Un incendio en la mirada o una forma de mirar
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25 agosto, 2026
por Liana Vázquez
Yo crecí en los 90s y en las tardes calurosísimas de los veranos cubanos, me sentaba con mi abuela frente a un televisor, con sendas limonadas heladas, a ver esas novelas de amor que eran super tóxicas y que nos hacían profundamente felices, y aquellos programas musicales que parecían grabados dentro de una caja de zapatos pintada con plumones de segunda mano. La televisión estructuró mi identidad. Para mí no existía diferencia entre leer Los Miserables (por usar un ejemplo de la llamada literatura universal), pasar horas en un museo o ver Café con Aroma de Mujer; porque en mi cabeza, todas esas cosas estaban formándome como persona.

Por eso, años después, un momento canónico en mi vida fueron aquellas conversaciones universitarias con tufo a culto donde se hablaba de filósofos y de arte conceptual como algo superior y completamente ajeno a lo que ocurría en las mesas de comedor una tarde en cualquier casa habanera. Y también por eso, durante esos mismos años formativos, aprendí a hablar y a leer sobre cultura popular como si esa línea divisoria que muchos académicos prejuiciosos, snobs y pseudo-intelectuales abrazaban, fuera completamente inexistente. (Con los años descubrí que esa línea no importa, en realidad). Curiosamente en el penúltimo año de universidad escribí un ensayo según yo desastroso, sobre Daddy Yankee y la ópera, a partir de las ideas de no sé qué teórico, que me valió una muy buena calificación en la asignatura de Teoría de la Cultura. Nadie lo habría sospechado y mucho menos yo, que la mitad de los textos que allí se leían me parecían soporíferos. Perdón, Simón. La realidad es que yo estudié Historia del Arte, porque nunca entendí las integrales dobles, amaba a Portocarrero y crecí viendo la programación televisiva de un país que ya no existe. Pero a mí casi todo lo relacionado con la academia como ente me aburría muchísimo. Y lo sigue haciendo hasta hoy, pero a la larga comprendí que lo aprendido en esos años de lecturas y estudios, podría servirme después para analizar ‘culturalmente’ lo que me rodea. Y eso puede que sea una de mis cosas favoritas, junto con los tacos al pastor.
En el 2017, recién llegada a México, recuerdo haber ido al Museo JUMEX a una exposición de Pablo Helguera: El Instituto de la Telenovela y ser muy feliz. Ya sé que suena paradójico, porque Pablo es un artista profundamente teórico y complejo, pero ver, en unos de los museos de arte contemporáneo más importantes de la Ciudad de México a Verónica Castro en sus papeles más icónicos, y fragmentos de Corazón Salvaje en pantallas de televisión sobre paredes rosas y amarillas, fue un viaje para mí y me ayudó a recordar por qué me gusta ir a exposiciones y por qué el arte tiene tantísimos matices. Me lo llevé a mi terreno, a como Latinoamérica abraza las telenovelas como parte de su identidad. El color, el melodrama, lo barroco, las plantas de plástico, los gritos, las lágrimas a borbotones, las emociones, el escándalo, hasta el más beige de los latinoamericanos se habría encontrado ahí adentro. No puede ser de otra manera.

Hace una semana en el Museo Tamayo, sentí algo parecido. Con todo y mi tristeza es una muestra/instalación de la artista peruana Fátima Rodrigo que parte de las estructuras que conforman las escenografías de programas musicales y concursos de televisión latinoamericanos con los que todos hemos crecido. Esos programas donde cantaba Juan Gabriel, José José o Amanda Miguel y donde interactuaban con el público con soltura y había un presentador que era más camp que los propios intérpretes. La instalación, que es interactiva, porque el público puede acceder a ella y sentirse parte de la experiencia, invita a hacerlo. Si hubiera un micrófono estoy segura que alguien cantaría “Mío, ese hombre es mío”, y arrancaría aplausos a los presentes, porque este tipo de obras activa mecanismos de memoria, casi muscular, que es socialmente compartida y de la que es difícil escapar. (Yo no querría, yo con lentejuelas canto lo que haga falta).
Pero lo que hace Rodrigo no es simple, ni casual. Por un lado hay una profunda investigación de la identidad y cultura latinoamericanas. Un ¿qué nos estructura? ¿Qué nos convierte en esto que somos y es a la vez diferente a lo que son los demás? Y por otro lado hay un reconocimiento a la reinterpretación que se ha hecho desde América Latina de elementos o símbolos que son más universales, validando siempre la mirada del acá, como original y única. Tras los escenarios brillantes, la purpurina, las luces y las cartulinas, las baladas, los aplausos, las lentejuelas, los colores, se yergue una identidad latinoamericana que no siempre se muestra con la claridad y, por qué no, el orgullo, que se percibe en esta pieza. Es una de esas intervenciones que consigue realmente eso que anhelan los museos y el arte, en general; es una intervención que provoca que el público se acerque a la obra, y la entienda desde la empatía, desde el goce, que es en definitiva, una de las formas más hermosas de entender.

*La muestra Con todo y mi tristeza de Fátima Rodrigo se puede visitar en el Museo Tamayo hasta el 27 de septiembre de 2026
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