

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