Columnas
Las palabras y las normas
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21 mayo, 2019
por Rosalba González Loyde | Twitter: LaManchaGris_
Pero no es solo lo natural lo que da forma a las ciudades, sino también el diseño del ser humano que busca facilitar su administración, funcionalidad o, por qué no, mostrar belleza. Y aunque algunos sean resultados de decisiones pragmáticas, hay trazas urbanas que pueden hablarnos de la historia de la urbanización de una ciudad.
El municipio de Chimalhuacán se constituyó como tal en 1842 con un gran extensión, sin embargo, con el paso del tiempo su territorio se vio disminuido, en donde se destaca el decreto de 1963, cuando Pantitlán y toda la zona que hoy conforma el municipio de Nezahualcóyotl se convierte en una unidad administrativa independiente de Chimalhuacán y con ello, este último, pierde la mitad de su territorio.
A partir de entonces, inclusive con la pérdida de población, el municipio de Chimalhuacán se convirtió, de la misma forma que gran parte de la región oriente de la Zona Metropolitana del Valle de México, en receptor de población migrante de diversos estados de la República, eso provocó que en la década de los setenta comenzará un crecimiento exponencial de la población de forma tal que de 19,946 habitantes a inicios de 1970 pasara a 412,014 en 1995.(1)
Las migraciones masivas tienden, naturalmente, a cambiar el ciclo y la geografía del espacio al que arriban, la creciente nueva población en Chimalhuacán sabía esto y también lo sabían los líderes de esas migraciones. El ordenamiento territorial era fundamental para mantener el control del espacio que, paradójicamente, fue informalmente urbanizado, es por esto que la traza reticular es característica de esta parte del municipio.
Lo anterior es notorio en una vista área del municipio, la zona cercana al cerro del Chimalhuache, conocida como casco viejo, tiene una traza de plato roto, es decir, con traza de calles irregulares que son resultado de las parcelaciones de grandes predios y la propia cercanía al cerro; hacia el norte vemos una traza reticular rectangular, con avenidas que cruzan norte-sur y oriente poniente la zona. En esta vista área vemos dos grandes zonas de Chimalhuacán; a pie de calle, estas dos áreas están divididas por la avenida Peñón, por la que transita la línea 3 del Mexibús.
El control no institucional del territorio era trascendental para solidificar los asentamientos que se habían dado de manera informal. Antorcha Campesina, movimiento político fundado precisamente en los setenta, es director de gran parte de estas movilizaciones humanas que dieron lugar a gran parte de la expansión urbana en el oriente de la ZMVM y, como casi cualquier movimiento migratorio, no está excento de conflictos. En Chimalhuacán su llegada provocó la movilización de otro grupo que se sentía amenzado, este dirigido por María Eulalia Buendía, mejor conocida como “La Loba”, quien participó en diferentes agrupaciones locales y como funcionaria pública en el municipio en diversas ocasiones. Buendía era conocida por la violencia y el poder ejercido en Chimalhuacán, especialmente en temas vinculados a invasiones de terrenos y desalojos. Lo que, naturalmente, entraba en conflicto con el nuevo actor en el escenario: Antorcha Campesina.
Para el año 2000 la fuerza de Antorcha Campesina llevaba a Tolentino Román, dirigente de ese movimiento en el Estado de México, a la presidencia municipal de Chimalhuacán; la Organización de Pueblos y Colonias, dirigida por Buendía no lo tomó bien y se provocó un enfrentamiento entre ambas agrupaciones que terminó en la muerte de nueve personas, más de 50 heridos, el encarcelamiento de Buendía y la consolidación del poder de Antorcha Campesina en el municipio. Este hecho fue el hito que Antorcha Campesina utilizó como el punto “refundacional” de Chimalhuacán y, probablemente, para sus territorios en el oriente de la ciudad. Aparece entonces una especie de slogan político “Nuevo Chimalhuacán”, en donde se establece un discurso de negación a lo existente y se da un refuerzo positivo al cambio, y con ello a la migración y a la consolidación de Antorcha Campesina como poder político.
En este cambio discursivo de la historia y la identidad de Chimalhuacán aparece El guerrero chimali, símbolo creado en el contexto de la “refundación”, escultura diseñada por el artista Sebastián y también autor del coyote de ciudad Nezahualcóyotl. Este monumento está expuesto en la entrada al municipio y en la división entre estos dos chimalhuacanes. Una forma de imponer a la población el poder. Un “guerrero” creado como personaje en un asentamiento que no tiene antecedentes de haber sido un pueblo guerrero, sino alfarero; y con un símbolo que les dice, permanentemente, a los habitantes de – el nuevo y del viejo- Chimalhuacán quienes tienen el poder: un antorcha es levantada por la mano derecha del personaje rojo.
Parques, calles, colonias y hasta jardines de niños en la zona norte del municipio se han inaugurado con el nombre de “Mártires del 18 de mayo” o “Mártires de Chimalhuacán” como recordatorio constante de su capacidad de movilización de recursos y, sin duda alguna, de capital humano. Aunque ello implique la negación de la historia prehispánica de Chimalhuacán, su importancia en el posclásico mesoamericano en la Triple Alianza o la tradición del tallado de piedra de los habitantes “originales” del municipio.
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