Giancarlo Piretti (1940 – 2026)
Conocí a Giancarlo a finales de los 80, la empresa de muebles familiar había comenzado a importar muebles de Italia [...]
3 julio, 2026
por Lorenzo Díaz Campos | Twitter: @lorenzodiaz | Instagram: lorenzodiazcampos
Fotografía aérea que muestra aficionados de México celebrando el triunfo ante Ecuador en el Ángel de la Independencia este martes, en un partido de dieciseisavos de final del Mundial de la FIFA 2026, en Ciudad de México (México). EFE/ Tomás Pérez
El Anfiteatro Flavio y la invención del espacio de masas
El Anfiteatro Flavio, universalmente conocido como el Coliseo de Roma, no fue simplemente una obra maestra de la ingeniería civil de la antigüedad; representó el espacio público para eventos más asombroso y perfectamente concebido jamás creado por el ser humano. Inaugurado en el año 80 d.C. bajo el cobijo de la dinastía Flavia, esta titánica elipse de piedra travertino, toba y hormigón fue diseñada con un propósito político y social absoluto: congregar, gestionar y sublimar las pasiones de una sociedad entera. Con una capacidad estimada en más de cincuenta mil espectadores, el Coliseo funcionaba como una máquina urbana de precisión milimétrica. Su genialidad no radicaba únicamente en sus dimensiones monumentales, sino en su impecable claridad circulatoria. A través de un entramado de ochenta arcos de entrada numerados y los célebres *vomitoria* —pasillos abovedados que conectaban las entrañas del edificio con las gradas—, el recinto era capaz de llenarse o desalojarse por completo en cuestión de minutos, un estándar de eficiencia que los estadios modernos de la actualidad continúan imitando.
Crédito: Ramón Durán
En el Coliseo, la arquitectura se puso al servicio de la catarsis colectiva. El diseño de la cavea (las gradas) segregaba a la población según su estatus social, reflejando rígidamente la estructura del Imperio, pero al mismo tiempo unificaba a patricios y plebeyos bajo un mismo foco óptico: la arena. Allí, protegidos del inclemente sol romano por el velarium —un colosal sistema de toldos retráctiles desplegado por marineros de la flota imperial—, los ciudadanos no solo asistían a presenciar cacerías de fieras y combates de gladiadores; asistían, fundamentalmente, a mirarse a sí mismos como comunidad, a experimentar la descarga emocional unísona y a validar el poder del Estado. El Coliseo fijó de este modo el arquetipo del gran espectáculo: un contenedor físico masivo, centralizado, donde la energía de la urbe debía converger obligatoriamente para experimentar el mito compartido.
El magnetismo y la complejidad de esta obra monumental han fascinado a los pensadores del espacio a lo largo de los siglos. Los arquitectos contemporáneos regresan a sus ruinas no solo atraídos por la belleza de sus arcos superpuestos, sino sobrecogidos por la intensa carga psicológica que habita en sus muros. Al reflexionar sobre la sobrecogedora dualidad estética e histórica de este hito arquitectónico, el célebre arquitecto holandés “Rem Koolhaas” apuntó con lucidez:
“El mal también puede ser hermoso. El Coliseo de Roma, por ejemplo, es una estructura maravillosa con un pasado terrible. Solo piensa en las sangrientas luchas de gladiadores allí”.
Esta sentencia de Koolhaas sintetiza la esencia del monumento: el espacio arquitectónico convertido en un imán estético tan poderoso que fue capaz de empaquetar la brutalidad y transformarla en el espectáculo central de una civilización. Durante casi dos milenios, este modelo permaneció inalterable. Si querías formar parte del gran ritual colectivo, tenías que cruzar el umbral del templo de cemento y piedra.
Crédito: Mariana Barrón
La domesticación del rugido: El repliegue hacia lo privado
El siglo XX, sin embargo, desmanteló los muros del estadio y reconfiguró por completo la geografía del ocio y el encuentro social. El advenimiento de la tecnología electrónica provocó una descentralización sin precedentes del espacio público, trasladando la experiencia del gran evento desde la plaza común hacia la intimidad del ámbito privado. La primera gran transformación la propició la radio. A mediados de la centuria pasada, la voz apasionada de los cronistas deportivos comenzó a viajar a través de las ondas hertzianas, logrando colarse directamente en las salas de estar, las cocinas domésticas y los talleres de las oficinas.
Por primera vez, el ciudadano no necesitaba adquirir un boleto físico ni padecer las inclemencias de las multitudes para vivir el drama del juego en tiempo real. No obstante, la radio obró un fenómeno paradójico: extrajo el espectáculo del recinto monumental, pero lo atomizó. Las masas ya no compartían el mismo aire ni cruzaban sus miradas; en su lugar, millones de personas recreaban el partido de forma aislada en sus mentes, agolpadas en pequeños grupos familiares alrededor de un aparato de madera que crujía en el centro de la habitación.
