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Ciudad: voluntad y comunidad

Ciudad: voluntad y comunidad

25 agosto, 2015
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

brasilia-flickr
La arquitectura moderna era, hasta hoy, una arquitectura de edificios. Ha creado casas, incluso si esas casas levantan en la proa de Nueva York su erizado de torres. Que debería algún día rebasar ese individualismo épico —pues la ciudad no es solamente una aglomeración de casas— ninguno de sus historiadores lo dudaba. Pero casi todos pensaban que la más grande arquitectura, la que crea las ciudades y no los edificios, nacería en la Unión Soviética. Está naciendo aquí.

Era el 25 de agosto de 1959. André Malraux, en su papel de Ministro de Asuntos Culturales de Francia, había viajado a Brasilia para, junto con el presidente de Brasil, Juscelino Kubistschek de Oliveira, poner pa primera piedra de la Casa de la Cultura de Francia en esa ciudad cuya construcción había iniciado el 23 de octubre de 1956 y que se inauguraría ocho meses después de que Malraux pronunciara su discurso, el 21 de abril de 1960. Malraux, escritor reconocido y admirado, estuvo a cargo del Ministerio de Asuntos de Cultura en el gobierno del general de Gaulle, entre 1959 y 1969. Malraux fue amigo de Le Corbusier. El 1º de septiembre de 1965, cinco días después de la muerte de Le Corbusier, en otro discurso Malraux decía que éste había sido pintor, escultor y, en secreto, poeta, pero que no estaba hecho ni para la pintura ni para la escultura o la poesía: estaba hecho para la arquitectura. Y agregaba:

Su famosa frase: «La casa es una máquina de habitar» no lo pinta entero. Sí lo hace esta otra: «La casa debe ser una pantalla de la vida.» La máquina de la felicidad. Siempre soñó con ciudades y sus proyectos de “ciudades radiantes” son torres que surgen de inmensos jardines.

Por supuesto, cuando Malraux decía en una ceremonia oficial en Brasilia que la arquitectura moderna había sido una de casas, de edificios y no de ciudades, no ignoraba las propuestas que Le Corbusier venía haciendo desde los años veinte. Tampoco ignoraba que, desde 1950, Le Corbusier estaba a cargo de la planeación de Chandigarh o que, en Francia, terminada la Segunda Guerra, Auguste Perret —en cuya oficina Le Corbusier trabajó algunos meses— había iniciado la reconstrucción de Le Havre. Su discurso tal vez fuera en ese momento más el de un ministro de estado que el de un intelectual conocedor de la historia de la arquitectura moderna de su país, buscando estrechar los lazos con America Latina. Aunque también Malraux reconoce la novedad de esa ciudad que surge de la nada en medio de la nada o, más bien, que surge de la voluntad de un hombre.

Usted sabe —dice en su discurso, dirigiéndose a Kubistschek—, como saben todos los artistas pero como saben pocos gobernantes, que las formas del arte llamadas a permanecer en la memoria de los hombres son formas inventadas. En esta ciudad surgida de la voluntad de un hombre y de la esperanza de una nación, como las metrópolis antiguas que surgieron de la voluntad imperial de Roma o de los herederos de Alejandro, el Palacio de Alvorada que edifican, la catedral que proyectan, aportan algunas de las formas más osadas de la arquitectura y, frente a las maquetas de la Brasilia del futuro, sabemos que la ciudad entera será la más audaz que haya concebido occidente. A nombre de tantos monumentos ilustres que llenan nuestra memoria, reciba nuestro agradecimiento por haber confiado en sus arquitectos para crear la ciudad y en su pueblo para amarla.

El discurso de Malraux tiene así un sentido contradictorio: a la arquitectura moderna, que hasta entonces sólo había hecho casas y edificios —es decir: obras individuales para individuos—, le hacía falta construir una obra colectiva: la gran ciudad. Pero la gran ciudad sólo se construye “como las metrópolis antiguas que surgieron de la voluntad imperial.” Hay un hombre, el estadista, cuya voluntad debe estar acompañada de la creatividad de unos cuantos, sus arquitectos, y la aceptación amorosa de muchos: el pueblo. Malraux sugiere, sin embargo, una posible redención de esta imagen anacrónica: la cultura, que establece unos vínculos distintos entre la sociedad. “El límite de la arquitectura moderna —dice— es estar al servicio del poder económico o de individuo; el único conjunto arquitectónico admirable de los Estados Unidos, el Centro Rockefeller, no se construyó a la gloria de un imperio del petróleo, sino a la gloria de la sociedad humana, de la ciencia y del espíritu.” Y cita a Lucio Costa, responsable del plan de Brasilia, quien pensaba que no esa ciudad, para serlo, no debía ser solamente la residencia del gobierno y de la burocracia, sino “uno de los mayores centros culturales del país.” Malraux, que concebía la cultura como una forma de comunión, entre los hombres y de los hombres con el mundo, entendía que ese gesto arcaico —que como político elogiaba— de fundar una ciudad por la voluntad de un solo hombre y según las ideas de sus arquitectos, no bastaba para transformar a la arquitectura moderna de una arquitectura de edificios en otra de ciudades. Hace falta la cultura, entendida más que como un pasado común, como la posibilidad de una comunión futura.

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