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Columnas

¿Cómo vivir, oh, corazón robado? O sálvame del olvido en el que ya me abandonaste

¿Cómo vivir, oh, corazón robado? O sálvame del olvido en el que ya me abandonaste

10 mayo, 2024
por Liana Vázquez

Es obvio que yo no lo conocí, así que esto podría entenderse como una fábula sin sentido. Probablemente lo sea. Pero podría asegurar que Abraham Ángel (1905–1924) fue un hombre triste. No hay manera de pintar como él lo hizo sin sentir (o saber sentir) una tristeza profunda. Probablemente deprimido por la soledad que ocupaba todo el espacio, se suicidó a los 19 años inyectándose en el muslo derecho un gramo de cocaína, y así abandonó este mundo al que nunca llegó a pertenecer. Porque Abraham Ángel fue un hombre, o un niño, que existió en la más absoluta soledad. Que se sintió abandonado toda su vida. Por su padre, primero. Por su hermano, después. Por su amor, finalmente. A su edad no sabía cómo se sentía ser amado por nadie. Y probablemente esa sea la cosa más triste del mundo. 

“Eres el mejor pintor de México”, le dijo mil veces el maestro, genio pintor y casi profeta Manuel Rodríguez Lozano, que fue su amante aun teniendo 10 años más que el jovencito. Rodríguez Lozano sabía de pintura y hablaba con la verdad, la suya al menos, pero les decía lo mismo a otros amantes y discípulos, que quizás no lo cansaban tanto, no lo atormentaban con exigencias de cariño. O simplemente no lo aburrían. Hasta al amor lo puede alcanzar el tedio. Y quizás (digo quizás, aunque en esta fábula, podría asegurarlo) el no sentirse único a los ojos de su amor apresuró una decisión que estaba destinada a suceder desde que Abraham sufrió el primer abandono siendo apenas un niño. 

Abraham Ángel fue, en definitiva, un hombre triste que perdió la batalla con la vida. Tras su muerte, Rodríguez Lozano se convirtió en guarda absoluto de la cortísima obra del joven artista. La expuso con otros contemporáneos de miradas complejas y pinceladas duras y escribió sobre ella hermosas palabras y elegías, teorizando sobre la existencia de una profunda intelectualidad en esas obras, en apariencia simples, que Ángel pintaba. 

La sencillez de su lenguaje me parece abrumadora. Con una línea negra muy marcada y tonos ocres, azules profundos, matices de verdes, amarillos caprichosos, que se repiten en cada pieza, Abraham consiguió representar un México que ya era claramente moderno. Tanto como su pensamiento, influenciado por un Rodríguez Lozano, con quien convivió la mayor parte del tiempo en que creó arte. Obviamente el México que Ángel pintaba era sólo suyo. Le interesaba la unicidad del paisaje, de las culturas indígenas, de la identidad moderna, del ser mexicano. Hay muchos retratos en su corta producción. Pero no son sólo retratos, son también paisajes y naturalezas muertas y son cuentos que esperan en silencio a ser contados. En cada escena pasan cosas que no se dicen, que son secretos que cada espectador revisa y comprende desde su experiencia vital. Porque, al final, ¿qué otra cosa es el arte? Y en cada una de las piezas, sean grandes, medianas o chicas, hay un perceptible halo de tristeza —pero que intenta esconderse detrás de los ropajes, las joyas, los peinados y sombreros modernos—. ¿O son ideas mías? Detrás de una media sonrisa o una postura altiva está la mirada melancólica del joven artista y sus ganas de pertenecer. 

Paisaje (La mulita) (1923) fue la primera pintura de Abraham que yo conocí cuando estaba escribiendo un ensayo académico sobre Los Contemporáneos —grupo con el que Ángel compartió una esencia teórica innegable—. Descubrí esta obra en una esquina silenciosa y oscura, bellísima. Creo haberla visto otras veces en textos, notas de prensa de la época, algún libro moderno. Pero hace un par de semanas por fin me detuve frente a ella sin prisas. Y qué viaje detenerse en esa esquina de barrio. Con sus paredes descarnadas y sus árboles y el pequeño vitral amarillo y la cúpula de la iglesia entre montañas. Tan magnética como sospechaba, me entristeció verla y sentir su silencio inevitable. Comprobé que, en efecto, Abraham Ángel tuvo que haber sido un hombre triste. Quizás podría profundizar mucho más y hacer un análisis complejo de la pieza, pero no me interesa en demasía, porque creo que no existe análisis más acertado que la evocación pictórica de la tristeza. Ya sé, tengo carencia absoluta de originalidad. 

Paisaje y otras piezas pueden visitarse en la muestra Abraham Ángel: entre el asombro y la seducción en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. La exposición, hecha en colaboración con el Museo de Arte de Dallas, no parece tener otra pretensión que acortar la distancia entre Ángel y el país que lo vio nacer, y en donde es una figura prácticamente desconocida más allá del matiz escandaloso que marcó su existencia. De esas paredes cuelgan casi todas las piezas de quien produjo apenas 24 obras y algunas otras de sus contemporáneos que, la verdad, aunque bellísimas, para mí son prescindibles en esta muestra, pues Abraham Ángel no necesitaría contextos, ni visiones de otros sobre él: su obra grita verdades grandiosas que se evidenciarían en la relación de sus piezas entre ellas, sin necesidad de comparaciones con otras de la época, aunque estas haya sido pintadas por seres grandiosos que compartieron con él ideas, pinturas, cuerpo y mucho más. 

Hay una referencia constante entre los que han escrito sobre Abraham Ángel, que lo comparan de manera inevitable con Arthur Rimbaud (18541891), ese poeta “maldito” cuya vida quedó marcada por la convulsión del amor romántico y que escribió su último libro, Iluminaciones, con apenas 20 años (vivió hasta los 37). No soy una gran conocedora de la obra del poeta francés, pero me gusta pensar que Arthur y Ángel, más allá de la tragedia que marcó las vidas de ambos, compartieron la intensidad de vivir una vida para la que quizá nunca estuvieron destinados. 

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