Pocas décadas más tarde, la llegada de la televisión completó este repliegue hacia el espacio privado, sofisticando el aislamiento social bajo la promesa del confort absoluto. La pantalla chica materializó la experiencia visual: trajo el primer plano del deportista, el análisis minucioso desde múltiples ángulos y la repetición instantánea en cámara lenta. El estadio, de pronto, se convirtió en un mueble más de la casa o en una distracción suspendida en la pared de una oficina. Los días de partido, las calles se vaciaban sutilmente; las dinámicas laborales se interrumpían no para salir a la plaza, sino para encoger el cuerpo frente al monitor. El ritual colectivo mutó en un consumo doméstico e íntimo. Aunque la televisión democratizó el acceso a los eventos de escala mundial, también diluyó el tejido comunitario. El rugido del Coliseo se había fragmentado en millones de pequeños susurros electrónicos aislados entre cuatro paredes.
Crédito: Archivo Pedro Ramírez Vázquez
La reconquista del pavimento: La Copa del Mundo 2026 y la era de las mega pantallas
Pero la pulsión humana por congregarse, ese impulso primario de buscar el hombro del desconocido para celebrar la gloria o encontrar consuelo en la derrota, es una fuerza que la comodidad doméstica jamás ha podido sofocar del todo. En este año **2026**, mientras el planeta entero vibra con el desarrollo del evento de fútbol más importante, estamos presenciando una revolución urbana a la inversa: el retorno definitivo y triunfal del gran espectáculo al espacio público, impulsado por tecnologías de visualización que desafían la escala tradicional. Las pantallas gigantes de última generación, con tecnología de brillo extremo capaces de competir cara a cara con la luz del sol, han dejado de ser meros marcadores electrónicos colgados dentro de los estadios para transformarse en verdaderas membranas arquitectónicas dispuestas en la calle.
Originalmente, los llamados *Fan Fests* nacieron como zonas oficiales confinadas y patrocinadas para albergar a las multitudes que se quedaban sin localidades. Sin embargo, la desbordante energía social de este encuentro ha hecho colapsar cualquier intento de contención institucional. Las mega pantallas han salido de los perímetros vallados para colonizar el tejido vivo de la ciudad. Parques, plazas públicas, cruces de avenidas y callejones se han visto intervenidos por estos colosales tótems de luz que funcionan como portales al estadio real. La tecnología contemporánea ya no aísla al espectador en su sala de estar; al contrario, lo arrastra de vuelta al asfalto, devolviéndole la vivencia irremplazable del anonimato festivo, el rumor coral y la vibración colectiva. La calle ha vuelto a ser el escenario de la catarsis.

Reforma: El estadio para un millón de almas
El clímax absoluto de esta evolución histórica y tecnológica se manifestó esta semana en el corazón geográfico y emocional de la Ciudad de México, regalándonos una jornada que redefine para siempre el urbanismo del siglo XXI. El crucial partido de la selección mexicana amenazaba con paralizar la metrópoli, pero en lugar de vaciar las avenidas y recluir a la población frente a los televisores privados, provocó un desborde humano de proporciones mitológicas sobre el Paseo de la Reforma.
Gracias a un despliegue sin precedentes de mega pantallas de alta definición instaladas estratégicamente a lo largo de la icónica avenida —comprendiendo el eje monumental que va desde el Ángel de la Independencia hasta el Monumento a la Revolución—, Reforma se transformó ayer en el primer estadio para un millón de personas concebido en la era moderna. En este coliseo improvisado no existían gradas de hormigón armado, ni palcos VIP, ni butacas numeradas. El mobiliario urbano fue reconfigurado por la necesidad colectiva: los camellones arbolados sirvieron de tribunas, las escalinatas de los rascacielos funcionaron como plateas y el pavimento mismo se convirtió en la gran cancha social donde se disputaba el destino anímico del país.
Ver el partido de México todos juntos en la calle, unidos bajo el destello imponente de esas pantallas titánicas, disolvió por unas horas cualquier frontera social y espacial. Cuando la pelota cruzaba la línea o cuando el arquero volaba para desviar un disparo, el suspiro y el posterior grito unísono de un millón de gargantas no solo sacudieron las fachadas de cristal de los edificios corporativos de Reforma; resquebrajaron también el viejo paradigma del espectador aislado. Las mega pantallas no solo emitieron pixeles en alta fidelidad; proyectaron un pegamento social que unificó los latidos de una multitud en un solo plano espacial. Los rascacielos de la avenida oficiaron como los imponentes muros perimetrales de este anfiteatro del siglo XXI, y el cielo abierto de la ciudad fue el único techo posible. Ayer quedó demostrado que el futuro del espacio público no reside en construir contenedores cerrados cada vez más excluyentes, sino en liberar el espectáculo para que devore la ciudad. Es justamente ahí, cuando el asfalto late con la energía de un millón de personas fundidas en un solo grito, cuando la arquitectura de la calle se vuelve el escenario del mito, cuando la ciudad misma se convierte en el Coliseo.
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